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Atolladero en Conferry y empresas expropiadas, el malestar de la sociedad venezolana

04/01/2019 00:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hay buenos y malos políticos, de la misma manera que hay buenos y malos ministros

 

La Tecla Fértil

Atolladero en Conferry y empresas expropiadas, el malestar de la sociedad venezolana.

Según Platón, la política no era una ciencia puramente teórica, como la aritmética, sino que también era práctica, porque su finalidad era dirigir el Estado. Por esa razón, el poseedor de esa ciencia regia, es decir, el político, tenía el poder de mandar, aunque él mismo no era mandado. No era un timonel que debía obedecer. Era un supremo timonel.Aristóteles, en su obra “Política”, afirmó que una sociedad de seres humanos se constituía para lograr un determinado bien. El Estado era una sociedad; pero no cualquier clase de sociedad. Era la sociedad política. Era la sociedad superior; lo cual significaba que no era parte de otra sociedad, sino la sociedad de la cual era parte cualquier otra. Por esta razón, el bien que se proponía lograr el Estado era superior al bien de cualquier sociedad comprendida en él. En ningún sentido Aristóteles pretendió que hubiera un bien que no fuera bien individual.

Ser político, es decir, poseer la ciencia de gobernar, es saber dirigir el Estado hacia el bien de todos sus miembros, de modo tal que cada quien pueda procurar su propio bien particular; lo cual implica limitar el bien de cada quien para que sea posible el bien de todos. En un Estado que pretende ser justo, todos los ciudadanos deben estar sujetos a la misma limitación. En un Estado que no tiene tal pretensión, el político reparte limitaciones; y entonces unos ciudadanos están sometidos a una menor limitación, y otros, a una mayor.

El ministro que, por ejemplo, planifica oportunamente su trabajo, o que la administra exactamente, o que trabaja eficazmente, es, por definición, un buen ministro. El que no previene oportunamente, ni diagnostica exactamente, ni supervisa eficazmente, es, por definición, un mal profesional. El político que dirige el Estado para procurar el bien de todos es, por definición, un buen político. Aquel que lo dirige para procurar el bien de algunos solamente es, por definición, un mal político.

El problema del ciudadano no es que haya o no haya políticos. Los políticos son necesarios, en el supuesto de que el Estado debe ser gobernado. El problema es discernir entre los buenos y los malos políticos. Evidentemente, un político que originalmente es buen político, puede transformarse en un mal político. Quizá nadie pueda predecir esa transformación. Empero, el Estado debe estar constituido de modo tal que, con urgencia, despoje del poder al mal político.

Quienes han administrado mal las empresas del Estado muy mal, como Conferry y Aceites Diana, Lácteos Los Andes, Parmalat, Banco Bicentenario y Venezuela deben ser enjuiciados y llevados a la cárcel por torpedear el progresismo dentro del Estado, son maulas. Para no hablar mal de las Alcaldías.

Es más como la GNB, violando los postulados de nuestra Constitución Bolivariana se atreve detener un bus con madres de familia que compran alimentos dentro del territorio nacional, son despojados de los mismos y le cobran coimas para continuar, mientras la delincuencia asalta y violenta a familias extranjeras o nacionales en las vías venezolanas, cuando están protegidas por cuatro cuerpos jurídicos, desde la LOPNA hasta nuestra Constitución, que hace al respecto el General Vladimir Padrino López en el ejercicio de su cargo, ante la inoperatividad de su cuerpo militar y la ola de delincuencia en el cuerpo castrense. Madres y padres de familia que le roban los alimentos de sus hijos en pleno territorio nacional.

El Estado ha de pagarle al político por dirigir el Estado, de manera similar a como un ciudadano le paga a un médico por conservar su salud. No se trata, entonces, de que el político tenga o no tenga un interés privado, como el de ganar dinero. Es imposible que no lo tenga. Se trata de que satisfaga lícitamente ese interés. Se trata de que posea y aplique la ciencia que Platón denominaba “ciencia regia”: la ciencia del gobierno del Estado, o política. El político que posea tal ciencia sabe, por ejemplo, cuáles son y cuáles no son funciones propias del gobierno, y cómo desempeñarlas, para procurar el bien de todos los ciudadanos, y no solo de algunos.

Creo que ya es hora de reflexionar sobre el creciente auge de los populismos que se extiende hoy por América, Europa y algunas otras partes del mundo. Hay que tratar de entender las causas, lo que motiva esta ola de repudio a la política tradicional que tanta alarma provoca en muchos analistas. Y esto es importante, porque los cambios que se han producido en tiempos recientes parecen ser sustanciales y para nada efímeros. ¿Qué está sucediendo?

Quizás, le estamos dando o cediendo el Poder a ciudadanos no apropiados.

No parece ser buen político aquel que cree que son funciones propias del gobierno fabricar mesas, sembrar zanahorias, ordeñar vacas o conceder privilegios económicos, como repartir perniles, tras ofertas engañosas; y parece ser buen político aquel que cree que es función propia del gobierno garantizar la libertad, la vida y la propiedad de los bienes de los ciudadanos.

 

Está claro que los electorados actúan de modo reactivo, rechazando a los políticos y los partidos a los que antes votaban, y que por eso se produce el apoyo a candidatos tan dispares como López Obrador en México o Bolsonaro en Brasil, mientras crecen nuevas formaciones políticas en Europa que desafían el orden existente. Para entender este proceso ––sin duda complejo–– es preciso definir qué es lo que se reclama a esa “vieja política” de la hoy la gente se aparta.

Estoy claro, los ciudadanos venezolanos ya no desean más compromisos con el presidente, Nicolás Maduro Moros, en las colas, lo que hace es vociferarlo y maldecirlo, pero, su tren militar y civil tiene gran responsabilidad en el desempeño del Estado.

Es más como la GNB, violando los postulados de nuestra Constitución Bolivariana se atreve detener un bus con madres de familia que compran alimentos dentro del territorio nacional,

Descartemos, para empezar, el tema de la corrupción que, en apariencia, es el motor de muchos de estos cambios. Claro que se rechaza con vehemencia la corrupción, especialmente en América Latina, pero el problema no parece ser razón suficiente para producir los cambios a los que asistimos. Corrupción siempre ha habido -y creo que antes mucho más que ahora- aunque eso no parece haber preocupado tanto a la ciudadanía en tiempos pasados. Lo que los votantes parecen rechazar es algo bastante más amplio y menos definido: la atención no se centra en ciertos casos o determinados políticos, sino que parece dirigirse hacia una forma de hacer política que surge de un modelo que propicia la corrupción. Porque está “política tradicional”, además de ser corrupta, parte de ciertas premisas que, precisamente, son las que parecen haber perdido vigencia, al menos para una parte importante de los electorados.

El modelo de estado al que se está rechazando es, en el fondo, una expresión de las mismas ideas que crearon y que todavía sustentan la socialdemocracia. En casi todos los países se han creado estados de una amplitud notable, tanto en sus funciones como en sus gastos. Impuestos muy altos, y además progresivos, han servido para que los gobiernos puedan emprender acciones que rebasan con mucho los límites que tradicionalmente tenían los estados hasta la mitad del siglo pasado. La idea de fondo, la que sustenta este modelo político, es la de redistribución de la riqueza: quitar a algunos, a los que más poseen, para transferir este dinero a políticas sociales que se dirigen a los pobres, o a quienes menos ingresos obtienen. Es lo que podemos definir como “Estado de bienestar”: una institución tutelar, paternalista, que otorga educación, salud, vivienda, protección del ambiente y muchas otras cosas más a la población en su conjunto. Es el sueño de aquellos socialistas democráticos que irrumpieron en la escena política hace más de un siglo. Es un estado caro, complejo, donde gran cantidad de funcionarios manejan millones y, por eso, un caldo de cultivo que estimula la corrupción.

En Venezuela, ese grupo humano, ha destruido al Estado como sociedad colectiva y le ha otorgado a los castrenses demasiado Poder político que los ha llevado a abusar de la ciudadanía, que se atreven a usurpar la Constitución Bolivariana y asaltar a los grupos familiares que viajan de un Estado a otro en pleno territorio nacional.

Pero además es un estado ineficiente, al menos en América Latina, incapaz de cumplir con sus promesas. Los gobiernos debilitan sus funciones básicas, la seguridad y el orden, en aras de cumplir con una política social que nunca produce satisfactorios resultados. La reacción, por eso, adquiere entonces tintes conservadores, autoritarios, nacionalistas. Algo similar ocurre en Europa -gobernada en gran parte por partidos socialdemócratas y comunistas, durante los últimos 100 años- donde ha funcionado mejor el estado de bienestar, pero se ha favorecido una agenda de izquierda que se aleja de los principios morales y de la cultura esencial de sus habitantes. Allí se rechaza la migración, porque entraña un cambio cultural y religioso que muchos no aceptan, y se cuestionan la burocracia y los elevados impuestos.

La Alcaldía de Valencia, exagero los impuestos inmobiliarios en este año 2019. Al igual que destruyeron toda la infraestructura del Estado, tenemos que ir a la formación de un nuevo repúblico.

El rechazo populista, entonces, es un voto de desconfianza contra quienes desde la izquierda moderada están llevando a sus naciones a la pérdida de la identidad y a un modelo financiero de endeudamiento creciente e infinito. Este rechazo ha producido, además, el surgimiento de formaciones políticas que, en el otro extremo, llevan hasta sus límites sus posiciones de izquierda, identificándose entonces con muchas propuestas de las que antes sostenían los comunistas.

El centro político, pues, se hunde. Es el centro de la socialdemocracia, del marxismo light, del socialismo que pretende incluso modificar la misma sociedad, como lo prueban la agenda de género y la intervención en temas que hasta hace poco permanecían con certeza en el ámbito de la decisión individual.

Y esta debilidad del centro, que parece haber llegado para quedarse, presagia un futuro complicado para el resto de este siglo XXI que verá, gradualmente, la emergencia de nuevas formas políticas y también nuevos problemas, incluso militares. La coyuntura nacional está cada vez entre más tensiones, con la asumición de Poder del presidente Maduro, el próximo 10 de enero a la vuelta de la esquina y, un gobierno empecinado en desmantelar a la Comisión Internacional Contra la Impunidad, corrupción y el delito.

El arribismo es muy común en nuestro país. El diccionario, define arribista como: «Persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos». Estoy segura de que todos conocemos a más de alguna persona que llena las características del arribista. En lo personal lo que más me preocupa es que más allá de nuestra clase política, los que se autodenominan y creen líderes de la sociedad civil son peores en este respecto que los mismos políticos.

No son uno, ni dos, sino varios directores de instituciones que se dan baños de pureza y se dicen miembros del pacto anticorrupción, pero se les ha visto con frecuencia socializando con quienes critican, porque al final del día lo único que desean es pertenecer a esa élite que dicen despreciar y añoran ser parte de ella. Y si no me creen, pongan atención a los eventos de estos grupos de poder, ¿quiénes están presentes, quienes llegan? Las fotografías no mienten, ahí llegan todos y cada uno de estos actores. Llegan porque se sienten importantes de que fueron invitados, ¡vergüenza les debería de dar!

Acabaron con Conferry. Y demás empresas venezolanas, los cultivos, granjas, acabaron con todo.


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Emiro Vera Suárez (1885 noticias)
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