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El cóndor de la pluma dorada: La novela.

22/09/2012 15:51
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image Veintiocho cargas de oro y dos mil de plata llevadas desde Pachacamac; ciento sesenta y ocho cargas de oro desde el Cuzco y veinte de Quito. Los españoles fundieron el oro para poder repartirlo. Y mezclados en el crisol fueron a parar los elaborados vasos, los cántaros, los ídolos. El oro llegaba desde el lejano reino de los chilis, en los confines del imperio, también desde la inaccesible Pasto. Se desnudaron del dorado metal los templos, los nobles, los caciques. Y mientras los sinchis arrojaban a los recogedores sus orejeras de oro para salvar a Atahualpa, la mirada de desprecio de los runas, era la respuesta indolente a los esfuerzos de la nobleza quiteña y a los allegados de Huáscar para convencerlos de luchar por una causa común. Muchos años de iniquidad y crueles batallas habían agotado su amor por el imperio. Ellos sólo deseaban que los españoles libertarios trajeran la justicia anhelada, en tanto que Pizarro separaba para sí espigas de maíz de oro, y bandejas y aves con el mismo metal de los jardines dorados del Cuzco para enviarlas al rey de España. Reservándose para él la litera de oro de Atahualpa. Después de la repartición, los aventureros cayeron en cuenta que la riqueza era casi igual que la pobreza. Un par de botas costaba cuarenta pesos de oro. Y un pliego para escribir a su madre, le costó a de Soto una libra de oro, ¡toda una libra!, que pagó entre maldiciones. La primera inflación en el Nuevo Mundo. Pizarro llenó la fórmula del pacto de rescate. Pero Atahualpa seguía preso en aquella tumba de piedra; con rabia y humillación confirmaba que había sido engañado. Los españoles discutieron que no podían liberarlo sin que decayera la razón de ser de la conquista. Atahualpa se había convertido en un gran problema. Unos querían mandarlo a España junto con los que llevarían el quinto real. Otros sugerían llevarlo hacia el Cuzco. No pocos deseaban matarlo. Hernando de Soto, Hernando Pizarro, Pedro de Candia, Antón de Carrión, Pedro de Ayala, Juan de Herrada y otros hidalgos, sostenían que era necesario enviarlo a España. El Cuzco no se tomó en cuenta como solución después de estudiar los riesgos. La opción de matarlo era aconsejada por Riquelme, Diego de Almagro y los suyos; el cura Valverde susurraba a los oídos de Pizarro la muerte de Atahualpa. Hernando Pizarro el viejo, que hacía mucho peso en la conciencia de su hermano, defendía la idea de mantenerlo con vida. Almagro, que le guardaba rencor desde que estuvieran en Panamá, encontró la manera de sacarlo del juego, y para lograrlo, el tuerto ponderó con hipocresía sus méritos de honradez y distinción, eligiéndolo como el más indicado para llevar el quinto real y los hermosos obsequios a España, y que por consiguiente, se le diera una porción mayor que a los otros capitanes. Era el único empujón que necesitaba Pizarro para deshacerse de su hermano. Lo enviaría a España con el oro de los incas. Atahualpa lo supo de boca del mismo Hernando Pizarro. —Capitán, cuando te vayas, tus compañeros me mandarán matar. El tuerto y el gordo —por Riquelme—, convencerán a tu hermano para que me mate. Lo sé. No vayas tú, capitán... —dijo el inca con tristeza. —No te preocupes señor. No partiré sin la promesa de Francisco de respetar tu vida. Pero esas palabras no disiparon la desconfianza de Atahualpa. Hernando habló con su hermano, y se ofreció una vez más a llevar al inca consigo a España, pero Francisco no accedió. Después de su partida, la conspiración contra el inca Shiry arreció, implacable. Se esgrimieron los argumentos por parte de frailes y soldados: ofensa a Dios, prevaricaba Valverde; traición a los indios, acotaba Almagro. Y Felipillo echaba leña en esa hoguera. Hablaba de conversaciones sorprendidas a los indios, de conjuras para asaltar a los españoles; finalmente, ante la llegada de unos cuzqueños partidarios de Huáscar, denunció la existencia de un enorme plan para liberar al inca. Ante una acusación así de concreta, Pizarro empezó a desconfiar de la pasividad de los indígenas. Su entendimiento basto y unilateral de soldado, no concebía cómo millares de hombres en su propia tierra, no tramasen algo para salvar a su rey y arrojar a los invasores de su suelo. Por último, en medio de su odio por Atahualpa, Felipillo inventó la historia: Atahualpa mandó matar a Huáscar . Pizarro recordó el as bajo la manga del que le hablara Hernando de Soto. Era el momento apropiado. Sin querer, de Soto había dado la clave para poder culpar al inca de fratricida, además de idólatra, polígamo, y cuanta cosa el cura Valverde encontrara para hacerle parecer culpable. Pizarro lo envió a Hatunmayo para averiguar si era verdad la muerte de Huáscar, como decían los cuzqueños; de Soto partió a traer la prueba de la inocencia de Atahualpa, sabiendo que ya Huáscar no estaba en esa zona. Había caído en su propia mentira, y no sabía exactamente dónde buscarlo. ¿Cómo encontrar pruebas de que estaba vivo? —se preguntaba. Sin gente que le removiera la conciencia ni que estorbase en sus planes, Pizarro ordenó el proceso en contra del monarca del Tahuantinsuyu. Un juicio conformado por los «jueces» Pizarro y Almagro; el secretario era Sancho de Cuéllar. A un pequeño grupo de hidalgos descontentos por la actitud asumida por Pizarro, le permitió nombrar como defensor a Juan de Herrada. Los jueces no esperaron el regreso de Hernando de Soto para empezar el proceso. Formalmente lo acusaron de: bastardo usurpador, asesino de su hermano. También de disipar las rentas del estado al empobrecer al reino con el pago de su rescate, por el delito de idolatría, por adúltero, por incitación a los pueblos a rebelarse contra España... pero e l cura Valverde no podía perderse de un último discurso de odio irracional hacia Atahualpa, y saltó al precario estrado acusándolo de los peores crímenes, y citando los más lúgubres textos bíblicos pidió a gritos la muerte contra el salvaje; encarnación viviente del demonio porque se hacía idolatrar públicamente por su pueblo, y porque practicaba descaradamente uno de los pecados más horrendos: la poligamia. El defensor Juan de Herrada invocó en vano a todas las leyes divinas y humanas a favor del Inca. Fue inútil que dijera que el único que tenía jurisdicción para juzgar a un rey vencido era el propio emperador de España. Juan de Herrada defendió con vehemencia la inocencia de un hombre que vivió de acuerdo con sus códigos, sin haber podido infringir leyes ni practicar religiones que no conocía. Pero la causa estaba juzgada de antemano. Atahualpa perdió el juicio. En medio de la celebración en la escena montada por Pizarro, hizo aparición un grupo de indígenas azuzados por el indio Felipillo, que se acercó llorando al estrado para acusar a Atahualpa de haber mandado asesinar a su hermano en el río Anyamarca, con la escolta que lo conducía. Justo lo que el conquistador esperaba. Las fórmulas fueron llenadas y Pizarro y Almagro condenaron al inca Shiry a ser quemado vivo, a menos que se convirtiera al cristianismo, en cuyo caso le sería conmutada la pena por la muerte al garrote. Es ahí, cuando Atahualpa pidió hablar. Todos en el recinto quedaron en silencio. El inca Shiry se puso de pie y caminó hacia el centro. Con voz serena sabiendo ya su destino, se dirigió a Pizarro: — Es a ti, extranjero, a quien recibí como un amigo, que dirijo estas palabras: no he cometido más faltas que las que ustedes han cometido con mi pueblo. Yo los acuso de traidores, mentirosos, ladrones, idólatras, porque andan por ahí «bautizando» con un libro y una cruz... un dios que es el símbolo del ultraje y la mentira, porque en su nombre hacen toda esta mentira en mi contra, ¿dicen que soy polígamo? Estoy cansado de escuchar esa palabra. Sin embargo, ustedes han tomado las mujeres que han querido y deseado, y no son acusados de nada. Me han engañado y yo soy al que culpan. ¿Cómo pueden ser tan hipócritas? Y tú... —señalando al cura—, ¿cómo sé que no eres un polígamo? Te he visto mirando con deseo a mis mujeres... y ellas me han contado que las has acariciado cuando les propagabas tu fe. Tú, que representas a ese dios que dice que son pecados las cosas buenas como el tener los deseos de estar con una mujer. ¿Cómo lo llamas?: «Lujuria». Dime, cura Valverde. ¿Cómo fue que viniste al mundo? ¿Acaso tu padre no deseó a tu madre? Valverde lívido, gritó: —¡Blasfemia! ¡Este hombre personifica a Satanás! No tiene derecho a hablar... ¡Callad, os lo ordeno! —Tú ya no me puedes ordenar nada. Yo soy el rey de este imperio, ¡soy el emperador del Tahuantinsuyu! —contestó Atahualpa con la impavidez de quien sabe que morirá, dijera lo que dijese—. Ahora desean quemarme vivo, para que no queden rastros de mí en esta, mi tierra, y no pueda ir a reunirme con mi dios Inti. Si de eso se trata, cura Valverde, bautízame para cumplir con tus ritos. Te lo ordeno. Prefiero morir con el garrote. Un pesado silencio se cernió en la sala. El rostro de Valverde refulgía congestionado por la ira. Almagro deseando que terminase aquella farsa. Pizarro con los ojos clavados en el suelo. El defensor con los ojos empañados. Atahualpa de pie en medio del recinto personificaba la imagen de la dignidad. Su hermoso rostro de mirada impasible, surcado de las primeras arrugas, reclamaba justicia, mientras en su fuero interno comprendía por primera vez a los runas del imperio. —Es un hereje... —se atrevió a murmurar Valverde. Ya nadie lo escuchaba. —Como ya no me queda nada más por hacer en esta tierra, te haré una última petición, a ver si puedes cumplirla —dijo el inca sin hacer caso del cura, dirigiéndose a Pizarro—: Cuida de mis hijos, mujeres y parientes. —Lo prometo —respondió Pizarro, tratando de salvar en algo su honra. Luego agregó—: No fue nuestra la culpa que vuestro pueblo no os haya apoyado... esta guerra la gané en buena lid. —Usos son de la guerra, vencer y ser vencidos... —Concluyó Atahualpa. Reprimiendo un suspiro, quedó en silencio. Aquella misma noche Atahualpa fue bautizado con el nombre de José Francisco mientras invocaba en silencio a Inti y Huiracocha. El cura Valverde apelaba a voces a Dios y Jesucristo, en tanto que vertía el agua bendita. Atahualpa respiró por última vez el veintiséis de julio de mil quinientos treinta y tres de la era del Señor.

EL CÓNDOR DE LA PLUMA DORADA, el imperio... el enigma de la ciudad perdida.

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