La vida de Moliere, uno de los comediógrafos mas famosos del mundo, fue muy heroica. Cuando recién cumplía los veinte años, en 1642, anunciaba a su padre, maese Jean Poquelin, tapicero del rey, que no lo iba a suceder al frente de la próspera empresa familiar.
Rechazar tan brillante situación habría sido perdonable si aquel joven, uno de los mejores y mas prometedores alumnos de los jesuitas, hubiera elegido una profesión respetable, como la magistratura, por ejemplo.

Unos años antes su abuelo materno, Louis Cresse, lo había llevado al Pont-Neuf a ver la regocijante actuación de los cómicos de la legua. Desde ese momento, el teatro fue su meta. En 1642 tan descabellada idea en el cerebro de un muchacho constituía una desgracia para la familia.
Hizo amistad con una divertida y extravagante familia de bohemios, los Bejart, con los que formó una compañía de comediantes aficionados. Al mismo tiempo se enamoró de la hija mayor de aquel matrimonio, Madeleine.
Cuando en 1643, el obstinado tapicero cedió ante lo inevitable y entregó a su hijo las 630 libras que le correspondían por el legado de su madre, Jean Baptiste adoptó el nombre de Moliere fundando el “Teatro Ilustre”, en una sala alquilada.
Un año mas tarde, Moliere, estaba en prisión por deudas. Cuando salió de la cárcel, Madeleine, juntó como pudo suficiente dinero para tomar las riendas de la pequeña compañía en un carromato.
A veces la compañía era aclamada, pero mas a menudo los aldeanos soltaban insultos contra los actores. Entre gira y gira, escribió sus primeras farsas o sainetes, que tuvieron gran éxito en provincias.

En 1658, el “Teatro Ilustre” pudo, por fin, volver a París, dirigido por un Moliere ya maduro, para representar el papel de censor de las locuras de la sociedad. Luis XIV, al que habían llegado voces del éxito de la compañía en las provincias, ordenó que actuara en su presencia.
El 24 de octubre de 1658, en la Salle des Gardes del palacio del Louvre, Moliere y sus compañeros hicieron su primera aparición ante el rey. Representaron Nicodemo, del gran Corneille, que les valió un cortés aplauso. Acto seguido Moliere asumió un enorme riesgo, finalizó la función con una de aquellas breves farsas que tanto gustaban a los provincianos, “El médico enamorado”. El éxito fue ruidoso. El rey premió a Moliere concediéndole medio teatro.
Entre gira y gira, escribió sus primeras farsas o sainetes, que tuvieron gran éxito en provincias
Dos años mas tarde le asignaría el Palais-Royale, o Teatro del Palacio Real, en el que el comediógrafo representaría hasta su muerte. Con el beneplácito del rey, Moliere, minimizó al ignorante y pedante gremio de los médicos, la antigua institución del matrimonio de conveniencia, la falsa cultura, y a los afectados ignorantes que tiranizaban la vida intelectual.
Los títulos de sus comedias suenan hoy como otros tantos triunfos de la ironía bonachona. Pero las víctimas del desprecio de Moliere se defendieron con fuerza, y no vacilaron en acudir a los golpes bajos.
El famoso predicador Bourdalogue denunció al comediógrafo desde el púlpito, el arzobispo Perefixe fulminó una homilía contra esas peligrosas comedias, que eran una amenaza contra la religión.

Sus enemigos no tuvieron empacho en llevar sus ataques hasta la vida privada del escritor. En 1662, a la edad de 40 años, Moliere cometió el mayor error de su vida, al casarse con una muchacha 20 años menor que el. Se publicó por entonces una obscena sátira, La famosa actriz, y alguien escribió una obra sobre el tema, Elomire hipocondríaco, anagrama evidente de Moliere. Se enviaron anónimos al monarca, pidiéndole que castigara de inmediato a aquel escandaloso protegido.
Pero Luis XIV no perdió la ecuanimidad. En una ostentosa demostración de su confianza en Moliere, insistió, el 20 de julio de 1664, en apadrinar al hijo del comediógrafo.
Moliere había llegado a la cúspide de la fama. Pero sus enemigos habían cansado el ánimo de este hombre recto y sincero, además, su matrimonio había resultado un fracaso.
En el último retrato de Moliere, que en aquella época le hizo Pierre Mignard, se advierte claramente la melancolía del envejecido escritor. Esa melancolía, esa hipocondría, como entonces se le llamaba, se acentuaron con la edad.

Todos conocen la historia de la muerte de Moliere. Al terminar la cuarta función del Enfermo Imaginario, en el momento en que, en el papel de Argán, apoyaba el burlesco entronizamiento de un médico, el actor sufrió un ataque, sentado en su silla emitió un quejido que hasta sus compañeros confundieron con un sublime recurso escénico.
En realidad, Moliere se recuperó con rapidez, y lanzó un grito de alegría, pero al caer el telón se desplomó. Lo llevaron con toda prisa a su departamento de la Rue de Richelieu, donde murió esa misma noche, el 17 de febrero de 1673.