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Fernando Pessoa, un argonauta en Lisboa

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10/09/2017 04:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Texto y fotografías por Galo Martín Aparicio

Quiso a Lisboa como se quiere a una madre. Apenas se despegó de la ciudad. Cuando lo hizo, fue porque su progenitora se volvió a casar con el cónsul portugués en Durban. Una vez regresó de aquel exilio familiar siendo un adolescente nunca más la abandonó. No le hizo falta. Sí, se mudó muchas veces. Una nueva ventana significaba otra luz, otras vistas, otros sonidos y olores. Oxígeno, al fin y al cabo. Fernando Pessoa, el solitario caminante de los muelles, navegó sin la idea de un puerto entre siete colinas.

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Escribió incesantemente. El insomnio que padecía hizo que las noches en vela las consumiera produciendo. 27.513 documentos autógrafos o mecanografiados: ensayos, poemas, reflexiones y notas. Y un solo libro publicado en vida: Mensagem. Fama póstuma la de Pessoa. Su obra inédita, vastísima, es menor que los kilómetros que anduvo por ese paraíso perdido de la infancia que él veía con cuerpo y rostro de Lisboa. A la que siempre consideró su hogar.

"Llegué a Lisboa, pero no a una conclusión".

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Lo primero que vio, bueno, en el caso del niño Fernando, contempló con asombro, desde el piso familiar, ubicado en el Largo de San Carlos 4, fue el estuario del Tajo. Río por el que los paquebotes entraban al puerto igual que lo hacía la mañana. La huella que le dejó aquella imagen la registró en oda marítima:

"Y a ras de él (el río Tajo), como algas, flotan mis sueños desechos..."

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Si escribir para él no fue un oficio sino una vocación, caminar fue como esa maniobra respiratoria que realizan los cachalotes al salir a la superficie y expulsan vapor de agua por su espiráculo antes de volver a sumergirse. Caminar lo hacía, sobre todo por la Baixa, luciendo un atuendo que hoy le haría muy difícil pasar desapercibido, como ocurrió con sus textos en su época. Sombrero de ala vuelta, lentes redondas, pajarita mal anudada, gabardina, traje oscuro, camisa de color blanco nuclear y un bigotito isósceles, en alerta por culpa del cigarrillo de turno que siempre estaba fumando. En su Libro del desasosiego se lee:

"De pronto estoy solo en el mundo. Veo todo esto desde lo alto de un tejado espiritual. Estoy solo en el mundo. Ver es estar distante. Ver claro es cesar. Analizar es ser extranjero. Toda la gente pasa sin rozarme".

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Decíamos que identificarle sería sencillo, seguir sus pasos es otro cuento. El constante subir y bajar, con descansos en los miradouros, hacen que Lisboa duela en la planta de los pies. El suelo ajedrezado, los desconchados azulejos, las buganvillas y parras enroscadas en la estructura de madera que ostenta el mirador de Santa Lucía, en el barrio de Alfama, liga con la decadencia romántica que emana de la ciudad. Al fondo el inmenso azul fluvial que le inspiró.

Vagó por todos los vericuetos lisboetas. Una y otra vez. Era un habitual de los cafés:

Café Aurea Peninsular, Café Montanha, en el que Fernando Pessoa y Mario de Sá-Carneiro corregían pruebas tipográficas de la revista Orpheu, Café Martinho do Arcada y el Café A Brasileira de Chiado, donde se le rinde tributo con una estatua de él sentado. Tome asiento en su terraza, si puede, y pida un garoto (cortado) o un galão (café con leche). O lo que desee tomar. Muy cerca de este sitio traquetea el icónico tranvía número 28. Súbase, disfrute de la vista de la plaza de Luis de Camões. Apéese en el Jardim da Estrela, junto a la basílica del mismo nombre y ande. No se preocupe, no es obligatorio sonreír en este recorrido.

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Desde que se independizara en 1907 y se instalara en la Rua da Glória 4, Pessoa desfiló por un sin fin de habitaciones y casas de alquiler. En 1920 se trasladó a la que sería su última residencia, en la Rua Coelho da Rocha 16, en Campo de Ourique. Aquí estuvo hasta su muerte en 1935. Hoy es la sede de la Casa Fernando Pessoa. Lugar al que peregrinan los seguidores de este absentista vital al cual no paran de publicarle el material nuevo que van encontrando en su cofre del tesoro. Como si alguno de sus heterónimos (Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis) tuvieran vida propia y estuvieran todavía escribiendo escondidos para regocijo de los estudiosos de su obra y sus lectores.

En el Hospital de San Luis de los Franceses (en el Barrio Alto), no muy lejos de esta morada convertida en museo, una noche llegó a urgencias. No iba a irse sin escribir algo:

"No sé lo que mañana me traerá".

Dos días después, el 30 de noviembre de 1935, fallecía como consecuencia de una cirrosis hepática. Tenía 47 años. Una carrera anónima como bebedor, escritor, poeta y hombre esotérico. No dejó descendencia y su herencia se ha ido descubriendo a lo largo del tiempo. Al morir se le enterró en el Cementerio dos Prazeres. Después, trasladaron sus restos mortales al Monasterio de los Jerónimos. La paradoja es que descansa junto a Vasco da Gama, a quien el océano le incitó a salir y explorar el mundo que había afuera.

"Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos".

Huérfana de su ínclito caminante la saudade permanece en Lisboa. Ciudad en la que el recuerdo olvida.


Sobre esta noticia

Autor:
Sixtojavier (474 noticias)
Fuente:
revistabinter.com
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Tipo:
Reportaje
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