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La importancia de sensibilizar a un niño

14/01/2012 07:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Se puede arrullar a un niño con el sonido de una trompeta? Lo titula así un artículo en El Correo, que menciona el caso de una joven famosa trompetista que, acostumbrada a ensayar en casa, ha acostumbrado a su hijo, con algo menos de dos años de edad, al sonido del instrumento

¿Se puede arrullar a un niño con el sonido de una trompeta? Lo titula así un artículo en El Correo, que menciona el caso de una joven famosa trompetista que, acostumbrada a ensayar en casa, ha acostumbrado a su hijo, con algo menos de dos años de edad, al sonido del instrumento. Comenta la madre que lo escuchaba ya desde el embarazo, mientras ensayaba, así que se ha habituado por completo. Y añade que no se despierta ni aun estando el sonido próximo. Lo cual no significa que reaccione de forma similar si se encuentra algún otro tipo de sonido; ocurre únicamente ante el que ya es tan familiar.

En una investigación realizada en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León se ha llegado a la misma conclusión. Lo han hecho con experimentos dirigidos a ratas, intentando descubrir los efectos derivados de acostumbrar al cerebro, en las primeras etapas de crecimiento, a cierto tipo de sonidos, todos ellos agradables. Como resultado, han obtenido ratas hipersensibilizadas: animales que han desarrollado una sensibilidad ante cierto estímulo externo, como ya nos contaba el método de Paulov, que venía a decir que, en toda conducta, se puede producir un condicionamiento entre estímulo y respuesta: si nos cruzamos con alguien que, sin decir nada, nos arremete una bofetada y, a continuación, sin tiempo a reaccionar, nos regala un reloj, seguramente tendrá como consecuencia que vuelvas a casa cabreado pero sabiendo la hora; pero si el mismo hombre, todos los días, a la misma hora, se cruza contigo, te golpea la cara y de inmediato te hace un regalo, terminaremos al final siendo nosotros quienes busquemos la bofetada, ya asociada al obsequio. Una fórmula de aprendizaje que, salvando las distancias, ha sido modelo educativo a lo largo de la historia, suponiendo acertada la idea de que el fin justifica los medios. Una traducción del lema: ‘la letra con sangre entra.’

Sin embargo, ahora imagínense que en vez de bofetada lo que se recibe es una caricia, una sonrisa, un apretón de manos. El estímulo externo, en este caso, llega a ser más poderoso y significativo que la bofetada. Por lo tanto, las relaciones entre este estímulo y su correspondiente respuesta, entre la caricia y el regalo, llegan a ser más sólidas, más fáciles de crear. Y lo que es más importante, la respuesta queda enraizada al desarrollo cognitivo, se convierte en abono de su crecimiento, permitiendo que crezca fuerte hacia arriba. De esta manera, se va forjando una sensibilidad que, aún surgida de un estímulo en concreto, va a acabar influyendo en todos los ámbitos de la vida. Como la rama de un bonsái que intuitivamente decidimos no cortar, cuidándola y mimándola, intuyendo el maravilloso resultado.

Muchos grandes prohombres de la historia han padecido, para bien o para mal, esta sensibilidad: artistas, filósofos, investigadores, científicos que han destacado en ciertas materias, alimentados por la pasión que volcaban en sus trabajos. Porque, al fin y al cabo, es lo que persigue toda sensibilidad: pasión, la gran constructora de nuestro andamio da aprendizaje. Con pasión se llega a cualquier sitio, siendo la antesala de la genialidad.

Reprimir estos sentimientos, sobre todo durante la infancia, provoca una agarrotamiento emocional que puede derivar, junto con otros factores, en actos de odios irracionales, las tarifas del resentimiento. Evitarlo, claramente, queda cada vez más en nuestras manos. Y digo ‘claramente’ porque, haciendo memoria histórica, no lo ha sido así durante el pasado. Hasta hace bien poco, la educación en sí era más bien un privilegio que únicamente disfrutaba quien tuviera una familia que pudiera permitírselo. Sólo desde 1956, tras la Declaración de los Derechos del Niño, la enseñanza ha llegado a ser obligatoria y, por lo tanto, accesible a todo el mundo: hasta entonces, la etapa en la infancia había sido considerada como un periodo más del desarrollo, más molesta que otra cosa, al cual no se le otorgaba apenas importancia. Puede decirse, por lo tanto, que apenas llevamos algo más de medio siglo de evolución consciente en esta materia. Afortunadamente, cada vez son más las evidencias que alertan de lo trascendental de la etapa. Sólo hay que echar un vistazo al desarrollo de los animales, donde la ‘inteligencia’ de algunas especies es más innegable allí donde más amplio es el periodo de infancia. Un periodo de tiempo fundamental, donde se siembran las primeras raíces del desarrollo. Abonarlo de una manera o de otra depende de nosotros, de los estímulos que se recibe en ese periodo. Un niño, por ejemplo, podrá aprender un idioma muchísimo mejor si lo hace desde temprana edad, simplemente porque es entonces cuando más vacía está la esponja del aprendizaje y más necesaria es toda esa información para su desarrollo.

Después de todo, podemos enseñar solfeo a un crio, le podemos poner diez o quince profesores de música, podemos regalarle el mejor de los instrumentos, que seguramente conseguirá aprender a tocar, reproduciendo fielmente las notas musicales; pero, sin una sensibilización previa que lo alimente, sin el estímulo adecuado, difícilmente podrá disponer de la pasión y entrega necesarias.


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Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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