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Leonel Fernandez Evoca Al Poeta Pedro Mir

17/06/2013 11:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Por: Daniel Paez

Leonel Fernández Santo Domingo Durante el transcurso de este año, 2013, los dominicanos estaremos festejando el centenario del natalicio del Poeta Nacional, Pedro Mir, nacido el 3 de junio del 1913, en la ciudad deSan Pedro de Macorís.

Recuerdo haber visto y escuchado a Pedro Mir, por vez primera, a principios de los años setenta en una memorable conferencia que dictó en el Colegio Dominicano de Periodistas. Antes había oído hablar de él, y, por supuesto, conocía su famoso poema, casi himno nacional, Hay un País en el Mundo.Pero, de esa conferencia, salí cautivado por él. Diría, casi hipnotizado. Habló de literatura, de poesía y de periodismo. Pero lo que más importó fue la forma. Había tal elegancia en el decir, en los gestos y en las formas de Pedro Mir, que había que concluir que se estaba en presencia de un artista consumado de la palabra. El poeta social esperado

Luego descubrí que había empezado a escribir poesía desde principios de los años treinta, aún muy joven, y que en algún momento uno de sus amigos, compañero de estudios, sin su autorización, había enviado a Juan Bosch, que entonces dirigía la Página Literaria del Listín Diario. Se cuenta que Bosch, a pesar de reconocer talento en el joven y desconocido poeta, no los publicó, indicando que "el autor debía dirigir los ojos a su tierra".Intrigado, y tal vez hasta herido en su orgullo, Mir se puso a trabajar con gran intensidad, y poco tiempo después envió tres poemas, titulados, A la Carta que no ha de Venir, Catorce Versos y Abulia, para ver si a eso era que el autor de La Mañosa se quería referir con aquello de "dirigir los ojos a su tierra."Para su gran sorpresa y deleite, los poemas fueron publicados en la primera columna de la siguiente edición de la Página Literaria del Listín Diario, fechada 19 de diciembre de 1937. En su encabezado había una nota del director, en la que en forma lapidaria, decía lo que sigue:"Aquí está Pedro Mir. Empieza ahora y ya se nota la música honda y atormentada de su verso. A mí, con toda sinceridad, me ha sorprendido. He pensado, ¿será este muchacho el esperado poeta social dominicano?"Empieza ahora... Desde luego, nadie sabe qué caminos recorrerá Pedro Mir. Puede torcerse y puede hasta apagarse. De todo hay en la viña del Señor. Pero yo me complazco en entregarlo a la mirada fija del lector dominicano, a la de ese que espera el nacimiento de artistas verdaderos, adivina su gestación y la acelera sin decirlo."Aquí está Pedro Mir. Yo creo haber cumplido un deber de conciencia al presentarlo. Me hubiera dolido que este poeta nuevo tan atormentado, quedara en la sombra."Aquello fue el acta de nacimiento de Pedro Mir como maestro de la lírica. Había quedado comprometido como el poeta social a cuya espera se encontraba la sociedad dominicana. Su poema, A la Carta que no ha de Venir, escrito a los 24 años de edad, lo consagró como tal.

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Luego vino un largo silencio. La brutal dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, por su propia naturaleza, se convertía en un obstáculo para el desarrollo de una poesía social de denuncia, que ponía de relieve la explotación del pueblo y clamaba por un cambio revolucionario.Así fue que diez años después de la publicación de aquellos versos, en 1947, salió hacia el exilio en Cuba, y dos años después, en 1949, aparece su gran poema, el canto que lo habrá de inmortalizar, Hay un País en el Mundo.Con posterioridad, completó su universo poético con obras de notable calidad, como Contracanto a Walt Whitman; Amén de Mariposas; Huracán Neruda; Seis Momentos de Esperanza; Poemas de Buen Amor; A veces de Fantasía, y Viaje a la Muchedumbre. Ensayista y educador

Sin embargo, Pedro Mir no sólo fue un extraordinario poeta, digno de aparecer en cualquier antología de carácter universal. Fue al mismo tiempo un insigne historiador, un teórico del arte y de la estética, un impresionante conferencista y un entusiasta y apasionado educador.En el campo de la historia dejó textos de lectura obligada, como son, Tres Leyendas de Colores; Las Raíces Dominicanas de la Doctrina Monroe; La Noción de Período en la Historia Dominicana; El Gran Incendio, y Las Dos Patrias de Santo Domingo.Publicó una novela, de corte experimental, Cuando Amaban las Tierras Comuneras; y los relatos La Gran Hazaña de Limbert, y después Otoño; Buen Viaje Pancho Valentín; y El Caballito de los Siete Colores.En el ensayo, su legado consistió en enjundiosos análisis sobre arte y estética que extrajo de sus notas de cátedra, y que plasmó en los siguientes textos: Apertura a la Estética; Fundamentos de Teoría y Crítica de Arte; y El Soldadito de la Estética.Aunque en la década de los setenta era estudiante de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD, de alguna manera me las arreglaba para trasladarme a la Facultad de Humanidades, donde enseñaba Pedro Mir, a los fines de escuchar sus cátedras.Lo que allí acontecía re-sulta indescriptible. Como maestro en el aula, Pedro Mir era un espectáculo, un actor en escena. De su voz, emanaba poesía. De su cerebro, una inmensa erudición. Las aulas estaban siempre llenas y decenas de estudiantes, entre ellos yo, se agolpaban fuera del aula, seducidos por su magia.El parecía disfrutarlo. Le gustaba compartir con los jóvenes, escuchar sus planteamientos, sugerir lecturas, estimular la reflexión.Fuera del recinto universitario también le seguí. Dondequiera que hablaba, ahí estaba. Recuerdo una de sus conferencias, con motivo de la puesta en circulación de su poemario, El Huracán Neruda, en la que narró la manera en que había descubierto la producción poética del gran vate chileno.

Contó que había sido enviado por el periódico La Nación, en su calidad de reportero, a hacerle una entrevista a una artista cubana (cuyo nombre extravío en la memoria), la cual había venido al país y se encontraba alojada en un hotel ubicado en la avenida San Martín, de la Capital.La cita estaba pautada para las seis de la tarde. Pero al momento de tocar la puerta de la habitación de su entrevistada, sonó un cornetín anunciando que se bajaba la bandera. Conforme a su relato, en ese momento, toda la ciudad quedó paralizada. Todos los vehículos se detuvieron. Todas las personas permanecieron inmóviles.La artista cubana también quedó petrificada, con la puerta abierta de su habitación. Pero tan pronto terminó el cornetín y se reanudó el bullicio citadino, la cubana, sin saludarlo de manera formal, con los brazos abiertos y espléndida sonrisa, lo sorprendió con unos versos que le hicieron estremecer. Se trataba de Farewell, a través del cual Pedro Mir empezó a descubrir la creatividad del discurso poético del inmenso Pablo Neruda, a quien, muchos años más tarde, llegaría a dedicar su Huracán Neruda, para testimoniarle que "todos los hombres y las mujeres del mundo bebemos tu palabra/ en tu copa de esperanza/ y alzamos tu indomable profecía."Asistí a otras conferencias y tertulias de Pedro Mir. En el Templo Masónico, en el Club Mauricio Báez, en la Librería La Trinitaria y dondequiera que estuviese. Era, al mismo tiempo, un asiduo lector de su columna, Crónicas de un Pez Soluble, publicada semanalmente en la Revista Ahora.Al caer enfermo y ser internado en la Plaza de la Salud, coincidió que también mi padre, José Antonio Fernández, luego de un infarto, fue internado en la misma sala del establecimiento de salud en que se encontraba el Poeta Nacional.Al ir a visitar a mi padre, cada noche, en la etapa final de mi primera gestión de gobierno, en el año 2000, cruzaba también a ver a don Pedro, para insuflarle ánimo y compartir unos minutos con él. La primera vez que me vio, quedó sorprendido; y a pesar de que tenía unas cánulas de oxígeno, pudimos intercambiar de impresiones.Así continuamos haciéndolo, cada noche, durante más de una semana. Pero, de repente, esa gigantesca figura del mundo intelectual que fue Pedro Mir, empezó a languidecer y a perder fuerza. Ya de sus labios no brotaban palabras.La noche de su fallecimiento, estuve con él hasta su último aliento. El médico que lo atendía, al ver que sus signos vitales no respondían me miró, y me hizo seña de que ya no estaba entre nosotros.Una lágrima se me deslizó por la mejilla y una profunda angustia penetró en mi alma. Me retiré a la casa. Al llegar tomé un ejemplar del libro Viaje a la Muchedumbre, y leí, en voz alta, como para simular el eco de su garganta, algunos de sus poemas.Nunca he logrado despedirme del Poeta Nacional.


Sobre esta noticia

Autor:
El Sanluicero (10601 noticias)
Fuente:
danielconelpueblo.blogspot.com
Visitas:
1150
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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