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Limón y casi nada

29/08/2018 14:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Verano de botijo y siesta, de abanico y paseo a la caída de la tarde, de sentarse al fresco en un parque y hacer en casa una humilde limonada. Estas semanas la prensa está llena de playas y cuerpos dorados, viajes exóticos y helados de colores, hoteles entre palmeras y calas azules, ofertas de vuelos baratos y felicidad Airbnb. Más de 80 millones de turistas de fuera de España vinieron a nuestro país el año pasado, sin embargo el 35% de los españoles no puede permitirse unas vacaciones. Más del 40% nunca se va, no puede, no pudo nunca o casi nunca. Ahora menos. Así que escribir sobre paraísos y hoteles de muchas estrellas no es lo mío. No encontrarán aquí los diez destinos idílicos que debe visitar antes de morir, ni las diez puestas de sol con daikiri de garrafa, ni los diez mejores hoteles sin desencanto, ni los diez mejores chiringos a pie de playa. Sólo limón y casi nada.

Tan sólo tres recetas muy baratas para soportar los condenados calores de agosto en esos pueblos y ciudades del interior en los que no hay descanso vacacional ni se prepararan maletas llenas de bronceadores, donde las casas no tienen aire acondicionado ni hay habitaciones con vistas. Sin embargo estas recetas son un exótico lujo riquísimo hecho con el fruto del jardín de las Hespérides, que para Manuel Vicent y para mí siempre estuvo por Valencia pero que también podría estar en los muchos rincones de España vacía o suburbial donde a pesar del desastre climático maduran cidras, pomelos, limas, naranjas, sanguinas, mandarinas o limones de luna. ¿Hay algún perfume mejor que las flores de Azahar?, ¿alguna piel más deseable que aquella tocada por un poco de esencia de bergamota?, ¿algún adorno de mesa más bello que un sencillo plato lleno de limones? Los cítricos llegaron de la India, China, Malasia... ¿quién lo sabe?, pero en nuestro país, sobre todo a partir del 711, fueron ocupando de norte a sur, este y oeste, todas las esquinas de los huertos y llenando de alegría, acidez y frescor las bocas de los ricos y también las de los pobres sedientos. Hasta el siglo XIX y bien entrado el XX la limonada era casi el único refresco que tomaban los niños, aliviaba las fiebres palúdicas o curaba el escorbuto a los aventureros. Luego llegaron las anilinas de colores, el dichoso carbónico y las toneladas de azúcar que han infantilizado de forma crónica todos los paladares e higadillos del mundo opulento.

Para este refresco sólo necesitas un par de limones, agua muy fría, unos cuantos mendrugos de hielo, un poco de ralladura de limón verde y la gracia asequible de una rodaja o dos de limón confitado cortado en pequeños daditos. Luego beber despacio, en vaso grande, a pequeños sorbos, con temple de resistentes, sabiéndonos amigos de Homero, Irving, Henley o Lorca, dueños de Ítaca, príncipes de Maine y reyes de Nueva Inglaterra, amo de mi destino, capitán de mi alma. Libros y limonada. Por ejemplo "entre limones" de Chris Stewart, que fue batería del grupo Génesis, esquilador a destajo, músico de circo, redactor de guías de viaje, sobre todo granadino adoptivo y escritor de este delicioso librito del que se han vendido millones de ejemplares. O "el país donde florece el limonero" de la jardinera Helen Attlee y traducido por María Belmonte, un delicioso paseo cítrico e histórico por el fanatismo limonero que hubo y hay en la Toscana, el Véneto, Calabria o Sicilia. O "limones amargos" de Lawrence Durrell y sus sueños de una casa barata y sencilla en un lugar tranquilo y con mar. ¡Hasta los poemas de García Lorca que están llenos de naranjas y limones! En la limonada está el Mediterráneo entero, de Santorini a Sicilia, de Valencia a Alejandría, de Túnez a Estambul, de nuestro secarral mesetario a un umbrío y abandonado jardín cántabro, de Limone sur Garda, un pueblecito a orillas de uno de los lagos del norte de Italia que cuida sus limoneros como si fueran joyas, a Tabernes de Valldigna donde la limonada de verdad (y la horchata sin azúcar) es una religión con fieles y secretos adeptos como bien sabía el gran Rafael Chirbes.

La confitura de naranja amarga, el zumo de mandarina, unos gajos de pomelo o de sanguina, una lima confitada, una corteza de limón besando el borde de una copa de dry Martini me han curado muchas resacas de amor y de tristeza, pero una limonada como la que aquí apunto me ha hecho feliz sin cuento muchos veranos atroces. La patria secreta de mi infancia está llena de ríos, veranos, peces, higos, orejones de melocotón hechos por el abuelo Paco, tomates maduros rajados con sal comidos a mordiscos, melonas dulcísimas, sandías gigantes, una poza oscura y fría donde siempre nos caíamos de noche, lagartijas y culebras por mascota, un desván lleno de peras de invierno, libros antiguos, sables de los antepasados, bañeras de cinc, ropajes con azabaches de bisabuelas raras, alacenas secretas, cañas de pescar antiguas, maletas llenas de fotografías, alcobas con fantasmas, buñuelos para desayunar, picatostes de vino... y ensalada de naranja. ¿La receta? Una naranja grande, madura, en sazón, pelada y cortada en rodajas finas, aceitunas negras sin hueso, dados de torreznos muy fritos y crujientes, un chorreón de aceite, sal, fina lluvia de pimentón dulce. Esta ensalada de naranja aún se sigue haciendo de forma habitual en la Sierra de Gata.

Hoy es finales de agosto y hace mucho calor, pero entonces, cuando tenía padre y solía nevar en invierno, había dos cosas que me hacían muy feliz. Una era coger una gripe, tener fiebre, sentirme cuidado y pasarme leyendo sin parar esa semana de convalecencia. Otra era cuando mi padre me hacía un sencillísimo postre que consistía en nieve, zumo de mandarina o limón y un poco de miel. Este postre, en pleno invierno, es el más delicioso que he probado nunca. Las mandarinas eran de nuestros árboles y la nieve la cogíamos con cuidado y sin apelmazarla en un campo próximo. Ese sorbete natural había que tomárselo deprisa porque la nieve se derretía rápido. A los trece años perdí a mi padre. Después cambió el clima y la nieve comenzó a escasear en mi tierra. Nada me ataba ya y me fui lejos, aprendí a cocinar, probé cuantos alimentos y guisos me ofrecieron en cualquier lugar del mundo sin ningún prejuicio ni remilgo. Descubrí también que si guisas a quién amas el amor dura más y es más intenso, pero también es más intensa y dolorosa su pérdida. Hoy recuerdo también aquel domingo. Como todos los años me acerqué desde la ciudad hasta el pueblo a coger mandarinas. Luego tuve que viajar al norte por trabajo y me sorprendió una nevada en el puerto. Paré a comer en un bar que conozco, buena gente con vino propio y comida muy sencilla. No pedí postre, solo un cuenco, una cuchara y un poco de miel, saqué las mandarinas que llevaba en el coche, llené el cuenco de nieve y me preparé aquel postre de mi infancia. El sabor era el mismo. De nuevo en carretera, conduciendo despacio en medio de la nevada, me sorprendieron las lágrimas y tuve que parar. No he hecho nunca a nadie este postre. Tal vez no lo haga nunca. Pero hoy os lo escribo.

No os gastéis el dinero en un estúpido refresco azucarado. Haced vuestra propia granizada de limón, comprad cítricos, plantad un mandarino aunque sea en una maceta como los Borromeo o los Sforza, viajad con un buen libro a la sombra de un árbol, cuando cae la tarde y el sol ya no muerde... y montad en bicicleta, que las bicicletas son para el verano.

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Nota:

Según la Encuesta de Condiciones de Vida 2018 del Instituto Nacional de Estadística (INE) un 21, 6% vive en riesgo de pobreza. Tiene unos ingresos anuales inferiores a 8.522 euros.

La bergamota es un cítrico de pequeño tamaño de sabor agrio. Su aromática piel se utiliza para obtener aceite esencial que es ingrediente precioso de innumerables perfumes.

Un limón italiano de Garda cuesta ¡entre 4 y 5 euros la unidad!; en cambio un kilo de limones ecológicos valencianos no llega a 2 euros.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
2007
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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