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30/12/2022

Todos necesitamos algún palo en el que apoyarnos, hasta los más liberales como yo

Me gusta más bien poco ver diariamente un pájaro enjaulado. Tuvimos uno en casa, regalo de mi madre, que finalmente le devolví. Pero hasta entonces, pensando en hacerle un pequeño favor a mi pájaro, de vez en cuando cogía la jaula, la colocaba en el suelo de la cocina y tras cerrar ventanas y puertas, abría la suya para que se diera un paseito. Pero, sorprendentemente, nunca salía. Incluso, era curioso, intentaba cerrar la portezuela con el pico; lo cual demostraba, además de su temor a la libertad, que era bastante listo.

Tras comprobar que el abrirle la puerta de su pequeña cárcel no le animaba, cierto día pensé en utilizar otro sistema: extraer el suelo deslizable de la jaula y mantenerla levantada a unos centímetros del suelo, transformando así todo ese espacio en una gran vía de escape. Pero entonces resultó que no se apeaba del palo; el cual, como se sabe, suele situarse a media altura, sujeto entre los barrotes metálicos.

¡Vaya, ahora no se mueve del palo!, me decía yo, pensando qué hacer. Dejé entonces la jaula sobre el suelo de la cocina y le incité a que bajara esparciendo algo de alpiste en la loseta sobre la que reposaba. Bajó a picotear y aproveché enseguida para desenganchar el palo con objeto de que al levantar la jaula no volara de nuevo a refugiarse en él. Al forzar los barrotes laterales que lo sujetaban a presión, el palo saltó accidentalmente y se situó a unos centímetros fuera de la jaula... Bueno, ¡por fin!, me dije; el asunto me estaba poniendo algo nervioso.

Esperé a que se tranquilizara un poco, yo también, y luego levanté la jaula despacio mientras él continuaba picoteando el alpiste esparcido por el suelo. Enseguida se dio cuenta de que su entorno cambió y empezó a caminar dando saltitos bastante torpes, nervioso; más bien, excitado, moviéndose en todas direcciones, pero sin alejarse demasiado de la zona en donde estábamos. De pronto descubrió el palo, que había quedado tirado a poca distancia, ¡y se abalanzó sobre él inmediatamente!, amarrándose con desespero… Y allí se quedó. Quieto, inmóvil, incapaz de soltarse y de probar su libertad. Y yo me quedé tan quieto como él, sorprendido, estupefacto, mirándolo y reflexionando.

Atravesamos una de las peores crisis de valores de nuestra historia, con preocupaciones y angustias que ya se hacen cotidianas

Mientras observaba su tiesa figura, agarrado fuertemente a su palo, pensaba, lleva tanto tiempo amarrándose ahí que el palo representa para él cierta seguridad ante lo desconocido, ante lo incierto; su "punto de apoyo",  nunca mejor dicho, aunque no lo necesite para nada, pues está sobre el suelo.

Esta experiencia sucedió en una etapa crítica de mi vida. Mi separación matrimonial iba a producirse muy pronto y con ella se rompería nuestra unidad familiar. Por lo cual, en mi interior ya había cierto desasosiego. Ante mí se presentaba un futuro tan incierto como la sensación que en aquellos instantes invadía al pobre pájaro. Y mirándolo a él, me preguntaba yo, ¿cuál será ahora mi palo?

Todos necesitamos algún palo en el que apoyarnos, hasta los más liberales como yo. Y cuando nos fallan las personas, las ilusiones, también cuando nos fallamos nosotros mismos, lo buscamos en otras cosas. En el trabajo, en el deporte o la escritura; en imágenes, objetos, figuras o amuletos. En actividades, símbolos o elementos que nos transmiten cierta seguridad y consuelo personal; y terminamos notando esa sensación cuando nuestro equipo de fútbol gana, en el camino o en las escaleras que nos conducen a nuestra casa, o en el perrito que nos espera en la puerta ladrando y moviendo nerviosamente la cola cuando por fin regresamos.

Atravesamos una de las peores crisis de valores de nuestra historia, con preocupaciones y angustias que ya se hacen cotidianas en un nuevo siglo en el que los valores personales se cambian por el "todo vale". La televisión explota los dramas humanos y los humanos se venden a sí mismos sin darse más valor que el dinero que consiguen. La identidad se extravía con tensiones derivadas de nacionalismos manipulados por intereses políticos o ambiciones personales disfrazadas. Especialmente para los jóvenes, las referencias se multiplican y se vuelven confusas, y en esa búsqueda de cierta sensación de seguridad, que no nos transmite el mundo que estamos creando, se refugian en su palo; el móvil.

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