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Hace 4d

Triste ejemplo, el de un juez que quería ser camionero, de lo que nunca debió ocurrir. Una instrucción, la del Caso Nóos, excepcional y con lupa, anecdótica en el quehacer cotidiano de los tribunales. Una instrucción, injusta por desigual, entonces y, hoy, unas apostillas, de auténtico bocachancla

El próximo día 28 de Noviembre, La Esfera de los Libros, pone a la venta el libro de Pilar Urbano, La Pieza 25 “Operación salvar a la Infanta”. El diario El Mundo adelanta hoy algunos de sus contenidos y, desvela, que se basa en las más de 100 horas de conversaciones que la autora mantuvo con el Juez José Castro Aragón, titular del Juzgado de Instrucción número 3 de Palma de Mallorca e instructor del Caso Nóos, también llamado Caso Urdangarín o Caso Torre de Babel, por el que fueron imputados -hoy investigados-, entre otros, Iñaki Urdangarín, marido de la Infanta Cristina, yerno del Rey Emérito D. Juan Carlos y cuñado del Rey de España Felipe VI, su socio Diego Torres y la propia Infanta Cristina.

No es la primera vez que me pronuncio aquí sobre el caso. Y en todas, critiqué el alarde y desmesura de aquella labor de instrucción, por muchos motivos pero, destacadamente, por evidenciar que la justicia en España, lamentablemente, es mucho más rigurosa, agresiva y desigual cuando el autor del presunto delito es un personaje público y mediático. En otras palabras, el Caso Nóos, fue una causa cuya instrucción, lamentablemente y ”por ser vos quien sos”, duró 4 años, ocupó 71.000 folios, contó con la citación de 329 personas -como peritos, testigos e imputados- y requirió el refuerzo del Juzgado de Instrucción de Palma con personal y medios y la casi liberación del Juez Instructor de cualquier otras tareas. Las miles que se abrieron en esos años en España por parecidos delitos y cuantías, sin imputados públicos o ilustres, se despacharon con una instrucción de seis meses a un año, sin necesidad de refuerzos ni más medios. No entro a juzgar ni a posicionarme acerca de la culpa o inocencia de los responsables del Caso Nóos, no tengo los elementos y para eso está la justicia. Me limito a subrayar los excesos y parafernalia entonces, acerca del asunto, y a señalar hoy, al bocachancla del instructor que lo fue del mismo. Estoy seguro de que Castro recibió no pocas presiones de todo tipo en su labor, todas condenables pero, al manifestarse como ahora conocemos que lo hizo con Pilar Urbano, no siendo firme la sentencia, incurre en las mismas conductas de presión que denunció.

La primera conclusión, por obvia, es que si el modelo de instrucción de una causa, es o debe ser, el implantado por José Castro en el Caso Nóos, entonces se habrían cometido injusticias en las miles de causas que no contaron, ni de lejos, con el alarde de tiempo y medios que aquel desplegó. Como la conclusión nos conduce al absurdo, solo cabe concluir que fue este instructor el que perdió los papeles y desmesuró y desbordó lo que nunca debió de ser sino una causa más.

Ahora, del contenido de sus 100 horas de conversación con Pilar Urbano, afloran los íntimos motivos que llevaron a ese camionero frustrado -según sus propias palabras- a pervertir su labor de juez Instructor en juez Juzgador. Próximo a su jubilación, sin mérito mayor que el de haber desempeñado fiel y honestamente su cometido profesional, todo apunta a que percibió en esa causa la oportunidad de poner el broche de oro a su, hasta entonces, anónima labor. Tenía ante sí su minuto de gloria. Se llama vanidad pero también, arrogancia, presunción, envanecimiento. Es la firme determinación, contra viento y marea, de hacer aquello que crees que muchos claman en silencio que hagas -los buenos-, cuando unos pocos, los malos, presionan para que no lo hagas. Un sesgo muy humano, pero reprobable cuando del ejercicio de la autoridad se trata y están en juego abultadas condenas de cárcel para tus imputados.

Lo primero que se infiere de sus confesiones a la periodista, es su frustración y desaire por el vuelco que le dio la Audiencia Provincial de Palma a su instrucción. Pese a estar llamado a ser el mero instructor -árbitro- de una instrucción, para su posterior enjuiciamiento por el tribunal superior, aparece claro que había tomado partido y, de haber tenido ocasión, hubiera dictado sentencia condenatoria frente a la Infanta como cooperadora necesaria de su marido y Diego Torres. Tal es su sesgo de convicción y soberbia que, denostando la labor de enjuiciamiento que corresponde a sus colegas magistradas de la Audiencia Provincial, tilda de moneda al aire la evaluación del caso, al expresar: “...ha tenido (la Infanta) la inmensa suerte de que le quitasen de un plumazo casi toda la carga penal que yo le había señalado.” En otras palabras, su carga penal estaba revestida del rigor legal que no tuvo la sentencia de la Audiencia, que fue fruto del acaso o la suerte. Tan convencido se muestra de su posverdad, que añade: “... la verdad no es monopolio ni patrimonio del tribunal superior por alto que esté.” Lo que equivale a afirmar, en un alarde impropio de su condición, que la verdad del Caso Nóos no fue la recogida en sentencia ni la que pueda dictar el Tribunal Supremo, sino la declarada por él en su Auto de Apertura de Juicio Oral.

El Caso Nóos reveló una justicia desigual

Pero con todo, no sería eso ni de lejos lo más grave y preocupante. Lo es, y merecedor incluso de apertura de un expediente disciplinario por el CGPJ, el hecho de que se permita analizar, comentar y dar detalles de una causa de la que fue instructor cuando la misma, al día de hoy, aún está sub iudice, es decir, pendiente de sentencia firme que ha de dictar el Tribunal Supremo. Es una interferencia, inadmisible viniendo de un juez y, sancionable, cuando su conocimiento y convicción resulta de su intervención orgánica en la misma como instructor y no se ha dictado la sentencia definitiva.

Para que no quede ninguna duda acerca de su íntima convicción mental acerca de la culpabilidad de la Infanta, pese a que no estaba llamado a enjuiciarla y legalmente le está vetado, llega a calificarla en términos que ni siquiera mencionó cuando pudo y debió hacerlo en sus resoluciones, al decir, “... era (la Infanta) la eminencia gris. Ella lo conocía todo. Los negocios de Iñaki y los magros resultados cosechados.” En otras palabras, para el empecinado juez Castro, la Infanta Cristina fue la cabecilla de la trama. Si hubiera dictado sentencia, la hubiera condenado. Y resultando absuelta por sentencia de otros, la vuelve a condenar social y extrajudicialmente, mancillando así el sistema judicial y la presunción de inocencia para siempre. 

Para el que esto escribe, el juez Castro hace mucho tiempo que se descalificó a sí mismo. Casi desde que, en un principio, al deshojar la Causa Palma Arena, inició la Pieza 25 como causa autónoma y arrancó una suerte de causa general frente a la Infanta y su marido en la que, el fin -condenar al matrimonio- justificaba los ingentes y desorbitados medios que hubiera que emplear. Fue la causa del ”todo vale” si coadyuva a encontrar indicios o pruebas inculpatorias. Despliegue de medios materiales, personas, policía judicial, registros, peritos, testigos, confidentes, pinchazos, correspondencia privada, análisis de ordenadores y chats, seguimientos, etc. Habilitación de horas hábiles para actuaciones y proveídos en festivos y de madrugada. Admisión, como Acusación Popular, de Manos Limpias y de todas las diligencias y medios de prueba que proponía su Letrada, Virginia López Negrete, sin sospechar nunca, como sí era su obligación, la espurias intenciones y motivaciones que escondían -hasta hoy sigue en la cárcel su líder Bernat-. Mas aún, desde sus muchas declaraciones a los medios, las críticas y revelaciones de lo actuado con el Fiscal Horrach y con el Letrado de la Infanta. Su oposición a la sentencia de la Audiencia y su anticipada discrepancia con la que prevé dictará el Tribunal Supremo. Todos equivocados. No hay más verdad que la suya lo diga quien lo diga.

Un juez pagado de sí mismo que enjuicia los hechos desde su particular visión del mundo. Desde su resabiada experiencia. Desde su universo saturado de legítimas mentiras exculpatorias, de silencios culpables; de condenas por presumir que el que no sabe, no recuerda, no contesta, sólo oculta su delito; de que “siempre hay una primera vez” para el que carece de antecedentes; un juez harto de falsos testimonios, de delaciones interesadas, de pactos y estrategias oscuras aunque legales. Y lo que es peor, un juez, mero árbitro como instructor, que se niega a aceptar que en las relaciones de pareja pueda existir el amor y confianza, ciega e irresponsable, en el otro.

Triste ejemplo, el de un juez que quería ser camionero, de lo que nunca debió ocurrir. Una instrucción excepcional, con lupa y microscopio, anecdótica en el quehacer cotidiano de los tribunales. Una instrucción injusta por desigual. Desequilibrada, tendenciosa y teledirigida por un árbitro que, rayando en la prevaricación, íntimamente había vislumbrado la verdad única del caso y facilitó todos los medios para alcanzarlo. Una suerte de instructor iluminado que, en su hacer, hizo temeraria dejación de sus funciones, permitiendo que brillara una justicia desigual; el mismo que, por lógica, sacramentó la arbitrariedad y pseudo justicia empleada como instructor, en cientos de causas anteriores, donde no desplegó, ni de lejos, parecido empeño, esfuerzo y dedicación. El daño está hecho y solo espero que sus inadmisibles y extemporáneos comentarios sean evaluados disciplinariamente por quien corresponda.

Los comentarios del juez Castro deben ser corregidos disciplinariamente

AscoHastaLaNáusea

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