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Dr. Adalberto AgozinoMiembro desde: 08/02/14

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28/05/2021

El 30 de mayo de 1961, en la República Dominicana, moría de siete disparos el dictador Rafael Leónidas Trujillo, fue asesinado de siete disparos a las afueras de Ciudad Trujillo, por un comando de nueve conspiradores

La República Dominicana es una antigua colonia española en el Caribe  que ocupa  la parte oriental de la Isla La Española o Santo Domingo, el resto corresponde a la ex colonia francesa de Haití.

El país arrastra una historia turbulenta y violenta. Previamente al magnicidio que acabo con la vida de Trujillo, dos presidente dominicanos fueron asesinados mientras desempeñaban sus cargos: Ulises Hilarión Heureaux Lebert, tres veces presidente dominicano, cayó bajo las balas de un grupo de conspiradores liderados por Ramón Cáceres Vásquez, Jacobo de Lara y Horacio Vásquez, el 26 de julio de 1999, en la localidad de Moca.

Uno de los asesinos de Heureaux, el general Ramón Arturo Cáceres Vásquez, conocido como “Mon”, convertido en presidente dominicano el 12 de enero de 1906, fue también asesinado por un complot de diez jóvenes, encabezado por el general Luis Tejera Bonetti, el 19 de noviembre de 1911, en el área costera de Güibia, al sur de la capital dominicana.

En 1905, el presidente Theodore “Thedy” Roosevelt, trató de impedir la intervención europea con la excusa de cobrarse la deuda externa dominicana, Tal como había ocurrido con Venezuela. En gran parte del decisión de Roosevelt estuvo motivada por la necesidad de proteger las rutas del futuro canal de Panamá, el cual se encontraba en construcción, mediante una breve intervención militar en República Dominicana siguiendo su famoso “Corolario” a la Doctrina enunciada por el presidente James Monroe, en 1823.

Un tratado concretado en 1906 preveía la administración estadounidense por cincuenta años. Los Estados Unidos acordaron utilizar parte de los ingresos de aduanas para reducir la inmensa deuda exterior de la República Dominicana y asumieron la responsabilidad de dicha deuda.

Pocos años después, el 16 de mayo de 1916, otro presidente estadounidense Woodrow Wilson envió al Cuerpo de Marines a ocupar la República Dominicana que pasó conformar una suerte de protectorado.

En 1924, el presidente Jon Calvin Coolidge puso término a la ocupación convocando a elecciones generales en la República Dominicana en marzo de ese año.

El presidente que resultó electo, Horacio Vásquez, realizó un buen gobierno contando con el apoyo estadounidense, durante seis años. Al frente del Ejército Nacional (la antigua Guardia Nacional) se encontraba el Teniente Coronel Rafael Leónidas Trujillo Molina que gozaba de la confianza tanto del presidente como de Washington.

A comienzos de 1930, el presidente Horacio Vásquez intentaba ser reelecto pero, se produjo una insurrección en su contra. Columnas rebeldes marcharon sin oposición hacia Santo Domingo donde entraron el 26 de febrero sin que el Ejército Nacional presentara alguna resistencia. El presidente Horacio Vásquez debió partir al exilio y el líder rebelde Rafael Estrella Ureña fue proclamado presidente interino. Aunque el verdadero poder residía en el “general” Rafael Leónidas Trujillo.

EL BENEFACTOR

Rafael Leónidas Trujillo nació en la ciudad de San Cristóbal, el 24 de octubre de 1891. Rafael Leónidas recibió educación básica, a partir de 1897, durante algunos años en la escuela Juan Hilario Meriño. En 1907, a los 16 años, comenzó a trabajar como telegrafista. Tres años más tarde abandonó ese empleo para dedicarse a actividades criminales como el cuatrerismo, falsificación de cheques y robo postal. Formando parte de una pandilla conocida como “La 42” que comandaba su hermano José “Petán” Arismendi. Rafael Leónidas incluso pasó algunos meses en la cárcel cumpliendo sentencia por delitos menores.

En 1918, el futuro Benefactor comenzó su carrera militar incorporándose como Segundo Teniente a la Guardia Nacional formada por los estadounidenses. Cuando los americanos se marcharon en 1924, Trujillo había alcanzado el grado de “mayor” en tan solo ocho años de servicio. Eran tiempos excepcionales donde un hombre audaz y con iniciativa podía hacer rápido una brillante carrera en el ejército dominicano.

En 1927, Trujillo pasó a la reorganizada Brigada Nacional con el grado de general, tenía 36 años.

LA DICTADURA

Sin dejar su cargo militar, Rafael Leónidas Trujillo compitió en las elecciones presidenciales del 7 de mayo de 1930 con Rafael Estrella Ureña como compañero de fórmula. La campaña electoral se llevó a cabo en medio de un clima de terror instaurado por una banda paramilitar trujillista conocida como “La 42”.

Tanto los candidatos opositores como algunos miembros independientes de la Junta Central Electoral renunciaron. Trujillo convertido en único candidato triunfo ampliamente.

El 16 de agosto de 1930, a la edad de 38 años, Rafael Leónidas Trujillo se convirtió en presidente de la República Dominicana alcanzando el poder que no dejaría hasta ser asesinado treinta años después.

Inmediatamente se suprimieron todos los partidos opositores y el oficialista Partido Dominicano fue la única fuerza política autorizada, salvo contadas y coyunturales excepciones.

La dictadura trujillista se mantuvo por tres décadas gracias a una combinación de buena administración y un entramado de delaciones, represión y terror que despreciaba los más elementales derechos humanos.

Trujillo impulsó el crecimiento económico y la industrialización (la base industrial del país se triplicó durante la dictadura). El país avanzó en atención sanitaria, educación y transporte, con la construcción de hospitales y clínicas, escuelas, caminos y puertos.

El Benefactor también implemento un programa de construcciones de viviendas,  inició un importante plan de jubilaciones y otorgó el voto a las mujeres.

El 24 de septiembre de 1940 se firmó el Tratado Trujillo – Cordell Hull, que derogó la convención dominico – estadounidense de 1906 que legalizaba la administración de las aduanas dominicanas por parte de Washington durante cincuenta años.

En 1941, Trujillo compró la sucursal del National City Bank of New York en Santo Domino y el 24 de octubre fundó el Banco de Reservas. En 1947, también fundó el Banco Central de la República Dominicana y el 10 de enero de ese año estableció el peso dominicano como moneda oficial del país en reemplazo del dólar estadounidense.

El 19 de julio de 1947, Trujillo saldó la deuda externa de la República Dominicana que sumaba 9.271.855 dólares.

El TERROR TRUJILLISTA

Trujillo terminaba con sus enemigos por tres procedimientos expeditivos: exiliamiento, encarcelamiento o enterramiento.

A fines de 1950, la dictadura trujillista institucionalizó el aparato represivo hasta entonces en manos de grupos parapoliciales creando el Servicio de Inteligencia Militar (SIM). La organización contaba con un verdadero “ejército” de agentes secretos, funcionarios de la dictadura, informantes y delatores que operaban en forma coordinada tanto dentro de la isla como en la comunidades dominicanas del extranjeros, especialmente en los Estados Unidos, Cuba, México y otro países.

El jefe del SIM era el coronel Johnny Abbes García quien sembró el terror en la población en general mediante la tortura y las desapariciones forzadas de personas. Desarrollo sus fechorías en instalaciones como la “Cárcel del 9” y la “Cárcel de la 40”.

Los cadáveres de los opositores asesinados en ocasiones eran dejados en lugares públicos como advertencia, en otros casos eran ultimados a golpes para luego simular accidentes de tránsito, como en el caso de las hermanas Mirabal. Finalmente, otras víctimas simplemente se esfumaban sin dejar rastros. Con frecuencia sus cuerpos eran arrojados al mar para que sirvieran de alimento a los tiburones.

Ni los exiliados podían escapar a las garras de los hombres del SIM. Los opositores que vivían en el exterior eran secuestrados en sus refugios en el extranjero, trasladados a Santo Domingo donde eran torturados y asesinados. Tal el caso del exiliado republicano español Jesús de Galíndez, quien después de pasar algunos años trabajando en la isla, se radicó en los Estados Unidos donde se convirtió en profesor de la Columbia University que escribió una tesis doctoral donde afirmaba que Ramfis Trujillo no era hijo biológico del Dictador sino de un cubano que se negó a reconocerlo. Galíndez fue secuestrado, en 1956, de los Estados Unidos y trasladado a la República Dominicana donde fue torturado y asesinado. Su cadáver nunca se encontró.

Anteriormente, en 1950, el líder sindical azucarero Mauricio Báez, exiliado en Cuba después de organizar una huelga en 1946, fue secuestrado y nunca más se supo su paradero.

En 1959, Trujillo ordenó el asesinato del presidente de Venezuela Rómulo Betancourt. El atentado explosivo se realizó el 24 de junio de 1960. Un automóvil estalló al paso del que conducía al primer mandatario venezolano cuando presidía un desfile militar en conmemoración de la batalla de Carabobo, en el Paseo de Los Ilustres en Caracas. El atentado se cobró la vida del Jefe de la Casa Militar, coronel Ramón Armas Páez, a un transeúnte, el estudiante Juan Eduardo Rodríguez y resultaron con quemaduras y heridas el ministro de defensa Josué López Henríquez, su esposa y el chófer Azael Valero. El propio Betancourt resultó afectado en el ojo izquierdo, parcialmente sordo y con quemaduras de segundo y tercer grado

Aunque resulta imposible determinar el número exacto de víctimas fatales provocadas por treinta años de sangrienta dictadura trujillista una estimación lo sitúa en aproximadamente 25.000 muertos.

De todos los crímenes ocurrido en esa época dos son los que han adquirido más notoriedad: la denominada Masacre del Perejil de 1937 y el Asesinato de La Mariposas, las tres hermanas Mirabal, en 1960.

LA MASACRE DEL PEREJIL

El asesinato de inmigrantes haitianos pobres llevado a cabo por el Ejército dominicano entre el 28 de septiembre y el 8 de octubre de 1937, en la frontera dominicana con Haití es un genocidio que ha recibido el nombre de Masacre del Perejil.

Trujillo pretendía “blanquear” (es decir, mezclarla con población europea) a la sociedad dominicana por cualquier medio. Por lo tanto, la inmigración de haitianos negros era un severo obstáculo para la política racial que alentaba el régimen.

Hacia fines de septiembre de 1937, Trujillo ordenó a sus tropas la erradicación masiva de la población de origen haitiano que vivía en las fincas agrícolas situadas a lo largo de la frontera dominico – haitiana.

El nombre de Masacre del Perejil para este genocidio se atribuye a que, para diferenciar a los haitianos de la población dominicana negra y multa que residía en la zona, los hombres de Trujillo exigía a sus potenciales víctimas pronunciar en español el nombre de la planta de “perejil”. En tanto en la lengua Creole hablada por los haitianos no existe la pronunciación suave de la letra “r” (en criollo haitiano la palabra perejil se pronuncia como “pesi” y en francés como “persil”. Los hombres de “El Jefe” tenían un método aparentemente fácil y rápido para identificar a los haitianos que inmediatamente eran ultimados por golpes de machetes o por disparos y luego arrojados al mar para que sirvieran de alimento a los feroces tiburones del Caribe.

El presidente haitiano, Sténio Vicent, se limitó a reclamar ante la República Dominicana exigiendo el pago de 750.000 dólares estadounidenses como indemnización. El reclamo fue apoyado por el gobierno de los Estados Unidos presidido por el demócrata Franklin D. Roosevelt, ansioso por evitar pleitos fronterizos entre los dos países aliados en el Caribe. Trujillo negoció la cifra y sólo pagó 525.000 dólares.

EL ASESINATO DE LAS MARIPOSAS

Las hermanas Mirabal, también conocidas como “Las Mirabal” o “Las Mariposas”, fueron tres hermanas dominicanas, pertenecientes a la clase alta, que se opusieron a la dictadura de Trujillo. Patria, Minerva y María Teresa Mirabal fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960. Una cuarta hermana, Bélgica Adela “Dede” Mirabal, no tuvo un papel activo en las acciones contra el dictador.

Dos de las hermanas, Minerva y María Teresa, fueron encarceladas, ultrajadas y torturadas en varias ocasiones, en una de ella en la cárcel de La Victoria. Ellas y sus esposos fueron sometidos a crueles torturas durante el régimen de Trujillo. A pesar de estos hechos, continuaron luchando contra la dictadura.

El 18 de mayo de 1960, las hermanas Minerva y María Teresa habían sido juzgado en Santo Domingo, al igual que sus esposos, por atentar contra la seguridad del Estado. Declaradas culpables fueron condenadas a tres años de prisión. Inmediatamente todos comenzaron a cumplir sus condenas.

El 9 de agosto y por expresa orden de Trujillo, Minerva y María Teresa Mirabal fueron puestas en libertad. Sus maridos, sin embargo, permanecieron en prisión.

La primera parte del plan para terminar con las hermanas Mirabal consistió en trasladar a los esposo detenidos en la Penitenciaria Nacional de La Victoria a la Fortaleza Juana Núñez en el municipio de Salcedo, al noreste de la República Dominicana.

La segunda parte del plan estuvo a cargo del teniente Víctor Alicinio Peña Rivera jefe del SIM en la zona norte y consistía en interceptar a las hermanas Mirabal después de que concurrieran a ver a sus esposos, asesinarlas y hacer pasar el crimen por un accidente de tránsito en la serpenteante carretera de montaña entre Puerto Plata y Ojo de Agua en las afueras de la ciudad de Salcedo.

El grupo de sicarios estaba comandado por el cabo de la Policía Nacional Ciriaco de La Rosa y cuatro agentes del SIN designados por Peña Rivera ellos fueron: Alfonso Cruz Valerio, Emilio Estrada Malleta, Néstor Antonio Pérez Terrero y Ramón Emilio Rojas Lora.

El 25 de noviembre de 1960, tras despedirse de sus respectivos maridos, en el patio de la fortaleza, las tres mujeres y el chófer Rufino de la Cruz partieron rumbo a la ciudad de Salcedo.

Al llegar al puente de Marapica el Jeep donde viajaban las hermanas fue detenido por cuatro hombres que viajaban en un automóvil Volkswagen que atravesaron en la ruta. Las tres mujeres fueron obligadas a subir al vehículo de los asesinos, mientras que dos de ellos acompañaban el chófer en el jeep. Los dos vehículos arribaron a la finca La Cumbre donde esperaba el teniente Víctor Alicinio Peña Rivera.

Las infortunadas víctimas allí fueron estranguladas y sus cadáveres apaleados para simular que habían muerto a raíz del accidente de tránsito. Luego cargaron los cadáveres destrozados en el jeep que hundieron en un barranco, en proximidades de Salcedo. Pero nadie en la República Dominicana creyó la versión del accidente de tránsito.

EL CULTO A LA PERSONALIDAD

Rafael Leónidas Trujillo sentía una atracción especial por las condecoraciones. Su uniforme lleno de medallas hizo que el pueblo lo llamara “El chapitas”. Cuando en 1954 visitó a su colega español, el también dictador y generalísimo Francisco Franco Bahamonde, vistió un uniforme de gala de mariscal caribeño que pesaba doce kilogramos, entre chaquetilla y faldones, charreteras, bicornio, plumas de guacamayo, faja, flecos, medallas, espadín, bastón de mando, guantes de cabritilla, zapatos de charol y hebillas doradas.

Trujillo y su familia reunieron una enorme riqueza por medio de la corrupción o el simple robo de todo lo valioso que les gustaba. En 1960, cuando el producto bruto per cápita en la República Dominicana era de doscientos dólares su fortuna personal alcanzaba a unos ochocientos millones de dólares, lo que situaba a Trujillo entre los seis hombres más ricos del planeta.

Como la mayoría de los dictadores de su tiempo Trujillo ponía su nombre en todas las cosas importantes del país. En 1936, a sugerencia del diputado Mario Fermín Cabral, el Congreso aprobó por ley cambiar el nombre a la ciudad capital de Santo Domingo a “Ciudad Trujillo”. También la provincia de San Cristóbal fue renombrada como “Provincia Trujillo” y la montaña más alta del país, el pico La Pelona Grande (hoy Pico Duarte) fue bautizado “Pico Trujillo).

Las estatuas de “El Jefe” fueron fabricadas en serie e instaladas en toda la geografía del país. En ciudad Trujillo, por ejemplo, había 1.217 estatuas confeccionadas en todo tipo de materiales nobles y en todas las poses y atuendos imaginables: uniforme, toga o ropa civil, a pie o a caballo.

EL MAGNICIDIO

Cuando promediaba la segunda mitad de los años cincuenta, el régimen trujillista comenzó a mostrar inocultables signos de descomposición, la economía dejó de crecer al mismo tiempo que la situación internacional se modificaba en perjuicio de las dictaduras latinoamericanas.

El propio Rafael Leónidas Trujillo evidenciaba el paso de los años, su salud y concentración comenzaban a declinar. El Dictador padecía problemas de continencia urinaria e impotencia sexual.

Las atrocidades cometidas por los hombres del SIM provocaron incidentes internacionales: el secuestro, en marzo de 1956, de Jesús de Galíndez en los Estados Unidos deterioró seriamente las relaciones entre Washington y la República Dominicana, a ello siguió el atentado frustrado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt que derivó en la aplicación por parte de la Organización de Estados Americanos de sanciones económicas contra el país.

El triunfo de la Revolución Cubana, en enero de 1959, abrió otro frente hostilidad para Trujillo en el Caribe.

Finalmente, el asesinato de las hermanas Mirabal en octubre de 1960, indignó y alarmó a la alta sociedad dominicana. Era señal de que nadie, ni las mujeres, estaban a salvo del Dictador y sus esbirros. También llevó a una ruptura definitiva con la Iglesia Católica.

Washington se fue convenciendo de que no bastaba el anticomunismo de Trujillo para evitar que se repitiera lo ocurrido en Cuba.

Por lo cual el presidente Dwight Eisenhower pensó que lo mejor era resolver la cuestión de la República Dominicana mediante una negociación y envió a un emisario para convencer a Trujillo que abandonara voluntariamente el poder y pasara a disfrutar de sus últimos años y la inmensa fortuna que había acumulado en el exilio. Incluso prometieron inmunidad y protección en el territorio americano.

Los encargados de transmitir la oferta fueron primero el senador por Florida, Georges Smathers quien arribó a Ciudad Trujillo el 9 de febrero de 1960 y partió pocos días después con la vaga promesa del Dictador de convocar a elecciones realmente democráticas sin candidatos de la familia Trujillo.

El presidente Eisenhower no quedó convencido de los magros resultado de la gestión de Smathers y en mayo envió a otro emisario. El elegido fue esta vez el general Ewin Norton Clark. En esta ocasión Trujillo fue más claro y terminante. Dijo a su colega estadounidense que sólo dejaría el poder una vez muerto.

Trujillo sabía muy bien cuál era la suerte de los exdictadores una vez que dejaban el poder. También conocía lo poco confiables que eran las promesas de Washington una vez que cambiara el presidente. Además, muchas de sus inversiones estaban radicadas en la República Dominicana y las perdería si dejaba el poder. Incluso, estaban los miembros de su propia familia que sufrirían persecución y expropiaciones si el abandonaba el poder.

La intransigencia de Trujillo, y el fracaso anteriormente de todas las “fuerzas expedicionarias” organizadas por exiliados dominicanos que siempre resultaban descubiertas e infiltradas por agentes del SIM y derrotadas en combate por el bien pertrechado ejército dominicano, convenció a la Casa Blanca que la mejor alternativa para deshacerse del sangriento dictador caribeño era su asesinato.

El presidente Dwight Eisenhower dejo la tarea en manos de la Agencia Central de Inteligencia. Cuando en enero de 1961, el presidente John F. Kennedy llegó a la Casa Blanca hizo un nuevo intento de apartar a Trujillo del poder en forma negociada. Envió para ello al diplomático Robert D. Murphy, el 15 de abril de 1961. La nueva negativa del Dictador llevó a Kennedy a dar luz verde a los planes de asesinato de Trujillo.

El atentado que terminó con la vida de “El Benefactor” fue producto de un complot que se fue organizando durante tres años por dos grupos distintos de conspiradores que no se conocían entre sí.

Para evitar a los delatores y el espionaje del SIM cada grupo estaba formado por parientes y amigos de toda la vida y sólo un hombre, Antonio de la Maza, conocía a los jefes de los otros tres grupos pero no a la totalidad de sus integrantes.

El Grupo de Acción: era responsable de efectuar la primera fase: el asesinato de Trujillo. Estaba formado por nueve hombres contaban con tres de sus propios automóviles con sus chapas patentes reales y un variado arsenal de armas, la mayoría de ellas de propiedad personal de los complotados que incluía pistolas Colt 1911, calibre 11, 25 mm, revólveres calibre 38 mm, escopetas de repetición con los cañones recortados y cargadas con postas, carabinas M1.

El Grupo Político: tenía por misión, una vez muerto el Dictador, llevar a cabo un golpe de Estado deteniendo a las principales figuras del régimen y en especial a los miembros varones de la familia Trujillo.

Los conspiradores esperaban detener a la mayor parte de los dirigentes trujillistas en las primeras veinticuatro horas posteriores al magnicidio. Pero, era tal el terror que la figura del tirano despertaba que muchos de los complotados se negaron a actuar hasta ver el cadáver de Trujillo. Esto resultaría fatal porque no hicieron planes detallados para tomar el poder, no se asignaron misiones a sus miembros y en realidad la segunda fase nunca se llevó a cabo.

EL ATENTADO

Los conspiradores contaban con buenas informaciones de las actividades y hábitos  del Dictador, suministradas especialmente por el teniente Amado García Guerrero.

La tarea de los asesinos se vio facilitada por que Trujillo era un hombre de costumbre rutinarias que nunca modificaba.

Después de analizar muchas alternativas, los complotados se decidieron por atacar a Trujillo un miércoles por la noche en la avenida George Washington, cuando este se dirigiera sin custodia a su establecimiento rural en la localidad de San Cristóbal, aparentemente para visitar a una joven amante que allí tenía.

Trujillo solía vestir su uniforme de calle de color verde oliva cuando viajaba a San Cristóbal lo cual también fue de gran ayuda a los conspiradores para anticipar sus movimientos.

El martes 30 de mayo a las 15.00 horas, Trujillo después de dormir la siesta partió de su establecimiento Estancia Ramfis vistiendo su uniforme verde oliva señal de que esa noche iría a San Cristóbal.

A las 17.30 Miguel Ángel Báez Díaz alertó al jefe del Grupo de Acción, Antonio de la Maza Vázquez de que “El Benefactor” se disponía a viajar rumbo a San Cristóbal.

Los atacantes se distribuyeron en la siguiente forma: Antonio Imbert Barrera conducía el automóvil Mercuri Comet propiedad de Antonio de la Maza quien iba sentado a su lado. En los asientos traseros se ubicaron Salvador Estrella Sadhalá y Amado García Guerrero.

El segundo automóvil lo conducía Huáscar Tejeda Pimentel, a su lado se ubicó Pedro Livio Cedeño.

En el tercer automóvil estaba solo su conductor Roberto Pastoriza.

A las 21, 50 del martes 30 de mayo, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo partió en su automóvil Chevrolet Belair modelo 1957, color azul, conducido por su chófer el capitán Zacarías de la Cruz quien iba armado con dos subfusiles San Cristóbal de fabricación dominicana, con cargadores de treinta proyectiles. Trujillo solía llevar en su portafolio un revolver calibre 38 mm.

Pocos minutos más tarde, al llegar al kilómetro 9 de la ruta a San Cristóbal frente a la Feria Ganadera el automóvil conducido por Imbert Barrera se ubicó en paralelo al auto de Trujillo inmediatamente Antonio de Maza y Amado García Guerrero descargaron sus armas sobre el Chevrolet azul.

Trujillo recibió el impacto de un disparo de escopeta que le destrozó el brazo izquierdo y lo hirió de gravedad.

El chófer Zacarías de la Cruz al sentir los impactos cometió el error de detener el vehículo para repeler el ataque. Los asesinos hicieron lo mismo, los cuatro ocupantes descendieron disparando sobre el automóvil de Trujillo.

Todo transcurrió en pocos minutos. El capitán Zacarías de la Cruz disparó sus armas hasta agotar los sesenta proyectiles.

En algún momento, Trujillo descendió del vehículo posiblemente desorientado por la gravedad de sus heridas y la abundante pérdida de sangre. Aquí las versiones difieren algunos historiadores afirman que el Dictador disparó hasta agotar los seis proyectiles de su revolver 38, otros por el contrario, sostienen que Trujillo no estaba en condiciones de disparar y no lo hizo.

Lo cierto es que el cadáver de Trujillo presentaba siete impactos de bala entre ellos dos en el pecho que le realizó Antonio de Maza. Los únicos que dispararon sobre Trujillo antes de que cayera muerto fueron Antonio de la Maza y Amado García Guerrero.

El chófer Zacarías de la Cruz recibió también siete disparos de distinto calibre. Los atacantes lo dejaron en el lugar dándolo por muerto pero sobrevivió el atentado y pudo dar el alerta de lo sucedido.

Mientras esto ocurría arribó al lugar del atentado el segundo vehículo conducido por Huáscar Tejeda Pimentel y Pedro Livio Cedeño que también descendieron del vehículo y comenzaron a disparar.

Producto del nerviosismo, la oscuridad y la confusión Pedro Livio Cedeño resultó gravemente herido con dos disparos aparentemente efectuados por Antonio de la Maza.

Los atacantes cargaron el cadáver de Trujillo en su propio vehículo Chevrolet que presentaba sesenta impactos de bala y huyeron con ese coche y el que conducía Huáscar Tejeda Pimentel. Trasladaron al herido Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional, sito en la calle México, un establecimiento privado, donde fue operado y se recuperó de sus heridas. Permaneció en la clínica hasta una vez estabilizado se lo llevaron detenido los miembros del SIM, el 3 de junio.

LA REPRESIÓN

El automóvil de Trujillo, con su cadáver en el baúl, fue llevado a la casa de la familia de Juan Tomás Díaz y guardado allí en un garaje. En ese lugar lo encontraron, en la madrugada del miércoles 31 de mayo, los hombres del SIM cuando realizaron un allanamiento buscando a los asesinos.

Los victimarios abandonaron en el lugar del atentado el automóvil Mercury perteneciente a Antonio de la Maza y una pistola Colt 1911 calibre 11, 25 que estaba registrada a nombre de Antonio. Esto permitió a las autoridades orientarse rápidamente sobre la identidad de los atacantes.

Los hombres del SIM realizaron inmediatamente redadas y allanamientos en distintos puntos de Ciudad Trujillo. El 2 de junio de 1961, los agentes del SIM intentaron detener al teniente Amado García Guerrero que se resistió matando a uno de ellos antes de ser abatido. El 4 de junio caen también resistiéndose a tiros Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza. El 10 de junio fue apresado y torturado hasta morir el general José René (Pupo) Román Fernández hasta entonces Secretario General de las Fuerzas Armadas al descubrirse su vinculación con el complot. El resto de los participantes fueron detenidos rápidamente.

De los participantes en el complot solo sobrevivieron Antonio Imbert Barrera, protegido por el cónsul honorario de Italia, Francisco Rainieri, quien lo ocultó durante seis meses y Luis Amiama Tió que también logró ocultarse.

El hijo del Dictador, el “general” Rafael Leónidas “Ramfis” Trujillo, de 32 años, se encontraba en París participando de la temporada de polo. Ramfis y regresó a Ciudad Trujillo para controlar el poder y vengar a su padre.

Con la ayuda de sus tíos los generales Héctor Bienvenido y José Arismendi Trujillo y el apoyo de alta jerarquía militar, así como algunos políticos e intelectuales que durante muchos años habían sido parte central del régimen, hicieron todo lo posible por conservar el control del país.

Los meses que siguieron a la muerte de El Benefactor fueron caóticos y traumáticos. Mientras que por un lado Ramfis Trujillo llevaba a cabo una política de terror y represalias a plena luz del día. Los sectores opositores comenzaron a perder el miedo frente al aparato represivo montado por el Ejército, la Policía Nacional y el SIM.

Las protestas públicas se hacían cada vez más masivas multiplicándose en todo el territorio, exigiendo la salida de los Trujillo, la renuncia de Balaguer y de los principales personeros del régimen trujillista.

Los días 18 y 19 de noviembre de ese año constituyendo el punto final para los remanentes del trujillismo. En la base Aérea de Santiago, el general Pedro Ramón Rodríguez Echeverría se pronunció contra los Trujillo y lo mismo hizo el general Andrés Rodríguez Reyes en la capital dominicana.

Pero ya Ramfis Trujillo había decidido abandonar la República Dominicana en el yate “Angelita”, llevándose noventa millones de dólares en oro provenientes de las reservas del Banco Central y el cadáver de su padre para evitar que fuera profanado.

Antes de partir, Ramfis Trujillo, se trasladó a una finca propiedad de su familia denominada “Hacienda María”, situada en proximidades de la localidad de Haina, y allí, junto con algunos de sus cómplices asesino a seis de los participantes en el atentado contra su padre: Salvador Estrella Sadhalá, Luis Manuel Cáceres Michell, Roberto Pastoriza Neret, Huáscar Antonio Tejeda Pimentel, Pedro Livio Cedeño y Modesto Días Quezada a quienes habían estado torturando continuamente desde su captura.

Así terminaron los días de uno de los dictadores latinoamericanos más sangrientos del siglo XX.

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