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Emiro Vera SuárezMiembro desde: 03/07/17

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La Inteligencia Artificial -IA- avanza en los países del Tercer Mundo como un medio para fortalecer la economía familiar

Fusión y Convivencias

La agenda internacional, nos marca un nuevo desarrollo como es la inteligencia artificial, cuyo código es elaborado por personas para actuar sobre personas, lo cual marca un propósito que incluyen conceptos sostenibles para la defensa de algunos derechos civiles, jurídicos y ambientales. En este sentido, no acabará con nosotros, ni nos superará, ni será el comienzo de una nueva especie de inteligencia, la tecnología siempre nos dará ventajas sobre otros grupos, pero, no deciden porque, son sencillamente máquinas y carecen de voluntad, autonomía y propósito.

Los humanos, somos animales biológicos y simbólicos, no hay nada mágico en ello., estamos bajo el marcaje de la evolución natural, como con frecuencia se sugiere. La IA es una herramienta para el desarrollo tecnológico. Es algo propio de los humanos

En el universo digital emergente, las ventajas son para quienes crean y diseñan la tecnología y sus

aplicaciones, para los que otorgan una intención a ese diseño. Los apocalípticos nos advierten de las consecuencias catastróficas para todo lo humano de la extensión de la tecnología a todos los ámbitos de nuestra vida. Como canta Joaquín Sabina, “no hay nostalgia porqué añorar lo que nunca jamás sucedió”. La visión dominante, sin embargo, es la de los integrados, quienes alientan

y promueven procesos de transformación digital en todos los ámbitos de la vida económica y social, subrayando su naturaleza determinada e inevitable, casi como si se tratara de fenómenos naturales que solo pueden acontecer de una sola manera. Pero podemos imaginar muchos. mundos posibles en las aplicaciones de la IA; no solo hay un destino fijado de acuerdo con una lógica invisible e indomeñable, ni tampoco una Arcadia. a la que podamos retornar. La globalización asociada con la digitalización avanzada no es una carretera de sentido único sin diseñador conocido.

La IA crece en un ambiente digital cada vez más abundante en datos y cálculo. Necesita de ambos para desarrollarse. El universo digital en el que habitamos es un universo poblado de datos, cada vez más comprensibles para las máquinas y más enlazados. Todo lo que existe en él, las personas, las máquinas, las ciudades, los procesos, los enfermos en un hospital o los alumnos cuando aprenden, deja una huella digital que se registra y se procesa: el dato deja huella. Y todos esos datos los estamos enlazando.

Cada vez que utilizamos nuestro móvil, navegamos por Internet o arrancamos nuestro coche dejamos una huella digital que habla, pero, sobre todo, hablará por nosotros. La acumulación

de datos que nos representan puede dar una imagen precisa de nuestros intereses y preferencias, de lo que somos.

Nuestra huella de carbono ha determinado el final de algunos ecosistemas y especies, seguramente influye en el cambio climático y ha introducido el concepto de sostenibilidad ambiental y economía verde en el debate público. La industria digital, el conjunto de

servidores y ordenadores instalados, consume ya el siete por ciento de la electricidad mundial y genera el dos por ciento de los gases de efecto invernadero. En 2020 será del tres al cuatro por ciento (Crespo Garay, 2019). Su huella de carbono crece conforme desarrollamos mejores tecnologías de cálculo y almacenamiento que requieren más energía para funcionar. La huella digital ahonda la de carbono y crea nuevos modos de contaminación que comprometen el modo en el que vivimos

Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Universidad de Harvard, ha denominado “capitalismo de vigilancia” a esta inédita, asimétrica y extractiva lógica de acumulación basada en el escrutinio permanente de los comportamientos y la intervención continuada sobre la atención de las personas (Zuboff, 2015). Para esa transformación casi alquímica

es preciso que nosotros interactuemos constantemente con los sistemas. Como dijo un ingeniero de una gran tecnológica a propósito de los dispositivos móviles, los teléfonos inteligentes y la lógica de las aplicaciones que corren sobre ellos, “entre un caramelo y el crack, Lo que hacemos está mucho más cerca del crack”. Steiner ha dejado escrito que

desde el descubrimiento y la domesticación del fuego no ha habido una transformación

tecnológica tan holística y perturbadora (Steiner, 2008). La educación, la vida familiar, el

Los robots mujeres serán nuestros mejores acompañante, no molestan

modo de disfrutar del ocio, los procesos electorales y la conversación política en general, la idea y realización de la verdad, los medios de comunicación, la industria del entretenimiento, los modelos de ocupación de las ciudades, los hábitos de consumo, los procesos y lugares de trabajo... todos esos espacios han sido digitalmente ocupados y transformados. Muchos de ellos están, como resultado de ese proceso realizado con escasa regulación o cautela, contaminados.

Los ecosistemas económicos, sociales y políticos de las sociedades abiertas, como pasa con los naturales, precisan de cierto nivel de conservación y protección para reproducirse, crecer y mejorar. Sin ciertos cuidados, se empobrecen. Zia Qureshi ha mostrado que

la productividad laboral de las grandes economías, a pesar de la remodelación digital y tecnológica, ha ralentizado su crecimiento, que ha caído un cinco por ciento desde 1971, a la par que los mercados laborales se dializaban, las ganancias se concentraban en los

grandes jugadores y la competencia se desincentivaban, lo que resulta particularmente

cierto en el sector de la alta tecnología (Qureshi, 2017). Las sociedades abiertas parecen

bascular de la esperanza a la desesperanza, al ritmo que su transformación digital marca el olvido de algunos de los compromisos de su contrato social, como la movilidad, e crecimiento intergeneracional o una redistribución razonable de las ganancias colectivas

y de la felicidad. En lo que quizá sea la portada de un periódico más sincera y subversiva del siglo XXI, Financial Times sugería, a toda página, que hay que “resetear” el capitalismo.

En el espacio cada vez más estrecho de nuestros aparatos móviles, las notificaciones,

las cookies1 y la IA predictiva la vida se empequeñece. La tecnología parece consumir así nuestro futuro a la par que nuestra atención. ¿Seremos ya sólo lo que fuimos? ¿Podemos aspirar a ser algo más?

Las sociedades abiertas precisan asegurar las condiciones de privacidad y libertad, sin las cuales las personas no están en condiciones de diseñar, ni rediseñar sus vidas. Hemos asistido en los últimos años al desarrollo de un ecosistema digital esencialmente privado y concentrado en un espacio geográfico reducido, que ha adquirido un poder excepcional, que precisará de contrapesos y del ejercicio de alguna clase de control público que, en la relación asimétrica que mantiene con las personas, garantice a estas últimas la preservación de derechos y de espacios personales seguros.

El uso totalmente desregulado y desintermediado de la IA podría consolidar formas de dominio que tiendan a aislar a las personas y a determinar su futuro. Eso no parece un mundo feliz, ni en la época de Huxley, ni ahora. En esta fase avanzada de la instalación del digitalismo es posible que estemos, como ha señalado Yuval Noah Harari, más cerca de la interpretación que hizo Karl Marx de la organización social en los albores del capitalismo industrial que de la imposible singularidad de Raymond Kurzweil.

La economía industrial consumía y transformaba recursos naturales, la economía de la información consume recursos personales. Nuestro comportamiento y nuestra atención, y los intereses y preferencias asociados con su uso, son el principal recurso productivo en la sociedad digital. Transformar esos recursos primarios de la economía digital en dinero requiere un proceso de transformación tan complejo como el que va de la veta de mineral de hierro al casco de un superpetrolero. En eso consiste la economía digital.

No existen plataformas gratuitas, todas explotan los datos que generamos y cedemos en pago a sus servicios; para ello consumen, concentran, fragmentan y transforman nuestra atención, monitorizan y registran nuestros comportamientos —cuánto andamos, dónde estamos, qué compramos, a dónde viajamos…—, enlazan los datos de nuestra huella digital, infieren y modelan nuestros intereses y preferencias, nos perfilan y finalmente nos sirven proactivamente contenidos, productos y servicios ajustados a lo que anticipan que desearemos o necesitaremos. No es posible hacer todo esto sin un escrutinio continuado de nuestras vidas que conspira contra nuestra privacidad, que hasta hace no tanto era el lugar principal de nuestra identidad y libertad.

 

 

 

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