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28/12/2014

imageJohann Joachim Winckelmann, Historia del arte de la Antigüedad (Dresde, 1764)

Antes de empezar, mis más sinceras disculpas por esta larga e injustificable ausencia. Temas ajenos a Harte con Hache me han robado el tiempo que habitualmente le dedicaba a este blog, aunque no he dejado de escribir a diario en el otro: El cuadro del día , que está a punto de cumplir su primer año de vida. Para remediarlo, y visto que solo funciono bien a base de plazos, me he propuesto publicar cada domingo un artículo en el blog de Harte con Hache. Así que a Dios pongo por testigo de que jamás volveréis a pasar hambre hartística. Y, sin más preámbulos, vamos a por ese artículo que tengo pendiente desde el mes de septiembre y que se supone que era continuación de este otro: Ganimedes, el rollito gay de Zeus .

Los que no estén muy puestos en temas artísticos, es probable que no conozcan a Johann Joachim Winckelmann, un alemán del siglo XVIII que ostenta el honor de ser el padre de la Historia del Arte. Como buen neoclásico, Winckelmann estaba obsesionado con el arte clásico griego y romano. Se había convertido en el mayor experto en la materia y no había nadie en el mundo que supiese más que él. Por ese motivo, cuesta bastante entender cómo pudieron colarle una falsificación tan mala como esta:

imageGiovanni Casanova o Anton Raphael Mengs, Júpiter y Ganimedes (h. 1760)

Galleria Nazionale d'Arte Antica, Roma

Lo cierto es que el pobre hombre fue víctima de un cruel engaño perpetrado por sus dos mejores "amigos" en Roma, Giovanni Casanova, hermano del famoso libertino, y el pintor neoclásico Anton Raphael Mengs. Por aquel entonces, Winckelmann estaba trabajando en su obra magna, Historia del arte de la Antigüedad . Casanova y Mengs se las apañaron para que llegase a sus oídos un jugoso rumor: un oficial francés retirado, que vivía también en Roma, había comprado en el mercado negro unas pinturas murales antiguas que, según se decía, habían sido arrancadas clandestinamente de unas ruinas situadas a las afueras de la ciudad. Winckelmann se moría por verlas, así que sus amigos le pusieron en contacto con el francés, que le mostró una de ellas, la de Júpiter y Ganimedes . El resto de pinturas ni siquiera las vio (probablemente ni existían) y se tuvo que conformar con unos supuestos dibujos de las mismas que había hecho Casanova (también falsos, claro). Sigue sin estar claro quién pintó la falsificación, Mengs o Casanova, pero sí sabemos que los dos estuvieron metidos en el ajo, con la intención de dejar a Winckelmann en evidencia. Y a fe que lo consiguieron. El estudioso estaba tan feliz con el descubrimiento que lo publicó sin dudarlo en la primera edición de su Historia del arte de la Antigüedad , acompañando las descripciones de unas láminas dibujadas por el propio Casanova. De la figura de Ganimedes, decía:

"Sin duda es una de las más bellas figuras que han sobrevivido de la Antigüedad; no conozco nada que pueda compararse a su expresión, tan rebosante de deleite sensual." Imaginaos el disgusto que se llevó cuando se enteró del engaño. Se apresuró a disculparse en los periódicos, explicando que había sido víctima de un terrible complot, y rectificó las ediciones posteriores de su libro. Este es un retrato póstumo que pintó Mengs de su "amigo" Wincklemann, que murió asesinado cuatro años después, en circunstancias poco claras (según parece, un indeseable le mató para robarle unas medallas). Por si alguien se lo pregunta, el libro que está leyendo en el cuadro es la Ilíada .

image

¿Cómo es posible que un experto como Winckelmann se tragase todo este cuento? Hay varios motivos posibles. A mediados del siglo XVIII, se habían descubierto las ruinas de Pompeya y Herculano. Por primera vez, pudieron verse las pinturas murales romanas que, hasta entonces, sólo se conocían por referencias. A Winckelmann le decepcionaron bastante, se las había imaginado de otra manera, más parecidas al Júpiter y Ganimedes falso que le habían enseñado. La verdad es que era una obra tan próxima al gusto neoclásico que era imposible que no le gustase. Al verla tan distinta de las pinturas romanas de Pompeya y Herculano, el buen hombre dedujo que debía ser una obra realizada por pintores griegos, superiores en todo a los romanos, y así lo expuso en su libro. La falsificación no estaba mal hecha, imitaba bastante bien el aspecto de las pinturas murales traspasadas a lienzo, y además tenía algunas partes restauradas que supuestamente completaban los fragmentos perdidos.

Sin embargo, el motivo principal por el que Winckelmann se enamoró de Júpiter y Ganimedes fue otro. Era el tema homosexual por excelencia de la mitología clásica y Winckelmann era muy gay. Lo que más le atraía del arte clásico eran las representaciones griegas de los efebos, como el Ganimedes del cuadro, figuras andróginas que se alejaban del ideal de belleza atlética masculina. Llevaba años soñando con encontrar una representación del mito en la que los dos protagonistas demostrasen su amor de forma tan clara. Casanova y Mengs le conocían muy bien y lo único que tuvieron que hacer para salirse con la suya fue hacer realidad sus sueños.

En este artículo, encontraréis más información sobre esta curiosa anécdota: Tomas Pelzel, Winckelmann, Mengs and Casanova: A Reappraisal of a Famous Eighteenth Century Forgery .

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