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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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25/02/2021

Siento tristeza cuando veo la actitud de algunos españoles a los que parece darles vergüenza pronunciar la palabra patria

Hace unos días, escuchaba las declaraciones de una compatriota, residente en Estados Unidos, lamentándose por la envidia que le producía comprobar lo distintos y lo distantes que estamos los españoles en relación con los sentimientos patrióticos que, tan denostados se encuentran en nuestro país, frente al exagerado y acervado concepto que, de los mismos, tienen los norteamericanos.

Apuntaba esta paisana que los estadounidenses, independientemente de que sean demócratas, republicanos, católicos, protestantes o judíos, de tez blanca o morena, se sienten orgullosos de su país, de su cultura y de su historia. Por eso no es nada extraño encontrarse una bandera colgada en la fachada de sus casas, o un supermercado, o venta de coches, adornado con símbolos nacionales, como expresión de un sentimiento de orgullo que, de hacerlo en España, sería inmediatamente calificado como ultra, facha y no sé cuántas cosas más.

Esa envidia que ella profesa es la misma que yo siento cuando veo, con tristeza, la actitud de tantos españoles a los que parece darles vergüenza pronunciar la palabra patria; o expresar un mínimo respeto cuando escuchan el himno nacional, o al paso de la bandera. Parece como si este simbolismo fuera patrimonio de un determinado sector de la sociedad, cuando es algo que nos representa a todos por igual, independientemente de ideologías, credos o sentimientos.

Sin embargo, y a tenor del comportamiento de la sociedad española, parece como si el concepto de patriotismo se lo hubiera apropiado, y lo hubiera patrimonializado, la derecha de este país, frente a la indiferencia, por no decir animadversión, que la izquierda ha mostrado de forma generalizada. Es –una vez más- el fiel reflejo de la división ideológica que existe en España –el mito de las dos Españas, que diría Antonio Machado-; pero algo que yo no llego a entender, ya que se están utilizando unos símbolos, que es lo único que nos debería unir para sentirnos miembros de una misma sociedad, llamémosle nación, país o como lo queramos llamar.

En Norteamérica también existe, en estos momentos, una fortísima fractura social en torno a la política. No podemos obviar que, tras los años de desgobierno del presidente Trump, el país se ha fragmentado y ha adquirido un alto grado de polarización ideológica. Pero, con todo y con ello, los norteamericanos (TODOS) tienen un elemento común de convergencia que les une y les enorgullece; y ese denominador común se llama Estados Unidos…y está representado por un nombre, por un idioma, por un himno y por una bandera.

Por descontado que tienen sus discrepancias, como en cualquier otro país; y que, estas –en ocasiones-, las manifiestan de forma vehemente. Reconozco, así mismo, que gozan de un peligroso y desmesurado uso de las armas, y que se cometen –todavía- innumerables atropellos a los más elementales derechos civiles como consecuencia del, todavía inconcluso, conflicto racial subyacente. Pero todo esto no afecta para nada a su apego y respeto por la nación de la que se sienten participes y al concepto de patria que ellos tienen y que sitúan por encima de todos estos rifirrafes.

En España, por el contrario, la presión ideológica ejercida por buena parte de la izquierda radical de este país ha aflorado un cierto sentimiento de vergüenza cada vez que utilizamos alguno de estos simbolismos. Tan solo amparándonos en algún acontecimiento deportivo de mucha enjundia (y no en todos) somos capaces de aflorar nuestros sentimientos, de ondear la Rojigualda o de pronunciar el nombre de España. Y no digo nada del himno, al que no dejan en paz ni aun careciendo de letra. Y es que hay momentos que sería mejor no ‘tocallo’ si no queremos mal oírlo bajo la sordina de una pitada. Mientras tanto, nuestros vecinos galos, presumiendo de su enseña tricolor, no dejan títere con cabeza e inundan cualquier acontecimiento, por nimio que este sea, para forrarlo de símbolos patrióticos.

Lo que está sucediendo en nuestro país es algo que ni entiendo ni comparto. No entiendo a los que se niegan a aceptar una bandera como símbolo de una nación, cuando los españoles hemos sido capaces de generar una transición pacífica, desde una dictadura a una democracia, considerada como una de las más avanzadas en el mundo occidental. Buena muestra de ello la decisión del Partido Comunista de España, aceptando este símbolo, y dando una lección de sensatez y madurez política como elemento de unión y de ruptura con la intolerancia que supuso el desencadenamiento de nuestra guerra incivil. Y no comparto la actitud de aquellos otros que se empeñan en reivindicar la enseña republicana, como si el cambio de régimen en nuestro país se obtuviera con el simple cambio del color de una bandera. Quizá habría que recordar que la I República (1873/74) se constituyó bajo la misma bandera roja y gualda que ahora, sus cachorros, repudian.

En el fondo lo que subyace de estos pueriles enfrentamientos es la polarización ideológica entre la derecha y la izquierda y, como he manifestado anteriormente, la patrimonialización que desde uno de estos extremos se ha hecho de los símbolos nacionales. Una situación que ha propiciado, por una evidente falta de empatía, que los del otro extremo consideren –erróneamente- que estos símbolos no les representan.

Una vez más nos empeñamos en alentar todo aquello que nos separa, aflorando ese espíritu cainita que nos precede y que tanto daño nos ha hecho, y olvidándonos que patriotismo no es sinónimo de fascismo, aunque algunos todavía se empeñen en exteriorizar falsos y tópicos estigmas, sobre todo cuando adolecemos de tantos problemas, y de tanta envergadura, que nos tendrían que tener ocupados y preocupados.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

 

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