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Julio M. PradoMiembro desde: 29/04/09

Julio M. Prado
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26/02/2017

Un país con las mayores reservas petroleras del mundo, además de ingentes reservas de oro, diamantes, bauxita, hierro, gas natural, el codiciado coltan, y otros valiosísimos productos naturales, no puede garantizar siquiera la alimentación mínima de sus 30 millones de habitantes

Hoy, con el alma dolorida y el corazón afligido, me toca escribir y expresar mi pena, mi malestar y pesadumbre sobre la tierra de mis cuitas, lamentos y ansiedades, y hablar acerca de la complicada situación que atraviesa aquel inmenso país que es Venezuela, al norte del sur, como nos gusta decir a los que tuvimos la suerte de crecer y vivir bajo el delicioso sol tropical que le ilumina todo el año con énfasis justiciero. Varias décadas recorriendo los miles de caminos que vertebran esta joven nación, me llevaron a conocer de cerca historias personales, sueños y expectativas, leyendas convertidas en realidad, además de vericuetos de ensueño, rincones donde el tiempo parece que se detiene en un acantilado de esplendor, amaneceres con un baile de ocres poniendo ritmo contagioso a cada nuevo día, horizontes pintados y vueltos a  pintar en cada multicolor atardecer, playas de fina arena que invitan al descanso y a la placidez de sentirse parte integral de un pedazo de paraíso. Aunque, por encima del paisaje que la conforma, más allá de las maravillas orográficas, sobre todas las cosas que el ojo humano puede divisar y en ellas deleitarse, está la maravilla de su gente con el corazón abierto en perenne hospitalidad, para el que llega como simple visitante a disfrutar y compartir la plenitud de la existencia, en esa perfecta reciprocidad de afectos nobles y sanas intenciones. Es esa gente buena, gente digna, orgullosa y franca, la que me lleva a plasmar en este artículo la grave situación que padece, con la impotencia como única arma de defensa ante la calamidad, y a los que estamos lejos nos golpea las querencias de manera inmisericorde, nos hace sentir un poco extraviados en los caminos inciertos de este exilio voluntario que nos carcome y horada a fuego lento la marchita piel de la ausencia. A siete mil kilómetros del escenario donde se exhibe la tragedia que vive Venezuela, nos convertimos en espectadores taciturnos, observadores silenciosos del apocalipsis que se cierne sobre aquel país, y es cuando intuimos el sufrimiento y la penitencia convertidos en parte indivisible del oxígeno, que nos vemos obligados a dejar en esta blanca página nuestra huella de dolor en cada palabra, un ramalazo de aflicción contenida en cada frase. A través de algunos medios de comunicación fiables y de la llamada oportuna de algunos familiares que siguen allí haciendo de la sobrevivencia su única manera de existir, nos enteramos del desastre y la desdicha, de la catástrofe y el caos reinante, del naufragio de aquel millón de kilómetros cuadrados que, como barco a la deriva, no augura un puerto seguro para su llegada, sino filosas rocas donde por fin encallar y que la zozobra se acabe de una vez o se multiplique a otros niveles, porque ya todo da igual. En Venezuela, lo que parece lógico a simple vista, nunca debe analizarse con verdadero sentido, porque el análisis siempre estará errado.; la mayoría de hospitales están medio derruidos y abandonados a su suerte, donde se va la luz diariamente por varias horas, no hay agua ni reactivos o inyectadoras, no funcionan los ascensores y ni siquiera disponen de alcohol o una simple gasa y algodón para limpiar las heridas. Venezuela vive hoy una profunda crisis humanitaria de salud, que el gobierno trata de ocultar de manera cínica y bochornosa, aunque la ausencia de unos 900 medicamentos de las farmacias, son la prueba evidente de la tragedia que vive el venezolano común, que no encuentra medicinas para paliar el cáncer, VIH, hipertensión, diabetes, problemas renales, Parkinson, o para tratar una simple gripe o un leve dolor de cabeza.

Recuerdo un macabro cartel que vi hace varios años en mi primer viaje a la Gran Sabana (sur), donde, con cierta incredulidad, se podía leer: “A partir de este punto Ud. viaja por su cuenta y riesgo”. Un cartel que hoy tiene validez y actualidad en todos los puntos a lo largo y ancho del país, porque a donde uno se mueva siempre lo hará “por su cuenta y riego”. Las autoridades, ausentes y alejadas de la realidad, siguen enzarzadas en su retórica de palabra hueca, la amenaza convulsiva, el intimidatorio discurso uniformado, su ideología trasnochada, con las consignas del odio explícito y su grito ensordecedor de un resentimiento enfermizo, que han diseminado como hierba mala por todos los confines de la geografía patria. Se podría decir que la vida nunca está garantizada y la muerte siempre se lleva la mejor parte, porque si no es la falta de un medicamento oportuno o la mala alimentación, la gente muere diariamente a manos de bandas criminales, en una guerra sin cuartel en la que solo los fabricantes de armas y balas obtienen buenas ganancias. y los pobres ciudadanos, indefensos y débiles, se convierten en trofeos de una caza indiscriminada que no sabe de domingos, navidad o Jueves Santo, con los latidos multiplicados, noches cedidas al insomnio  y de tener que vivir día a día con una sensación aterradora y la permanente zozobra de poder ser asesinado al menor descuido. Los 28 mil homicidios que ocurrieron en todo 2016, son una prueba más que evidente de la inseguridad que se vive en Venezuela. Y el gobierno solo anda preocupado de que no se sepa lo que ocurre en el país, que no trascienda más allá de las fronteras, que el mundo no se entere, por eso cierran televisoras no comprometidas con el proceso revolucionario, han comprado importantes periódicos nacionales y canales de televisión, obligaron al exilio  a varios directores de medios de comunicación, apagaron una importante cantidad de emisoras radiales independientes, chantajean con no darle papel a varios diarios con la consigna “yo te doy papel y tú me das silencio”. incluso desterraron de la señal de cable al canal colombiano NTN24, y ahora acaban de hacer algo similar con CNN en español; antes habían deportaron a varios periodistas brasileños, prohibieron la entrada al país de un periodista español que trabaja para una radio alemana, cancelaron la visa de trabajo a varios periodistas de radios de Europa, deportaron al equipo completo de comunicadores de la cadena Al-Jazeera, y a periodistas nacionales los hostigan cada vez que acuden a cubrir algún evento que no sea del agrado del gobierno, obligando a reporteros a borrar videos o fotografías, e incluso han sido despojados en varias ocasiones de sus equipos de trabajo, por bandas armadas sobre potentes motos al servicio de Miraflores.  

El gobierno solo se ocupa de ese virtual mapa del socialismo del siglo XXI, para ir trazando allí su propia fantasía,

Venezuela siempre ha sido un país de alegría desbordante y con el chascarrillo oportuno a pedir de boca, pero ahora todo se ve modificado, trastocado, gris y el humor del venezolano parece que fue llevado a terapia intensiva y no se ve que tenga esperanza de recuperación a corto plazo. Ya nadie ocupa su tiempo ni se entusiasma frente a la aburrida televisión, porque allí, incluso en los noticieros, también la realidad ha sido eliminada de la programación habitual y solo un programa que dura las 24 horas del día es visto con buenos ojos por el gobierno: la revolución, inoculada con una sobredosis acostumbrada de bofetadas al suspicaz televidente, harto de poner ambas mejillas al ver que la mentira es la única protagonista en esa historia de falsedades que día y noche transmiten por la pequeña pantalla. A los que ostentan la jefatura del gobierno parece que no les conmueve la rutina de calles ensangrentadas, enfermos tirados en el piso de los hospitales, miles de niños desnutridos o el hambre convertida ya en epidemia nacional y mucho menos les preocupan los miles de exiliados, la ruindad existencial ni la tristeza que, como un ave de mal agüero, se ha posado en el apolillado mástil del débil optimismo colectivo. El gobierno solo se ocupa de ese virtual mapa del socialismo del siglo XXI, para ir trazando allí su propia fantasía, la entelequia que lleva en su ADN, el delirio que respira en cada bocanada de intolerancia, mezclada de un fanatismo ideológico que nada hace prever que tenga intención de reducir o modificar, en su obtusa manera de dirigir los destinos de una gran nación. Y allí sigue la rutina diaria, calles llenas de huecos, basura amontonada en las esquinas, alcantarillas abiertas, el hurto al menor descuido, las colas en farmacias y supermercados como una inusual forma de vida, el secuestro, la amenaza, los muertos, los olvidados del mundo, el abandono de un país convertido en un error que nadie encuentra la manera de enmendar. El chavismo ha ido convirtiendo a un país próspero en un territorio inundado de remiendos, una tierra de Gracia, que llamó Colón, a tierra de desgracia colectiva, con la tragedia acompañada de la miseria y la escasez, rondando al otro lado del cristal nada más romper el alba. Y el ciudadano común debe salir a la calle, tiene que sobrevivir a tanta desidia, enfrentar la adversidad e intentar dominarla, doblegar la desventura, vencer el desamparo y por encima de todo, vivir, volver a tener esperanza, hacer de la alegría su maravillosa rutina diaria, porque, contraviniendo a lo que se dice comúnmente, los generosos venezolanos no tienen el gobierno que se merecen.

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