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16/09/2013

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Amanda Callen amaneció como solía hacerlo siempre.

La tos era el primer movimiento involuntario que hacía su cuerpo.

Era fumadora compulsiva y lo sabía.

El vicio había comenzado no hacía mucho.

A sus veintiséis años ya acumulaba una media de 7.300 cigarros fumados al año. Eso hacía unos 43.800 más o menos desde que se había enganchado seis años antes.

Como millones de personas estaba esclavizada por un insalubre vicio que sin darse cuenta la estaba consumiendo poco a poco.

En la última revisión médica le habían detectado un exceso de alquitrán en sus jóvenes pulmones. Eso era lo que la había generado una tos continua.

El doctor, con una falsa sonrisa que invitaba a la reflexión, le había dado la baja.

Ella que era una persona que odiaba faltar al trabajo ni un solo día había aceptado la baja laboral con bastante recelo.

Pero la tos no la dejaba ni hablar y finalmente accedió a someterse al tratamiento que duraría varios meses manteniéndola alejada de su trabajo.

Su profesión también estaba relacionada con el mundo del tabaco ya que era directora de marketing y ventas en la multinacional tabacalera Benstoll.

Era muy temprano. No tenía planeado levantarse a tales horas pero el teléfono no paraba de sonar.

Se frotó los ojos con las manos y alargando el brazo lo descolgó.

- ¡Diga!

- ¿Amanda Callen?

- Sí, soy yo. ¿Con quien hablo y qué quiere a estas horas?

- Soy Peter Udowsky, consejero delegado de la empresa Bennstoll para la que trabaja usted. Mi información es que todavía está de baja ¿no es cierto?

- Sí. Mientras dure el tratamiento.

Hizo un esfuerzo por aguantar la tos pero la reacción de su organismo fue más fuerte y cedió al impulso.

- ¿Está ahí?

- Sí, espere unos segundos a que me tome la medicina.

Abrió el cajón de su mesilla de noche y sacó de su interior una especie de botella en forma de spray que aplicó directamente sobre su boca.

- Ya estoy mejor. ¡Disculpe!

- Señorita Amanda, necesitamos de sus servicios.

- ¿Qué quiere decir?

- Nos ha surgido un grave problema y necesitamos que vuelva a bordo para poder minimizar al máximo los daños que puedan ocasionarse en cuanto a la imagen de la empresa.

- ¿Qué ha sucedido?

- Nuestros biólogos han detectado en las cosechas de tabaco un agente en forma de virus que está acabando con todos los cultivos. Se trata de una mutación del virus conocido como "mosaic" descubierto en 1883 por Adolf Mayer.

- Una planta infectada por dicho microorganismo se ve afectada de tal forma que tarda menos de una semana en morir.

- Todo el departamento de biología está intentando por todos los medios parar la epidemia que se está extendiendo a pasos agigantados por todos nuestros cultivos matándolos y dejándonos sin materia prima para llevar a las fábricas que ya ven una y otra vez como van retrasándose los pedidos.

- Señorita Amanda. Nuestras fábricas están bajo mínimos y eso es algo que las empresas de la competencia podrían aprovechar. Necesitamos un lavado de cara con urgencia. Dar explicaciones que no sean muy escandalosas y que enmascaren la verdad.

- Ahora mismo estamos trabajando con las últimas reservas y estamos en conversaciones con otras fábricas de tabaco para que nos proporcionen "mercancía blanca" con la que poder satisfacer las necesidades de todos nuestros clientes.

- Lo que me dice parece bastante grave. ¿No han probado a comprar otras cosechas?

- Por supuesto. Pero el virus se extiende por todas partes afectando a las plantas al igual que haría un virus de la gripe. No podemos aislarlas una por una sería demasiado costoso.

- ¿Y eso sólo nos afecta a nosotros?

- No, en cierto modo, estamos todos en el mismo barco. Nuestros informes nos han advertido de que es un fenómeno que se extiende con gran rapidez por todo el planeta. Si nuestros doctores no encuentran pronto una solución podemos decir que estamos jodidos. Por eso la necesitamos. Es usted la mejor y queremos sobrevivir a esta hecatombe que se nos avecina.

Aquellas palabras penetraron su cerebro encendiendo sus alarmas y haciéndola ver que se encontraban ante el problema más grave que se había topado la industria tabacalera desde sus inicios.

- ¡Cuenten conmigo! Me visto y enseguida me encamino hacia allá.

- Le hemos mandado un coche que estará a punto de llegar. Móntese en él y diríjase al aeropuerto para coger el vuelo que saldrá para Denver dentro de una hora. La esperamos con impaciencia. No se demore mucho.

Al sonar el clic al otro lado de la línea, Amanda se quedó un rato paralizada.

No sabía por donde empezar o qué hacer.

Las noticias que acababan de darle eran malas, demasiado malas.

Había que atajar este asunto desde ya antes de que la cosa empeorara.

Dejó caer su camisón junto a la cama y se dirigió hacia la ducha.

El agua caliente le sentó de maravilla.

Pero no quiso entretenerse mucho. A los pocos minutos estaba ya vestida y preparando sus cosas más necesarias para el largo viaje.

Cuando salió a la calle lo vio enseguida.

Un coche de la compañía la esperaba no muy lejos de la puerta del edificio.

Subió en el vehículo y enseñando sus credenciales ordenó al conductor que la llevara al aeropuerto.

El viaje se le hizo muy corto al estar sumida en sus pensamientos.

De vez en cuando el chófer desviaba los ojos desde la carretera hasta el rostro de Amanda que se encontraba afligida y molesta porque seguramente tendría que interrumpir el tratamiento y no sabía cuando podía terminar de solucionarse el problema.

El coche se detuvo y Amanda salió al exterior.

El chófer la llamó cuando ella ya se dirigía hacia las puertas principales.

Este es su billete, diríjase a la puerta número 3 de la tercera planta.

De la boca de Amanda tan solo salió una palabra. Un Gracias no muy convincente que al chofer no pareció importarle. Hacía su trabajo.

El aeropuerto estaba atestado de gente.

Amanda tuvo que hacer un esfuerzo por no tropezar con las maletas de un viajero despistado.

Se subió a uno de los ascensores y al salir buscó con las vista el número 3.

Lo encontró a su derecha.

Un pequeño mostrador en donde una jovencísima señorita atendía a otros pasajeros con una amplia sonrisa.

Dirigió sus pasos hacia allí.

Cuando le tocó el turno, la chica la autorizó a pasar por la puerta de embarque al comprobar que todo estaba en regla.

El viaje se hizo muy corto al quedarse dormida unos breves minutos.

Cuando el megáfono avisó de que habían llegado a su destino, Amanda volvió a toser, recogió sus cosas y salió del avión por la puerta que estaba habilitada para ello.

Un rato más tarde se dirigía de nuevo en otro coche de la empresa hacia su destino.

Al llegar al gran edificio de su compañía se sintió una vez más impresionada por la grandeza del inmueble.

Construido con las últimas técnicas en ingeniería moderna y diseñado por William Kolt considerado en las altas esferas como el mejor arquitecto del país.

La visión de la fachada era espectacular.

Lo que más destacaba de ella era el logotipo de la compañía que se alzaba imponente ante los ojos de cualquiera que mirase hacia arriba.

Con paso decidido entró en el ascensor y se dirigió hacia la planta en donde estaba citada tras haber certificado que sus credenciales eran auténticas.

Al salir del ascensor, un elegante cincuentón la esperaba a la puerta de su despacho mientras dada unos leves golpecitos sobre su carísimo reloj de oro.

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