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Qué mejor forma de despedir el verano de 2017 que hacerlo con una película que es puro cine indie con los sentimientos a flor de piel. Porque nunca un tema que afectó tanto a la sociedad, a las familias, a la infancia y, cómo no, a los pediatras... fue tratado con tanto sentido y tanta sensibilidad. Sin duda, una de las películas más impresionantes de lo que va de año, justa elegida para representar a España en los Oscar. Es más que posible que no lo consiga, pero Carla Simón, su directora, ya ha ganado el premio de conquistar nuestros corazones al relatarnos su propia historia con una dirección de actores espectacular, especialmente las dos niñas protagonistas, Frida (Laia Artigas), la niña de 6 años que al final consigue llorar, y Anna (Paula Robles), su angelical prima de 3 años. Y hasta aquí deberíamos contar de Verano 1993 , porque el resto son las cosas del verano que cambió la vida de Carla Simón y su objetivo: "Hablar sobre los niños enfrentándose a la muerte" .

No es la primera vez que hablamos de películas dedicadas al verano en Cine y Pediatría, con un recopilatorio en sus inicios, y luego también Mi amor de verano (Pawel Pawlikowski, 2004), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013) o Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014).

Pero para Carla Simón, quien ahora tiene 30 años, el verano de 1993 fue sumamente especial, pero no precisamente por una experiencia placentera. Por aquel entonces, era una chiquilla de seis años que acababa de perder a su madre a causa del sida (su padre ya había fallecido tres años antes por el mismo virus) y de pronto tuvo que abandonar su piso de Barcelona para vivir junto a sus tíos en el pequeño pueblo de Les Planes d'Hostoles (Gerona). Esa época tan trascendental la ha querido plasmar en su debut en el largometraje con Verano 1993 , rodada en catalán y que ya ha convencido y emocionado en los distintos festivales en los que se ha presentado: mejor ópera prima en la Berlinale, Biznaga de Oro en Málaga, tres premios en el festival BAFICI de Buenos Aires o premio especial del jurado en Estambul son algunas de sus hazañas hasta la fecha. ¿Será capaz una pequeña gran obra como ésta de convencer a los miembros de los Oscar para darle el premio a Mejor película de habla no inglesa?

Porque en el tiempo detenido de la masía se imponía un retrato sutil y también fascinante, donde Frida tiene que adaptarse al concepto de la muerte de sus padres y a una nueva vida con sus tíos. La grandeza de Verano 1993 es la de estar a la altura del reto, una historia dura y trágica, de esas que dejan marcado a quien las vive - y a quien las observa - contada con simplicidad, elegancia, capacidad de observación y respeto con la que pasa. Y por todo ello y por derecho propio, Verano 1993 es ya un nuevo referente sobre el subyugante cine sobre la infancia: es decir, un ejemplo paradigmático de Cine y Pediatría, una película para prescribir por derecho propio.

Y desde luego, uno de los secretos de Verano 1993 son sus pequeñas protagonistas. Todo comienza con una mudanza, algo confusa en una noche de San Juan con fuegos artificiales, en donde algo importante pasa en la vida de la niña Frida y que vamos descubriendo poco a poco con ella y como espectadores. Y cuando la abuela la besa en la cama y le dice "Y recuerda: tienes que rezar un Padrenuestro cada noche".

Y Frida nos lo dice todo con su cara, con sus palabras, con sus silencios, con sus disfraces, con su familia (los magníficos tíos adoptivos y su tía con acondroplasia, los abuelos protectores), con su prurito cutáneo de su dermatitis atópica (producto de lo que luego se descubre que es alergia al pelo del gato y tienen que desprenderse de Feldespatas). Con esa estigma que suponía ser hija de madre VIH+ (siglas que aplicábamos a todo niño que nacía de una madre con sida) y el miedo que las familias tenían al contagio de otros hijos ( "Que te dije, que no la tocaras", es la amarga reprimenda de la madre de una amiguita), y sus controles médicos: "En el Hospital del Mar me dijeron que no me harían más análisis" .

Y fue un verano muy especial con los juegos de las niñas, los gigantes y cabezudos, los guateques del pueblo, la "Festa Major", la matanza de las ovejas, y el inicio del curso escolar con el famoso proceso de encuadernar los libros. Y entre tanto, Freda intenta explicarse lo que ha pasado y pregunta a todos: "¿Sabes lo que le ha pasado a mi madre?, ¿mi padre también ha muerto?".

Y donde elijo tres escenas que permanecen en la retina y en el corazón: - Cuando Freda y su primita Anna juegan a ser la madre y la hija, y en el juego Freda se maquila y viste para remedar lo que debió vivir. - Cuando Freda, por su lógico comportamiento rebelde, expresa: "Me voy a mi casa... Porque aquí nadie me quiere" . Y se escapa una noche de la masía, pero solo consigue llegar a la carretera y regresa y le dice a sus tíos que la buscaban: "Mejor me voy mañana, que hoy está muy oscuro". - Y el final de la película, cuando Freda pregunta a su tía: "¿Cómo se murió mi mamá de antes...?". Y esa magnífica definición del sida de una tía a su sobrina, ahora hija. Y, por fin, el llanto desconsolado de Freda. Fundido en negro y la dedicatoria de la directora: "A mi mamá Neus" .

Y es que esta película toca la fibra del respetable por la autenticidad que transmite, por la grandeza de su simplicidad, por esos 94 minutos de una honestidad brutal, donde el espectador se sumerge en la agridulce historia de Frida, álter ego de la cineasta, y el complicado proceso de adaptación a su nueva familia adoptiva. Nos confiesa Carla Simón que se inspiró en varias películas, la mayoría ya en la familia de Cine y Pediatría: por orden cronológico se inspiró en Ponette (Jacques Doillon, 1996), esa niña de 4 años que pierde a su madre, pero también en El Espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) y Cría cuervos (Carlos Saura, 1975), dos icónicas películas españolas con una misma protagonista como niña, Ana Torrent; y también reconoce influencias de El País de las maravillas (Alice Rohrwacher, 2014) y de La niña santa (Lucrecia Martel, 2004).

Sea como sea, Verano 1993 entra ya como imprescindible en las películas sobre la niñez, importantísimo periodo en la vida de todo ser humano. Y conseguirlo con un cine honesto libre de artificios, donde las dos niñas nos regalan todo un recital interpretativo en el que abunda la naturalidad de los gestos y los diálogos improvisados, un escenario donde reina la espontaneidad y la complicidad infantil, pero también los celos y las preguntas por responder.

Este es el Verano 1993 de Carla Simón. Un verano que los pediatras recordamos perfectamente, donde el sida campeaba a sus anchas y nosotros nos debatíamos cuidando a los hijos e hijas de madre VIH+. Han pasado casi 25 años, ha avanzado la medicina y, hoy, por fortuna todo lo anterior se antoja en nuestro primer mundo como una anécdota, no así en otros entornos. Hoy, para la infancia de España el Verano 1993 se antoja, afortunadamente, muy lejano.

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