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Richard Hannay

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Después de los famosos acordes de la Marcha fúnebre para una marioneta de Gounod, y de mostrar su no menos famosa silueta entre sombras, Alfred Hitchcock presenta:

Venganza (Revenge).

Ralph Meeker y Vera Miles son una joven pareja de recién casados que vive en un campamento de caravanas de una luminosa y tranquila localidad californiana. A él le concedieron el traslado sin problema cuando adujo que su solicitud tenía que ver con las recomendaciones del médico sobre la salud de su esposa. A ella le encanta estar cerca del mar. El futuro les sonríe y, tal vez, haya llegado el momento de ampliar la familia... Pero cuando él regresa de su primer día de trabajo se da cuenta de que algo va mal: ella yace en el interior de la caravana, violada y magullada. La policía acude de inmediato, pero nadie ha visto al sospechoso, un viajante sin nombre ni rostro reconocible, y estos crímenes son muy difíciles de esclarecer, y mucho más complicado es lograr una condena... Así que el joven esposo se deja poseer por una idea fija: si diera con el culpable, lo mataría. Al día siguiente, circulando en coche por el pueblo, ella ve un hombre que camina por la acerca con una maleta grande, tal vez un muestrario de mercaderías, y dice "es él, ahí está".

Dirigido por Alfred Hitchcock en persona, el primer capítulo de su famosa serie es una obra maestra de tensión y suspense concentrados en apenas veinticinco minutos. No sólo maneja adecuadamente los contrastes de escenarios e iluminación (de los soleados exteriores de la autopista y el aparcamiento de caravanas a los sórdidos interiores que sirven de escenario al crimen, o a los crímenes...); también desgrana la información y va colocando capas de inquietud sobre la aparente felicidad de la pareja en una espiral creciente que no deja de crecer hasta el clímax y el retorcido final. Así, por ejemplo, sabemos que ella era una bailarina que abandonó su carrera por problemas de ansiedad, y que él pidió el traslado de puesto de trabajo a una fábrica cerca del mar por recomendación médica. Por tanto, suponemos el peligro emocional que el violento episodio que acaban de sufrir puede significar para la estabilidad emocional de la pareja... Hitchcock construye el desenlace en el hotel de la ciudad con su habitual maestría, insinuando más que mostrando, pero no escatimando un ápice de la brutalidad asociada a la idea de venganza ciega. El cierre de la historia, absolutamente brillante, es una descarga de terror sobrevenido que termina por poner en primer plano el tema del relato: cómo la vida puede transitar del romance a la tragedia en apenas un destello, las décimas de segundo que cuesta pulsar el interruptor de la locura. Y con un inquietante subtexto: la policía no siempre tiene respuestas para todo, pero suele tenerlas con los inocentes cuando se atreven a dejar de serlo por un minuto.

Angustia (Breakdown).

Joseph Cotten es un implacable y malhumorado ejecutivo que llama a las cosas por su nombre. Trabaja todo el tiempo, piensa constantemente en el trabajo (en la playa ni siquiera reserva un rato para pasear por la arena o sumergirse en las aguas) y en cómo soltar lastre de todo aquello que dificulte la prosperidad de sus negocios, incluso si se trata de despedir a cientos o miles de kilómetros, por teléfono, a un veterano contable que lleva décadas en la empresa porque las estadísticas de ventas no le satisfacen. ¿Qué tiene que ver la caída de las ventas con el contable? Nada. Pero eso da igual. Son sólo numeros. A este ejecutivo le irrita la gente que vive todo el tiempo como una víctima, doliéndose de todo. Decide volver a Nueva York en coche, pero la autopista está en obras y tiene que tomar una ruta alternativa. Sin embargo, su coche, un camión de presos que hacen trabajos forzados en la obra y un bulldozer van a coincidir en el mismo punto al mismo tiempo, y él es el peor parado en la colisión. Sigue vivo, pero su pecho ha quedado aplastado por el volante, y su cuerpo está agarrotado, inmóvil, como congelado. No puede mover un músculo, ni siquiera los párpados para cerrar los ojos o pestañear. ¿Seguro? ¿Qué es ese ruido? Su dedo meñique golpeando contra el volante. Menos mal. Cuando llegue la ayuda se darán cuenta de que no es un cadáver, de que vive, y todo estará arreglado. Bueno, todo no. Se ha roto el cuello y el futuro que le aguarda es una cama o una silla de ruedas. Pero al menos vive. Escucha un ruido. Vienen en su ayuda. ¿O no?

Igualmente dirigido por Alfred Hitchcock, los terrores cotidianos se superponen en esta pieza de veinticuatro minutos hasta ahondar en los miedos más terribles: el desempleo, la soledad, el accidente, la enfermedad, la violencia, la muerte... Y, por encima de todo, uno que no se nombra pero que sobrevuela los pensamientos que la voz en off de Joseph Cotten va poniendo en palabras: ¡¡¡catalepsia!!! El protagonista sufre en sus propias carnes muertas esa condición de víctima de la que ha estado renegando hasta unas horas antes. Porque quien llega en su busca no es precisamente la ayuda, sino el egoísmo, la violencia, el horror. Y cuando la ayuda llega, el ruido de las máquinas y las conversaciones a gritos de los operarios no les permite escuchar los débiles golpes del dedo meñique en el volante... La sábana cubre su cabeza: está muerto para todo el mundo menos para su cerebro. Las imágenes hacen honor al título: la angustia que se deduce de los desesperados pensamientos del protagonista va subrayada, amplificada, por los planos subjetivos que muestran lo que está pasando, las caras que se acercan a observarle, la sábana que cubre su rostro como el de un fallecido más, el tránsito por el pasillo de la morgue, la cara del camillero en la trayectoria de la mirada hacia el techo del pasillo, los giros en cada recodo, el cruce de cada umbral, la entrada en el depósito y la luz que se apaga durante la noche... Tal vez una noche infinita de la que, al menos al principio, el protagonista va a ser demasiado consciente.

El esperanzado final de Hitchcock, sin duda una necesidad impuesta dada la crudeza de la historia y las terribles consecuencias a las que llevaría invariablemente el argumento llevado al límite, no resta un ápice de horror a la inquietante verdad que revela este relato: en la América todopoderosa, la de la seguridad a toda costa y el American way of life, en situaciones de necesidad los ciudadanos normales y corrientes no arriman el hombro, sino que se aprovechan en lo que pueden para su propio interés. Una sociedad insolidaria que alimenta rencores y odios, y estimula el sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. No es casualidad que, incapaz el meñique de llamar la atención en la camilla de la morgue, sea precisamente una lágrima el anuncio de vida que libra al espectador de una conclusión más allá de lo admisible. Hitchcock, una vez más, plantea una disyuntiva: ser enterrado en vida o morir prisionero de un cuerpo inmóvil. Hitch apuesta por la vida, pero probablemente a mediados de los años cincuenta no habría podido rodar otra cosa que, tal vez, el cuerpo le pedía.

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