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Richard Hannay

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La primera película de Juan Antonio Bardem como director en solitario, Felices pascuas (1954), a priori parece una Canción de Navidad para pobres: Juan (Bernard La Jarrige), barbero de profesión, es agraciado con el Gordo de la Lotería de Navidad y, aunque es un premio modesto (unas 15.000 pesetas), insiste en que tanto él como su mujer, Pilar (Julita Martínez), que hace manicuras en un salón de belleza, abandonen sus empleos. Solo cuando regresa a casa descubre que sus papeletas se han esfumado en participaciones repartidas entre el vecindario, y que lo único que le ha tocado en realidad es un cordero en una rifa en la que jugaban el mismo número. Una vez pasado el disgusto, la perspectiva de cenar cordero en Nochebuena no parece tan mala, aunque hay un leve inconveniente: el cordero está vivo y habría que sacrificarlo, y los hijos del matrimonio se han encariñado con él...

En los 85 minutos de película coexisten dos planos diferenciados: el evidente, la comedia costumbrista de tono moralizante, humor blanco y corte sentimental, en la que la proximidad de la Navidad y la presencia de niños y de mascotasmarca el tono general y desempeña un papel relevante, fácilmente atribuible a la labor en el guión de José Luis Dibildos y Alfonso Paso; por otro lado, el oculto, el subterráneo, que viene a coincidir más bien con los postulados artísticos e ideológicos del coguionista Bardem en cuanto al retrato crítico de la sociedad española de la posguerra. El primero carece de interés, o bien este se circunscribe a los cánones del sentimentalismo más alimenticio; el segundo, en cambio, si bien amortiguado y por fuerza nada explícito, bien visto resulta casi revolucionario: solo así se explica que en el cine español de los 50 un personaje pueda gritar a voz en cuello "¡Viva la libertad!", teniendo en cuenta además que se lo grita a su jefe, un tipo bajito, regordete, calvo y con bigotito, al que por añadidura tilda de mandón y tirano. Esta lectura contestataria, que alcanza a estamentos como el clero, la policía o el ejército franquistas (incluido un amago de guerra civil involuntaria, producto de la incompetencia y estupidez del estamento en cuestión) es la que hace estimable este film de Bardem, por lo demás discreto.

Otro de las aspectos estimulantes de la cinta es la aparición de caras conocidas en pequeños papeles, que compensan, al menos en parte, el poco atractivo de la pareja protagonista (una insulsa Julita Martínez y un francés soso, poco dotado para la comicidad, que obliga a demás a que todo el metraje sea doblado al castellano en estudio, con la consiguiente pérdida de espontaneidad y cercanía). Para empezar, el propio director se incluye como recadero del bar en cuyo teléfono la familia espera noticias sobre el hallazgo de Bolita, apelativo del cordero protagonista una vez que es ya admitido como uno más de la familia, aunque son dos actores, patrimonio artístico español, los más relevantes: el primero, un joven Manuel Alexandre como recluta poco interesado en los rigores castrenses, fugado del cuartel y necesitado de regresar antes de que se haga el recuento, y el segundo, José Luis López Vázquez, taxista del que depende el accidentado tránsito final de la familia para su feliz reunión en torno a la mesa navideña.

Es la dimensión social del filme la que permite acercarse a él con interés, la realidad de un Madrid de extrarradios y descampados, de vías de tren, mataderos en las afueras, barriadas de casas humildes y ropa tendida de balcón a balcón, barracones de madera podrida y desgastada, caminos sin asfaltar, colinas de escombros y matojos, aromas a cocido, partidos de fútbol en explanadas pedregosas con porterías de maderos, precariedad, hambre, privaciones e incertidumbre por el futuro. La España de la autarquía franquista, del país presuntamente autoabastecido, que habría de clausurarse ese mismo año y que daba paso al reconocimiento internacional y al ingreso en la ONU al año siguiente gracias a los acuerdos militares con Estados Unidos. Esa España pobre, derrotada, endémicamente enferma (aun hoy), alejada del triunfalista discurso de apertura, prosperidad y modernidad de la línea oficial, la que no existía según el patriótico statu quo de la pax franquista. Bajo las superficiales relaciones de cooperación, ayuda desinteresada, amistad y comprensión entre los personajes, nos encontramos con la delincuencia derivada del hambre, la gula del clero (incluida una monjita de "Quinto de Ebro, provincia de Zaragoza"), la incompetencia y la falta de atención de la policía a los problemas del ciudadano humilde, y sobre todo, con la imbecilidad intrínseca del ejército, aunque para camuflar este punto de vista -increíblemente- ante la censura, este episodio deba disimularse como un sueño inquieto del personaje de Manuel Alexandre, posiblemente la mejor escena de la película, en la que los sonidos de los disparos y las voces de los soldados se superponen a los distintos encuentros entre militares de distinta graduación Uuno de ellos, un jovencito, y con pelazo, Agustín González) que, primero, se comunican unos a otros, según el orden de la escala de mando, la noticia de una sublevación con la correspondiente alarma, y luego, de vuelta, en orden descendente, sabido el verdadero origen del combate, se abroncan y ridiculizan, del general al cabo de guardia, por su irresponsabilidad y estupidez.

El inevitable final feliz y moralmente aceptable por la autoridad civil y religiosa que propone el guión sirve al propósito general del camuflaje del filme, que, bajo esa capa de sentimentalismo y bondad navideña, apenas oculta una carga crítica demoledora, forzosamente insinuada más que explícita, propia del Bardem de los primeros tiempos, y que con ironía, sarcasmo y humor negro le da la vuelta a la realidad oficial y muestra su triste y dramático reverso. El de que ayer, como hoy, las esperanzas de muchos ciudadanos pasan por la ensoñación de ganar la lotería, sin que el amor fraterno y la paz familiar que la cinta propone como solución de todos los males (resignación cristiana, aceptación del lugar que la escala social destina a cada uno) resulte suficiente, ni siquiera una verdadera opción sin considerarla una tomadura de pelo.

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