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Richard HannayMiembro desde: 11/11/10

Richard Hannay

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05/02/2013

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La aparición súbita de Gene Tierney ‘volviendo de la tumba’ en Laura (Otto Preminger, 1944) supone, junto a la de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946) y la de Ava Gardner en Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946), una de las irrupciones más inolvidables de toda la historia del cine. En Que el cielo la juzgue (Leave her to heaven, John M. Stahl, 1945), el sensual cruce de piernas de Tierney mientras lee un libro en el vagón de un tren camino de Nuevo México quizá no sea para tanto, pero marca a la perfección el punto necesario de atracción que permite al público comprender el deseo y la fascinación que de inmediato nacen en el escritor Richard Harland (Cornel Wilde) por la mujer que, despreocupada y con aire casual, lee precisamente su última novela, aunque ella tarde un tiempo en reconocerle. Ese comienzo azaroso pone de manifiesto lo que va a ser la constante nota principal de la historia: el poder manipulador, consciente o inconsciente, de una bella y carismática mujer sobre todos los que la rodean. O mejor habría que decir que ésta es una de las notas principales, porque la otra es tanto o más importante en el devenir de los acontecimientos: el patológico poder perturbador de unos celos obsesivos de tal magnitud que no sólo logran trastocar la percepción de la realidad y su interpretación, sino que consiguen mutar una personalidad hasta convertirla en un ser vil, mezquino, brutal, criminal.

Estas son las líneas maestras de este melodrama de intriga filmado a todo color (nominación al Oscar incluida) por John M. Stahl en 1945, un director hoy prácticamente olvidado cuyas mayores aportaciones al arte cinematográfico vienen, además de por la presente película, de Las llaves del reino (1944), relato de pobreza y miseria en China de la mano de un sacerdote católico interpretado por Gregory Peck, el drama sobre infidelidades titulado La usurpadora (1932), con Irene Dunne y John Bowles, y dos películas que alcanzarían la fama como remakes rodados por Douglas Sirk, Imitación a la vida (1934) y Sublime obsesión (1935), sin olvidar que Stahl llegó a codirigir con el gran Ernst Lubitsch El príncipe estudiante en 1927. Que el cielo la juzgue es seguramente su cinta más conocida, y ello es mérito de su personaje central, Ellen, compuesto extraordinariamente por Gene Tierney, que ha pasado a la posteridad como uno de los máximos ejemplos que el cine ha ofrecido de la perturbación mental como fuente de desgracias y fatalidades.

El encuentro casual de Richard y Ellen cuando ambos van, en compañía de la madre y una prima de ella, a pasar unos días en el rancho de un amigo común, Glen Robie (Ray Collins), es el detonante de una pasión mutua que lleva a la joven a romper repentinamente su compromiso matrimonial con Russell Quinton (Vincent Price), un incipiente abogado que trabaja como fiscal, y casarse apresuradamente con Richard, junto al cual la vida parece feliz hasta el punto de que Ellen parece haber olvidado la traumática muerte de su padre, que la había sumido en una profunda tristeza. Sin embargo, Ellen vive su amor de manera tan posesiva, la fuerza de sus celos es tan irrefrenable, su obcecación obsesiva por Richard es tan cruel y brutal, que no repara en medios para tenerlo siempre a su lado, incluso si es preciso maniobrando en la sombra para conseguir sus fines, que no son otros que apartar de su lado a todo aquel que puede competir con ella en sus afectos, su tiempo o sus atenciones, no en el primer lugar, sino en la totalidad, los cuales ella exige, desea y anhela para ella sola. Por eso Ellen no vacilará en expulsar del lado de Richard, de una manera u otra, sin detenerse siquiera a considerar el respeto a la vida humana, presente o futura, a toda aquella persona por la que Richard sienta la más mínima inclinación, desde su hermano pequeño, un enfermo crónico que apenas puede mover las piernas, hasta a su propia prima, Ruth (Jeanne Crain), fuente principal de sus celos al pensar que entre ella y Richard existe una naciente atracción que amenaza con crecer. La deriva psicológica de Ellen, su obsesión cada vez mayor, la lleva a cometer verdaderas atrocidades y a confeccionar tupidas telarañas de intrigas, falsedades, verdades a medias y manipulaciones que conseguirán tejer una red de discusiones, enfrentamientos, odios, huidas y desencuentros de la que ella misma deberá erigirse en víctima necesaria para mantener los efectos de la maquinaria de insidias que ha construido durante años. Filmada a todo color, la película transcurre en sus fragmentos más importantes en interiores, por lo que la fuerza expresiva de las posibilidades cromáticas de la fotografía de Leon Shamroy queda un tanto diluida, excepción hecha de la fenomenal secuencia del lago, donde la belleza de los parajes y la exuberancia de los bosques contrasta con la hierática frialdad malévola de una Ellen que está en plena concepción de su primera acción fatal. Éste es quizá uno de los puntos flacos de la cinta, el desaprovechamiento del color para el uso de exteriores, limitado prácticamente a las secuencias del lago en la cabaña de Maine, mientras que las fases de la tama que transcurren en Nuevo México (excepto la secuencia del funeral) y Georgia quedan un tanto descuidadas. Donde el color luce en toda su plenitud es en todas y cada una de las tomas en las que aparece Tierney, encarnación de la sensualidad y de la maldad, dulce, atractiva, sexual y letal como una mantis religiosa, a cuya exaltación contribuye toda la puesta en escena, desde las angulaciones escogidas para la cámara (especialmente para camuflar su baja estatura, claramente perceptible en la secuencia del cañón, subida al caballo) hasta la natural labor de vestuario, maquillaje y peluquería. No ocurre así con Cornel Wilde, oponente demasiado débil y acartonado que no está a la altura artística de su compañera, hecho que desequilibra un tanto la historia al no ser capaz de transmitir con energía y credibilidad el torbellino de deseos, pasiones y odios que bulle en su interior en distintos momentos del filme.

En cuanto a las carencias, la figura de Wilde no es la única, ni siquiera la principal. Se echa de menos una mayor consideración de las perturbaciones psicológicas de Ellen, una explicación más detenida de los orígenes y de otras manifestaciones anteriores de la misma. La cuestión paterna, insuficientemente tratada, no ofrece una visión general y adecuada de su patología, y las insinuaciones que distintos personajes hacen durante el metraje sobre la capacidad de Ellen para avinagrar la relación entre sus padres bien pueden indicar una atracción incestuosa como un complejo de Electra o bien un odio visceral por la figura materna, con los distintos, radicalmente distintosm y opuestos efectos que esos matices diferentes pueden generar en la apreciación y la evolución del personaje, y en la explicación y el entendimiento de su comportamiento. Estas lagunas se extienden a otros pormenores del argumento, cuestiones que no aparecen en la dimensión necesaria (el personaje de Ray Collins, un abogado que se limita a contar la historia en flashback y en servir de pretexto para que Richard y Ellen se conozcan, pero que apenas adquiere protagonismo durante unos minutos entre Nuevo México y la apresurada escena del juicio, siendo más que nada un figurante necesario con frase), elipsis de momentos y situaciones que quizá hubieran merecido un tratamiento explícito, y que van combinadas con ciertas prisas y alguna que otra liquidación por la vía rápida de conflictos que bien podrían haber merecido mayor detenimiento (la recuperación de Ellen tras su convalecencia, por ejemplo, o todo el episodio judicial, con Russell como fiscal y con Glen como abogado defensor que ni interviene ni pregunta ni protesta ni interroga, que contribuye a cerrar el drama y a mostrar el colofón final de la pérfida red de mentiras de Ellen).

Con todo, si la película merece el visionado repetido y el recuerdo permanente en el cinéfilo, se debe al personaje de Ellen, a la magnífica interpretación de Gene Tierney, y a la capacidad de Stahl para mirarla, para mostrar su belleza y su brutalidad, caras de una misma moneda, con apasionada cercanía, frío distanciamiento y mirada clínica (las expresiones que causa en otros personajes, como el doctor de Georgia, descubrir las mentiras y manipulaciones, vertidas de forma tan natural, de Ellen). Que el cielo la juzgue es un monumento a Ellen, a Gene Tierney, un tanto estropeado por el necesario final feliz impuesto por la época, pero que perdura a mayor gloria de una actriz que luce colosal tanto cuando ama como cuando mata, con imágenes imborrables que fascinan tanto por la atracción que despiertan como por la inquietud y el temor que encubren, ya sea remando indiferente en el lago, con albornoz y gafas de sol, majestuosa y gélida en lo alto de una escalera con su bata de noche, sensual y provocativa mientras lee en un tren, o doliente en la cama mientras usa la agonía como lazo fatal para una trampa mortal. El mal en estado puro. El demonio más bello concebible y, por ello mismo, el más letal, capaz de asesinar cuerpo, mente, alma, amor y corazón.

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