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Richard Hannay

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Para el cine, Raoul Walsh es sinónimo de ritmo. Las películas de Walsh son pequeñas piezas de orfebrería narrativa, densas, jugosas y complejas tramas a menudo comprimidas en metrajes concentrados, económicos, comedidos, historias que fluyen en su propia inercia y que arrastran a personajes y espectadores en un carrusel en que las secuencias se suceden en una marcha frenética sin descuidar el contenido, la importancia de cada diálogo, la relevancia de cada detalle importante para el argumento. En el caso de Perseguido (Pursued, 1947), nos encontramos además con una mixtura de géneros en que el escenario del western tardío (nos hallamos en los albores del siglo XX) se entremezcla con el film noir, el thriller psicológico y el melodrama. A ingredientes puramente propios del cine del Oeste, como son la venganza, la lucha entre rancheros o la rivalidad masculina, cabe añadir la influencia de un destino fatal predeterminado, el tormento personal y el culebrón familiar para conformar un puzle de situaciones, sentimientos y traumas que Walsh y el guión de Niven Busch desgranan con maestría en 97 minutos.

El relato parte de un flashback que emparenta la cinta directamente con la corriente negra entonces en alza. Thor Callum (Teresa Wright, bellísima y nada pavisosa en esta película, en la que es presentada como la estrella principal en los créditos) cabalga hasta una abandonada propiedad en un remoto rincón rocoso de Nuevo México; allí se oculta Jeb Rand (Robert Mitchum), el antiguo hermano adoptivo que con los años se convirtió en su esposo, al que una oscura amenaza le obliga a huir. El lugar encierra un misterio sobre el pasado de Jeb, la muerte de su familia y el vínculo que se estableció con los Callum gracias a su madre (Judith Anderson), que lo llevó a su casa y lo crió junto a sus propios hijos, Thor y Adam (John Rodney), a pesar de los deseos de su cuñado Grant Callum (Dean Jagger) por culminar su venganza en él, exterminar a toda la familia Rand y evitar futuras tentativas de venganza. Con el tiempo, los sentimientos mutuos entre Thor y Jeb, la rivalidad de este con Adam por la primacía en la familia y en el rancho, y la reaparición de Grant, convertido ahora en un importante hombre del gobierno de Nuevo México, van tejiendo una red de resentimientos, odios y rencores alrededor del pasado intuido por Jeb hasta que su retorno de la guerra de 1898 con España actúa como detonante de la violencia.

Se trata, por tanto, de un personaje que, siguiendo la tradición noir, se ve abocado a un destino trágico cuyos condicionantes son previos a él pero actúan de manera autónoma y metódica hacia su inexorable conclusión. Los vanos intentos de Jeb por que quienes conocen su pasado le revelen lo ocurrido chocan con los únicos fragmentos de memoria que pueblan sus recuerdos: la visión y el roce metálico de unas espuelas entrevistas desde su refugio en una noche remota y unos fogonazos que rompen la oscuridad. La búsqueda de la raíz del trauma y su superación actúan así como motor de la cinta. El melodrama familiar (el hermano adoptivo enamorado de la chica y el enfrentamiento con su hermano, en el que flota un enrarecido clima incestuoso) y el eterno retorno de ese destino implacable en forma de fatalidad (Jeb mata contra su voluntad, en defensa propia y sin saber contra quién o por qué se ve obligado a disparar; debe afrontar situaciones que él no provoca pero de las que se convierte en víctima indirecta) son el aderezo de una historia que en su tramo final sí fluctúa hacia parámetros más habituales en el western. Así, en la línea de Nicholas Ray o Anthony Mann, y adscribiéndose al interés despertado ya desde los años 30 pero especialmente e la segunda mitad de los 40 por las tramas de tintes psíquicos, psicológios y psicoanalíticos, Raoul Walsh no se limita aquí a ofrecer un producto de acción, sino un western extrañamente estático, reflexivo, de situaciones, con predominio de personajes y diálogos sobre los tiroteos (minimalistas), las peleas y las cabalgadas, con una redentora conclusión que permite eludir las últimas implicaciones del género negro.

Tan importante es la confluencia de géneros en la película que Walsh utiliza a uno de los maestros de la fotografía en blanco y negro, James Wong Howe, para crear unos ambientes sombríos y amenazantes, repletos de juegos de luces y sombras, en que los cuartos oscuros, los huecos de las escaleras, los establos, porches y callejones cobran una importancia capital. En este punto, la secuencia del velatorio resulta magistral (el uso de la profundidad de campo con la puerta de entrada al fondo para observar a madre e hija recorriendo toda la distancia hasta el féretro, la cámara colocada cerca del suelo y la angulación que muestra el techo de la estancia para incrementar la sensación de incomodidad y asfixia), como también el tiroteo nocturno con el personaje de Harry Carey Jr. Por el contrario, los exteriores, instantes todos ellos que tienen que ver con Thor (Jeb está en su compañía o va a su encuentro) son luminosos, soleados, situados en espacios abiertos y diáfanos con un amplio horizonte a la vista. El contrapunto entre ambos ambientes lo rubrica la música de Max Steiner, grandilocuente, pomposa como corresponde en la tradición del western cuando la acción y las transiciones lo requieren, e intimista, retorcida, obsesiva, cuando son los traumas de Jeb y las tensiones dramáticas los que cobran protagonismo.

Como toda película de la época contada en clave psicológica, la traslación de este aspecto no queda muy lograda. El tormento de Jeb y los sucesivos cambios de estado anímico de Thor, no obstante coherentes, son narrados sin el suficiente detenimiento, incluso con precipitación, sin que dé tiempo al espectador a establecer una evolución lógica en sus maneras de pensar y de sentir. La coincidencia de la "iluminada" toma de conciencia de Jeb con el momento crucial del film, su presencia en la antigua casa de su familia asesinada en el instante clave y el final nuevamente salvador que repite el devenir de su primera supervivencia de niño, hoy se ve como un capricho narrativo, como un final forzado. Sin embargo, esta resolución un tanto acelerada no priva del disfrute general de esta magnífica joya del maestro Walsh, compendio de todas sus virtudes como cineasta, otro ilustre miembro del club del parche cuya filmografía se hace imprescindible para entender el cine clásico. O el cine, a secas.

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