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Richard Hannay

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Cuatro actores mediocres de una compañía en liquidación, Margarita (Anna María Ferrero), Emilio (Jacques Sernas), Mercedes (Lina Rosales) y Mario (Fernando Rey) son citados por su director, Ignacio (Pastor Serrador), a una hora intempestiva de la noche en el teatro donde hicieron su última representación, con el fin de discutir el futuro de sus relaciones contractuales. Las calles están desiertas, húmedas y frías a esas horas de la noche, solo un viejo violinista acompaña con sus tristes melodías la caída de la oscuridad. Sin embargo, Ignacio se retrasa, y eso hace que los cuatro compañeros comiencen a intercambiar sarcasmos, reproches, anécdotas, recuerdos e invectivas. Al menos hasta que Emilio descubre el cuerpo de Ignacio en su despacho del teatro, cosido a tiros y desfigurado. Nadie conocía su reunión excepto ellos cinco, y de repente se dan cuenta de que las puertas del teatro están cerradas. Por tanto, uno de ellos puede ser un asesino, y a nadie le consta que su propósito fuera matar solamente a Ignacio...

La premisa de Culpables, resulta así lo más estimulante de un film irregular, con aciertos parciales pero endeble en el conjunto. A priori, la fórmula funciona. En los compases iniciales de la trama, los egos de los cuatro invitados chocan entre sí, se retrotraen a los primeros tiempos de la compañía, a los primeros encuentros y relaciones (narrados en forma de flashback), al enamoramiento de Mario y Mercedes y a los coqueteos de Ignacio con toda actriz a su alrededor (incluida Margarita), y también a sus primeros choques y enfrentamientos, con Ignacio y entre ellos. Sobre todo, el hilo conductor es el común resentimiento de todos hacia Ignacio con motivo de los draconianos contratos con que los mantiene vinculados a la compañía, que les impiden aprovechar su naciente fama para trabajar en otros montajes o en otras ciudades, y también los continuos impagos de sus emolumentos, situación que los sujeta a Ignacio, les impide escapar de él y, al mismo tiempo, ganarse la vida con su profesión buscando el porvenir en otra parte. Este tejido de relaciones a cinco bandas cumple una función primordial en el argumento: el reparto racional y proporcional de las sospechas entre los cuatro posibles asesinos. El marco, un teatro desvencijado en el que la fotografía cumple su cometido de dibujar una atmósfera amenazante y misteriosa, llena de peligros y secretos que se esconden tras cualquier puerta o al final de una escalera; la música, que apunta al tono de inquietud general; y la ambientación (disfraces, vestidos, maniquíes, camerinos, almacenes, máquinas de luces, tramoya, patio de butacas, palcos, etc.), contribuyen al clima de desasosiego y angustia generado por las mutuas sospechas y las cada vez más claras motivaciones de cada uno de ellos para haber querido acabar con Ignacio. Además, el teatro como quinto personaje, su sombra de ficción sobrevolando el drama, haciendo confundir realidad con interpretación, verdad y mentira, vigilia y sueño, dota al argumento de un aire de inseguridad, de desconfianza, dado que el espectador no sabe hasta qué punto lo que ocurre, lo que se dice, lo que se espera, es producto de la situación o bien una maniobra de fingimiento.

En cuanto a los puntos flacos, destacan en primer lugar las interpretaciones, muy irregulares (la de Pastor Serrador, en especial, es pésima), así como los diálogos, a veces grandilocuentes, a veces obvios, otras demasiado tontos, casi siempre impostados. Un lastre de la cinta es el necesario doblaje en estudio para camuflar el acento francés de Sernas, lo que dota al visionado de una artificiosidad añadida que ensalza las trampas del relato (aprovechando la jugada, se dobla al resto de personajes, dando como resultado que solo Fernando Rey conserva su propia voz). Contada con buen pulso, la cinta se sostiene durante la primera hora de metraje (de un total de 80 minutos) pero decae al final, cuando los excesos de retorcimiento de personajes y situaciones y la naturaleza de la intriga se revela inconsistente y previsible, y, por añadidura, aparece el personaje de Roberto Carmardiel no se sabe de dónde o por qué. El colofón, el cierre moralista y redentor tan propio de la época, a veces impuesto por la censura franquista, otras por el propio gusto de los promotores y productores con el fin conectar con el público o evitar los cortes de la autoridad, termina de afear el desarrollo de una película que sobre el papel resulta más interesante y redonda que en su traslación a imágenes.

Con todo, se trata de un film curioso y atractivo, cuyo planteamiento, el abandono de cuatro actores a su suerte en un teatro abandonado, con un cadáver, una posible acusación policial y un asesino oculto entre ellos, con el mundo del teatro como trasfondo, y la acción concentrada en una única madrugada (de la caída de la noche al amanecer), interesa y atrae, tanto por el tema como por la forma (una fotografía en blanco y negro repleta de claroscuros, sombras y juegos lumínicos), e invita, por tanto, al menos a un visionado.

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