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Richard Hannay

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El trotamundos argentino Tulio Demicheli, director de productos de todo género, condición y nivel de calidad en Argentina, México, Italia y España a lo largo de una prolífica carrera de más de cuarenta películas, es una presencia continua en el cine español desde finales de los cincuenta hasta bien entrados los setenta, a cuyas órdenes trabajaron durante ese tiempo importantes nombres del panorama nacional como Sara Montiel, Alberto Closas, Carlos Casaravilla, José Luis López Vázquez, Concha Velasco, Rafael Alonso, Fernando Rey o Roberto Camardiel, entre muchos otros. En esta, su cuarta película española (al año siguiente de su llegada, lo cual tiene mucho mérito), reúne al mexicano Arturo de Córdova y a la "diva" española Aurora Bautista para ofrecer un producto de intriga psicológica algo descafeinada, en la que el suspense y la comedia van de la mano.

Carlos (Arturo de Córdova), un famoso dramaturgo, parte junto a su depresiva esposa, Julia (Aurora Bautista), por consejo de su médico (José María Caffarel), a pasar unas largas vacaciones en una populosa playa frecuentada por gente de la alta sociedad. Con ellos viaja otra pareja de amigos (María Dolores Pradera y Manuel Aleixandre), ya que el matrimonio echa chispas y necesitan compañía que ayude a aliviar tensiones. Carlos sufre de bloqueo creativo y eso aumenta sus nervios, y la indolencia de Julia crece por momentos hasta superar la frontera de lo maleducado y lo desagradable. Pero, de improviso, todo cambia: en la habitación de al lado, la suite nupcial, se aloja Juan Roldós, un célebre playboy de la zona, de dudosa reputación y famoso por tirarle la caña a acomodadas señoras casadas; Julia entra en contacto con él, escucha nerviosa sus melodías al piano desde el otro lado de la puerta, y se emociona cada vez que él le pasa notas manuscritas en las que le pide citas, encuentros a espaldas de su esposo, y, aunque rechaza sus ofrecimientos (es una mujer casada y decente, y la película transcurre en la España de los sesenta), encuentra un aliciente para su vida en las atenciones de ese desconocido. Pero Carlos descubre el juego que se traen entre manos y, convencido de la culpabilidad de Julia, sigue a Roldós una noche y lo asesina... O al menos eso creen Julia y sus amigos, y también un extraño y sordo inspector de policía, que aparece por el hotel con testigos que proclaman la culpabilidad de un Carlos que, sin embargo, se declara inocente...

La película posee una doble naturaleza que en ningún momento logra ensamblarse con suficiencia. Como cinta de intriga, el argumento pivota sobre tres líneas básicas: la hipotética culpabilidad de Carlos, la aparición de una despechada antigua amante de Roldós, resentida porque este ha puesto fin a su relación, y las extrañas evoluciones del inspector, cuyos comportamientos poco ortodoxos como policía hacen dudar de la naturaleza de sus intenciones. Por otro lado, como comedia, la historia utiliza el contrapunto de la pareja de amigos de los protagonistas, en especial la magnífica interpretación de un Manuel Aleixandre más payaso que de costumbre, y también la aportación de un personaje secundario, un veterano camarero del hotel que, harto de atender a extranjeros de toda procedencia en sus peticiones absurdas, complejas, foráneas y carentes de gusto, se emociona cuando se encuentra a clientes españoles de pura cepa que piden cosas tan sencillas como un café solo (este personaje, y su paródica lectura de los contrastes culturales, y también de libertades, entre los visitantes extranjeros y la óptica tradicional española del "como debe ser", son lo mejor de la película). La intersección de ambos aspectos es el personaje de María Dolores Pradera, la amiga y cómplice de Julia en sus escarceos románticos con el vividor Roldós, que también descubre la clave del misterio que les amenaza en la playa, y, por último, es quien mantiene los diálogos más ácidos y divertidos con su débil y patético marido (Aleixandre). En cambio, ni Arturo de Córdova ni Aurora Bautista logran dotar a sus personajes de una dimensión que vaya más allá de su superficie de marido celoso (nada que ver con su magistral interpretación previa para Buñuel ocho años antes en un papel mucho mejor definido y compuesto) y de esposa angustiada, respectivamente. La resolución de la trama, el desenlace del secreto, tampoco contribuye a elevar el tono, como suele ocurrir en el tipo de productos (incluso en los que Hollywood fabrica sin medida últimamente) que más pretenden impactar al espectador que ser coherentes con sus propias reglas de guión.

La película se constituye por tanto como un elocuente ejemplo de autocensura propio de la época. Renunciando a explorar las jugosas posibilidades argumentales de su planteamiento (infidelidad, adulterio, crimen, tortura psicológica, persecución policial y complicidad para lograr la impunidad), sus 84 minutos se escoran hacia posturas moralmente "cómodas", buscando en el humor costumbrista y en el juego teatral del vodevil de parejas la coartada narrativa de la que se priva por voluntad propia, y suavizando sus extremos más comprometedores hasta desactivarlos y anularlos. Más allá de su premisa y de lo fallido del desarrollo y la conclusión, que a pesar de ello se dejan ver de manera inofensiva, son por tanto los esporádicos brotes de humor (algunos muy agudos), la interpretación de Manuel Aleixandre y la curiosa aparición de María Dolores Pradera, que las últimas generaciones del público español (si es que saben quién es) identifican más con la canción que con su faceta de actriz, los motivos que justifican el visionado (uno como máximo) de esta película que sigue la línea tibia, ligera y mediocre que, en general, sigue la filmografía de Demicheli en sus distintas vertientes internacionales.

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