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Richard Hannay

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Lo primero que llama la atención de Mientras Nueva York duerme (While the city sleeps, Fritz Lang, 1956) es su excepcional reparto: Dana Andrews, Rhonda Fleming, George Sanders, Vincent Price, Thomas Mitchell, Ida Lupino y, entre los secundarios, Howard Duff, John Barrymore Jr., James Craig o Vladimir Sokoloff, entre otros. Lo segundo, es la estupenda combinación entre cine de intriga (con tintes negros), drama, romance y ambiente periodístico que desarrolla la historia a lo largo de sus 99 minutos de metraje.

El hecho criminal, los asesinatos de mujeres jóvenes y apetitosas cometidos por un psicópata (Barrymore), no son otra cosa que el pretexto para lo que le interesa contar al guión de Casey Robinson (inspirado en una novela de Charles Einstein), los cruces de caminos sentimentales y profesionales entre distintos personajes alrededor de un poderoso grupo de comunicación que incluye un periódico, una emisora de televisión y una agencia de noticias. La muerte de Amos Kyne, el carismático dueño del grupo Kyne, tiene lugar súbitamente, pero no antes de que haya podido aleccionar a sus redactores sobre la manera de tratar adecuadamente el caso del asesinato de mujeres para explotarlo convenienvemente en sus periódicos: bautiza al criminal como "el asesino del pintalabios", ya que ha dejado un mensaje de lectura psicoanalítica (el texto alude a la figura materna) pintado en la pared del apartamento de una de las víctimas con un lápiz de labios. La toma de posesión del asiento del dueño por su díscolo, irresponsable y vividor hijo Walter (Vincent Price) viene acompañada por su ocurrencia para hacer competir a sus empleados y lograr así exprimir hasta el límite la noticia. Crea un puesto de director ejecutivo que ocupará quien resuelva el crimen. Mark Loving, responsable de la agencia de noticias (Sanders), Day Griffith (Mitchell), editor del periódico, y Harry Kritzer (James Craig), redactor y responsable de fotografía e ilustraciones, compiten desde entonces por esclarecer su comisión. Situado al margen, Ed Mobley (Andrews), que disfruta de su fama de escritor tras haber recibido el Pulitzer y del éxito de su programa de televisión, idea junto a su amigo el teniente Kaufman (Duff) un arriesgado plan para encontrar al culpable: usar como cebo a Nancy (Sally Forrest), la secretaria de Loving, con la que acaba de prometerse en matrimonio. No obstante, la lucha profesional viene condicionada por las relaciones personales: Ed se compromete con Nancy, pero desea a Mildred (Lupino), redactora y esposa de Loving; este, a su vez, acosa abiertamente a Nancy; por otro lado, Harry mantiene una relación adúltera con Dorothy (Rhonda Fleming), la esposa del nuevo propietario...

La película teje así una red de heterogéneos elementos que confluyen en un único clímax: un asesino psicópata con frustraciones sexuales y sometido a una madre dominante; una aproximación crítica a la estabilidad matrimonial y a las relaciones de pareja, en concreto de las infidelidades de distinto signo a la rutina y el aburrimiento que preside el anodino noviazgo de Nancy y Ed; el uso del erotismo y el sexo para la consecución del éxito personal, social y profesional (así se adivina en los personajes de Fleming y Lupino, carnal, sensual, absolutamente voluptuosa la primera, más sofisticada y glamurosa la segunda); la lucha de jerarquías, maquinaciones, envidias y enfrentamientos profesionales en torno a los medios de comunicación; la tentación de caer en el sensacionalismo en la continua búsqueda por vender más ejemplares u obtener más audiencia, aunque sea a costa de explotar los detalles morbosos por encima del rigor informativo o de la verdad periodística...

Situada en el despegue de la televisión como medio de masas a mitad de los años 50, uno de los elementos más curiosos es el retrato del trabajo "artesanal" en el ambiente televisivo de los primeros tiempos. No obstante, la gran fuerza de la historia descansa en el clima puramente periodístico, tanto en la redacción, los despachos, la sala de teletipos y, en especial en las relaciones de poder y ambición entre sus paredes, como en los bares y en las largas madrugadas de copas. La película mezcla a la perfección en sus 99 minutos el suspense, el romance y el drama, dejando a un lado la investigación puramente criminal. De hecho, excepto los intentos de Ed y Kaufman por identificar y atrapar al asesino, la trama se concentra en analizar los distintos comportamientos laborales y sentimentales de los personajes entre sí. Eso no impide que haya estimables secuencias de intriga, como la persecución callejera que finaliza magistralmente en los túneles del metro. Pero el punto fuerte es la agilidad no carente de tensión y suspense con la que Lang conduce las evoluciones de los protagonistas, encuentros y desencuentros, alianzas de intereses, ayudas de circunstancias y odios enconados, que tienen como epicentro el ascenso profesional.

En otro plano, la película parece oponer igualmente erotismo y amor (con un elaborado paralelismo entre estos sentimientos, aparentemente tan antagónicos como el sensacionalismo y el auténtico periodismo), haciéndolos incompatibles, separando claramente lo que es sometimiento a la pulsión sexual (ahí está el personaje de Fleming, sus cuidadas tomas en bikini o la sensual secuencia de su masaje) en la relación entre Harry y Dorothy o en el uso del sexo por parte de Mildred para obtener información que poder utilizar en sus artículos o en sus intereses personales en la empresa (complementado por el cinismo marca de la casa del personaje de George Sanders, que incluso la anima a ello cuando esos intereses son comunes), con el soso flirteo romántico entre Ed y Nancy, responsable en última instancia de la anticlimática conclusión del filme, más propia de una ligera comedia romántica que de una truculenta historia de ambiciones periodísticas con crimen de fondo. Tal vez la apertura de este otro frente y la necesidad de contar con caracteres adecuados para sostenerlo hacen que el núcleo central de la historia quede un tanto disperso, y que provoque cierta sensación de que sobran personajes y situaciones que terminan por salpicar el filme de altibajos de interés narrados con un ritmo irregular.

No obstante, la película, además de erigirse por sí misma como un valioso análisis del mundo del periodismo, supone un magnífico complemento para el otro título rodado ese año por Lang, Más allá de la duda (Beyond a reasonable doubt, 1956), también con Dana Andrews, y un perfecto colofón para su dupla de títulos negros del 54, Los sobornados (The big heat) y Deseos humanos (Human desire), en el desarrollo de un común interés por bucear en el lado oscuro y a veces traumático de las motivaciones personales.

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