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Richard HannayMiembro desde: 11/11/10

Richard Hannay

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12/11/2012

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El visionado de esta excepcional película de Carlos Saura, otro aragonés (oscense con vinculaciones murcianas, para más señas) universal, siempre retrotrae a quien escribe a esa pintura de otro ilustre paisano, el maestro Francisco de Goya, en la que dos tipos en apariencia de extracción rural, enterrados en arena hasta las rodillas, se enfrentan garrote en mano a vida o muerte en Duelo a garrotazos. Esa imagen aparentemente inocente, gratuita, banal, expresa de plano la esencia de la historia de España desde el momento -1808- en que en este país empieza a existir algo parecido a la conciencia política, jurídica, social, colectivas, el año en que podemos empezar a hablar de sociedad pensante, no de vasallos o de súbditos, el momento en que el ciudadano vislumbra la posibilidad de alcanzar algún día cercano la mayoría de edad, sin tutelas, patronazgos ni paternalismos de curas corruptos o nobles analfabetos y ladrones, y España se da cuenta de que en pleno siglo XIX vive todavía, de facto, en pleno medievo (como escribe Buñuel -otro aragonés eterno- en sus memorias: en Calanda la Edad Media llegó hasta 1900). En ese momento, y ya a tiro limpio fratricida, comienza a plasmarse históricamente el drama de las dos Españas -o más-, que no ha dejado de representarse, en distintos grados de violencia, rencor e intolerancia, hasta los mismos titulares de la prensa de hoy. Los privilegiados se resisten a abandonar sus privilegios, desean a toda costa, y no pocas veces a golpe de cañón, mantener su posición de señor feudal, tanto en el plano material como el espiritual y el intelectual. El resto del país, la gran mayoría -aunque una vez tras otra debe contemplar como parte de esa gran mayoría se pasa a las filas de los señores feudales, con pretextos tan absurdos como el miedo, la patria o la bandera-, luchan, a veces con el mismo grado de encono, violencia y crimen, para abrir el marco de ese club de bendecidos por la fortuna lo justo para que les deje penetrar a ellos individualmente, y si puede ser a nadie más, pasando, una vez admitidos, a defender la exclusividad de su nuevo estatus frente a sus antiguos aliados, sus compañeros naturales, que se asoman defraudados al abismo del desengaño, del desencanto, de eso tan hispánico -y tan aragonés- que es el abandono. Esa naturaleza íntima de esta sociedad en algunos aspectos enferma, inculta, incluso miserable a veces, cainita, devoradora de sí misma, Saturno devorando a sus propios hijos, cansada -como dice el propio Saura (comentario dedicado a mi amigo Paco Machuca, que lo recuerda a menudo): España es muy cansada-, retrasada en lo político, lo jurídico, lo social y lo cultural, ensimismada en el espejismo que suponían hasta hace nada sus repentinas, abundantes y engañosas comodidades materiales, hoy en riesgo, y en la actual propaganda de los progresos y los triunfos deportivos, esa sociedad en la que los destellos de honradez, excelencia y maestría nunca se producen ‘gracias a’ sino siempre ‘a pesar de’, es captada de nuevo por Carlos Saura en su película debut de 1965, La caza, en la que, como fue habitual en el primer cine de este aragonés, se exploran los efectos que la memoria histórica reciente -eso que nunca quieren recordar los que verían sus vergüenzas puestas al aire- y especialmente los ecos de la guerra civil y del enfrentamiento a muerte entre iguales, a garrotazo limpio y semienterrados en la arena -o más bien, en nuestro caso, en puro fango-, perviven en los seres humanos que vivieron, padecieron, o viven y padecen, o vivimos y padecemos, el resultado de aquellos malos tiempos.

Pero Saura no lo hace desde el panfleto o el discurso dogmático, sino desde una sutil y asfixiante escalada de odio y violencia surgida de una aparente nadería: un grupo de yuppies modernos tipo años sesenta, de esos que viven esa primera borrachera de prosperidad, que pronto se verá que es falsa, surgida del fin de la autarquía franquista y del desembarco turístico, dedican un día de ocio y descanso a acudir a un coto de caza para matar conejos (Hispania: tierra de conejos). Son José (Ismael Merlo), Paco (Alfredo Mayo, toda una institución en el cine franquista), José María Prada (Luis), tres antiguos amigos, y Quique (Emilio Gutiérrez Caba -no perderse sus mini-shorts…-), el joven cuñado de Paco, el único que, por edad, no vivió la guerra civil. Pronto captamos el constraste entre el país pasado y el presente: su entorno desolado, desértico (la película se rodó en la provincia de Toledo), salpicado aquí y allá a los lados de la estrecha y mal asfaltada carretera o de las empedradas pistas rurales por parideras, chozas y humildes viviendas de labriegos y pastores, choca con los diálogos y la vida de la que hablan los cuatro protagonistas, exploradores modernos en un mundo que, oficialmente, tal como se vendía desde el poder, ya no existía. El choque, el cambio, es también personal y moral: mientras ese mundo permanece anclado en la Edad Media, José, por ejemplo, está separado de su mujer desde que tiene una amante -Maribel, mucho más joven que él-, separado en un mundo que hace de la moral católica ley escrita. Lo mismo le ocurre a Luis, separado también de su mujer, aunque en este caso por sus propias rarezas, su carácter hosco, su afición a la bebida. En Luis se da además un inesperado vínculo con la modernidad: su afición a las novelas de ciencia ficción. Paco, en cambio, vive para el dinero, para hacer fortuna. Su prosperidad económica, su crecimiento constante, es el vehículo de Paco para dar la espalda a ese mundo pasado que ha abrazado al sumergirse tras haber aceptado la oferta de José, con el que se encontró casualmente tras haberse perdido la pista durante algún tiempo -cada uno volcado en sus ambiciones personales, olvidando Paco que un día José le salvó de la ruina gracias a un empleo de camionero en su empresa-, y que sabe que tras esa invitación no hay sino un proyecto de saldar su deuda pendiente, o lo que es lo mismo, el deseo de José de que Paco le preste dinero para sanear su fábrica y soportar los altos costes de su adulterio. La amoralidad de Paco no tiene límites: pronto adivinamos que su matrimonio con la hermana de Quique, un mozo de buena familia, no es más que una forma de emparentar con el dinero. La vinculación de Quique con la modernidad viene de cuna y se plasma en sus artilugios y aparatos tecnológicos: que si la radio para escuchar música -canciones risibles, banales, adolescentes, tontitas, de aquellos años-, que si la cámara de fotos para tomar instantáneas, que si la pistola Lüger que guarda su padre -vinculación con el Régimen sutil y magistralmente establecida mediante un símbolo tanto de la violencia como de la antigua amistad entre Franco y Hitler, convenientemente disipada por la propaganda oficial con el paso de los años-, que si un ansia desmesurada por pegar tiros de escopeta…

Mientras tanto, el entorno, esa zona rural de Toledo, esas chozas y caseríos viejos situados en medio de un pedregal, son el pasado, la ruina, la memoria de un país viejo y exhausto que es un inmenso terreno baldío solo apto para el crecimiento de siervos -Juan, el guarda del coto, interpretado por Fernando Sánchez Polack, el hermano de Tip, y su hija Carmen, enseguida deseada por Quique) y para el divertimento de esos ociosos urbanos que en cuanto obtengan lo que quieren, divertirse criminalmente a costa de los conejos, volverán a la ciudad, a ese país virtual que creen que es el auténtico. Su Land Rover -el mejor todo-terreno concebido por ser humano, un todo-terreno de verdad para ensuciarse, pringarse, sumergirse a gusto en la tierra, nada que ver con esos cochecitos de ruedas altas y gruesas diseñados para que los pijos de ciudad farden en los semáforos mientras se hurgan en la nariz y escuchan graznar a Shakira por la emisora de radio cutre del momento- es una especie de nave perdida en un mar de piedras, sol inclemente y montículos de matojos y arena. Esa confraternización entre los cuatro cazadores, artificiosa, hipócrita, falsa, pronto se demuestra como lo que es, una componenda interesada, egoísta, en la que todos buscan cumplir un objetivo personal o bien dejar explotar su frustración con el asesinato de unos animales. Incluso Quique, al que adivinamos aburrido y rutinario en su vida común en la ciudad. Saura maneja sabiamente la tensión creciente, con simbología evidente, en algunos casos demasiado -por ejemplo, los créditos iniciales se superponen a una toma de unos hurones (animales que auxilian en la caza del conejo penetrando en las madrigueras y haciéndolos salir al llano) en su jaula-, con diálogos que sugieren más que cuentan -el pasado de José y Paco, su relación personal y económica, su intervención, y la de Luis, en la guerra, la sangrienta batalla, ‘aquí murió mucha gente’, dice Luis, que tuvo lugar justo en el coto de caza, el cadáver, ya todo huesos, que conserva oculto José como testimonio de aquellos tiempos-, que van perdiendo su lúdica caracterización para ir ganando poco a poco en amargura, rencor, irascibilidad y sarcasmo cruel para alimentar el instinto violento de unos hombres que se odian y que poseen armas cargadas, como poseen secretos envenenados y un odio, una frustración y una vergüenza de sí mismos que amenaza en cualquier momento con desequilibrarse, con desbordarse, con salpicar a los otros.

Saura (Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín por esta película), con producción de Elías Querejeta, crea una acertada atmósfera de desasosiego, cansancio e incomodidad, el calor creciente impregna los primeros planos de los personajes, los llena de sudor, de indolencia, de hartazgo, empapa sus camisas y camisetas, transmite esa incómoda sensación de humedad, de saturación, de suciedad. Al mismo tiempo, la verborrea de los personajes va ganando en sarcasmos, retos, desafíos intercambiables y constantes pullas, casi casi como los ladridos de la perra de caza, estupendamente mostrados por Saura con los personajes escupiéndolos a cámara, mirando a ella directamente, hablando al espectador, mientras van ganando en contundencia, desaire y brusquedad. Una violencia que encuentra su mayor esplendor en las largas tomas que dedica a mostrar, una por una, las muertes de una buena cantidad de conejos bajo los disparos de los cazadores, justo en el mismo lugar donde décadas antes otros cazadores se cobraron, también a tiros, otras piezas, cuyos restos abonan los matojos que crecen aquí y allá. O también en la pausada labor del panadero del pueblo, despellejando el animal que en pocos instantes va a comerse junto a sus familiares. Los intentos de contemporizar, de rebajar la tensión, se ven enseguida inútiles, infructuosos, y la única salida que se percibe es la catarsis violenta, el odio por el odio, el garrote. La última imagen antes de un final cortante, abrupto, es la de Quique, corriendo locamente, dejando a un lado el todo-terreno que es su única conexión con la modernidad, sin que sepamos si corre para buscar ayuda o si lo hace para huir, antes de que la palabra FIN ilumine el fundido en negro.

La caza es una de las películas imprescindibles del cine español, una de las actas fundacionales de ese Nuevo Cine Español de los 60 y 70 que hoy, con la cinematografía nacional buscando su prosperidad en la emulación de fórmulas industriales y pseudocreativas hollywoodienses, es solo un recuerdo. Es una de esas películas que prueban que otro cine era posible en España, que no tiene nada que ver con las apoteosis folclóricas de esos espacios de cine franquista que todavía TVE programa hoy, mientras deja de lado los mejores productos del cine español de aquella misma época, que buscaba por otra vía esa madurez, esa mayoría de edad, esa demostración que los ciudadanos de este país ya no eran siervos ni súbditos, sino ciudadanos, y que necesitaban un país -y siguen necesitándolo- acorde con su nueva condición. Como en toda buena película, los matices y derivaciones de su crecimiento como obra de arte no tienen fin y abarcan incluso aspectos extracinematográficos, se proyectan en la sociedad de la que surge y a la que vuelve: la película se filmó en el pueblo de Esquivias y en un coto de caza de la localidad de Seseña, lugar de las fechorías urbanísticas del famoso Paco ‘El Pocero’, precisamente en un entorno desolado muy parecido, un monstruoso catafalco de cristal, cemento, hormigón y ladrillo levantado en medio de la nada. Una imagen ilustrativa de la España de hoy, no tan distinta de la de ayer, en el mismo espacio desolado, desértico, en el mismo teatro de la violencia cainita, del odio entre hermanos, entre iguales, teatro del horror para el exabrupto, la corrupción, la violencia y la muerte. España pura y dura, en 1808, en 1936, en 1965. Y hoy.

Goya es considerado por muchos el primer reportero de guerra, el primer cronista de viñetas, y también el primer ‘cineasta’. Su Duelo a garrotazos sigue tan vigente en España como hace doscientos años. Los garrotazos continúan.

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