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Richard Hannay

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Abrimos temporada con La mujer pirata, hermosa, vibrante y colorista aventura dirigida por Jacques Tourneur en 1951, encuadrada dentro de la llamada serie B pero que con el paso del tiempo ha ido adquiriendo un merecido reconocimiento que excede cualquier intento de devaluación que pueda pretender encerrarse en dicho calificativo. Las antiguas películas de serie B, cuya categoría venía marcada únicamente por el presupuesto invertido y, por tanto, por el segundo orden de las estrellas participantes y el número total de días de rodaje disponibles, ofrecen muy a menudo joyas que, por ejemplo, en el cine actual de presunta clase A, son imposibles siquiera de soñar. La mujer pirata es uno de esos casos: película pequeña, breve (78 minutos), de ritmo vertiginoso y entregada por entero a un carrusel de peripecias y sucedidos casi sin respiro, posee un subtexto y un lenguaje subliminal de una calidad y un nivel de sugerencia que ya quisieran para sí la mayor parte de los guionistas del cine comercial hollywoodiense de hoy.

La briosa partitura de Franz Waxman, después de un prefacio en el que se nos informa de cuáles han sido los últimos capitanes abatidos por la Marina de Su Majestad (que encontrará su contrapunto al final de la cinta), nos introduce de lleno en las andanzas del capitán Providence, amenaza del mar Caribe, cuya particularidad más llamativa es que se trata de una mujer (Jean Peters) -un hecho, dicho sea de paso, para nada fantasioso en exceso, puesto que, aunque arrinconadas por la historia, mujeres piratas, allí y en otras demarcaciones, las hubo, y bien guerreras, como la verídica Anne Bonny, en la que se basa ligeramente el personaje-. Anne Providence, heredera del puesto de su padre, es además la protegida del último de los grandes piratas, el capitán Teach, más conocido como Barbanegra (Thomas Gomez, con una barba -y ahí sí que se ven las limitaciones presupuestarias, que parece de esparto, o bien de broma, de las que se venden a las mujeres en las parodias judaicas para poder asistir a las lapidaciones...), y como tal coparticipa de no pocos de sus negocios y fechorías. Sin embargo, la ambición pecuniaria no es lo único que mueve a la buena de Anne: el rencor, en su máxima manifestación, la perpetua sed de sangrienta venganza contra los ingleses, asesinos de su hermano, dirige, en última instancia, sus pasos. Desde luego, ningún buque inglés debe esperar clemencia de la Reina de Saba, el barco de Providence, y lo mismo cabe decir de sus tripulantes, invariablemente pasados por la quilla. Excepto cuando se trata de corsarios franceses prisioneros que ella pueda rescatar, como ocurre con Pierre (Louis Jourdan), que entra a formar parte de la tripulación de Anne como piloto, ya que el suyo ha muerto en el abordaje, y que pronto le abre la posibilidad de nuevos horizontes, en forma de tesoros monetarios y de los otros...

Y ahí empieza el festival, una partida de naipes en la que cada jugador va de farol: a Anne, la mujer indómita sin espacio en su corazón para sentimientos, empieza a darle gustirrinín encontrarse en compañía del francés; este, al parecer, esconde algo bajo su identidad corsaria, tal vez su condición de espía y un cargo de oficial de la marina, quizá una esposa (Debra Paget) oculta en algún puerto del Caribe; Red Dougal (James Robertson Justice, en uno de sus papeles medidos como anillo al dedo), puesto entre los oficiales del Reina de Saba por Barbanegra para "proteger" a Anne, empieza a hacer igualmente de espía para su señor, máxime cuando, por vez primera, los intereses de Anne, quizá cegados por el amor, chocan con los de su mentor; mientras que el doctor Jameson (Herbert Marshall), un veterano de la vida, suelta cínicas y socarronas perlas en lo que es una agudísima y lúcida interpretación de lo que está viendo. A partir de ahí, la película se convierte en un tiovivo en el que los personajes se encuentran y desencuentran, se aman y se odian, se combaten y se ayudan, se atacan y se defienden, en la que cabe el amor, el desamor, el odio, los celos, la traición, la aventura, la avaricia, el desengaño, el cumplimiento del deber, la resignación y la redención. Lo más llamativo, obviamente, es la inteligencia de Philip Dunne y Arthur Caesar, los guionistas, a la hora de caracterizar a Anne y Pierre François, en lo que es, a priori, un revolucionario cambio de papeles en el que ella asume el papel fuerte y él es el comparsa, puntos de vista que se van alternando según gira la historia y según los sentimientos de ambos se ven vapuleados. Este es uno de los aciertos del guión: no es la fuerza, la violencia, la ventaja armada o la victoria la que sitúa a uno sobre el otro, sino la preponderancia de sus sentimientos y de sus objetivos últimos, su legimitidad y su capacidad de redención. Sin embargo, es Pierre quien reúne prácticamente en todo momento los atributos que el cine de entonces reservaba a los personajes femeninos: él es quien tiene que engañar, seducir y manipular para salirse con la suya, mientras que su oponente, Anne, ejerce la posición de fuerza, toma las decisiones y ofrece las claves del desenlace.

Tourneur dirige con concisión pero, al mismo tiempo, notable capacidad para dotar a su historia de elegancia, sutileza, emoción, acción e incluso poesía de tintes melancólicos. Algunas de sus imágenes resultan tan poderosas como bellas, como el episodio de la isla desierta, por ejemplo, o la estupenda secuencia de la taberna, magnífica en su concepción y puesta en escena, quintaesencia del cine de piratas en tierra firme. No faltan, por supuesto, los consabidos abordajes (el último en verdad espectacular) ni la frecuente subasta de esclavos en la que un determinado personaje busca la dominación, la rendición y/o la vergüenza pública de otro. El cineasta consigue edificar un mecanismo de precisión al que no le sobra ni falta un minuto, y que además resulta de lo más atractivo en lo visual gracias a la excepcional fotografía de Harry Jackson. En cuanto a interpretaciones, ahí radica el aspecto más irregular del film: a las acertadas elecciones de Peters y Paget, en aquel momento estrellas emergentes, y a la solidez de Marshall, que hace del doctor Jameson el personaje más atractivo de la película con diferencia, se contrapone la escasa entidad del mediocre Louis Jourdan, de una delicadeza quizá apta para el papel, pero al que le falta capacidad para la ambigüedad, la duplicidad, la ambivalencia.

Una gran película, una excepcional aventura, que tiene además la virtud de verse en un suspiro. El gran cine de piratas anterior a Disney y sus rocambolescas fantasmadas de atracción de feria.

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