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Richard HannayMiembro desde: 11/11/10

Richard Hannay

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La invasión napoleónica de Rusia y el proceso paralelo de crecimiento y maduración de una muchacha de buena familia, la dulce y generosa Nathasa Rostova. Resulta más fácil resumir en una frase el esqueleto argumental de la monumental obra de Tolstoi que trasladarla a la pantalla, aun utilizando para ello tres horas y cuarto de metraje. Aunque King Vidor salió más que airoso de un desafío artístico y técnico harto complicado, no obtuvo el favor del público en la taquilla, lo cual, unido a los inmensos costes de producción, supuso un fuerte contratiempo en la carrera de un director que venía de la edad de los pioneros y que sólo rodaría una película más. Producida por Dino de Laurentiis y concebida como una de las más grandes superproducciones cinematográficas de la era de las superproducciones cinematográficas que trataba de imponerse por aplastamiento al incipiente reinado doméstico de la televisión, la película pretendía atesorarlo todo: una fuente literaria de prestigio, un guión en el que intervinieron más de media docena de escritores (entre ellos Irwin Shaw, Mario Camerini o el propio Vidor), un director consagrado cuya carrera hundía sus raíces en la etapa muda del cine, un operador de fotografía de primer nivel (Jack Cardiff), un compositor reputadísimo (Nino Rota), y un reparto de grandes figuras del cine norteamericano y europeo que pudiera atraer al público a las pantallas, con Audrey Hepburn, Henry Fonda, Mel Ferrer, Vittorio Gassman, Herbert Lom, Anita Ekberg, Oskar Homolka, Jeremy Brett o John Mills. Hoy en día, el paciente visionado de la película tiene premio, descubrir un catálogo de exquisitas interpretaciones enmarcadas por una fotografía excepcional.

Vidor capta la esencia de la obra de Tolstoi contraponiendo acertadamente, a través de los personajes de Pierre Bezukhov (Fonda) y el príncipe Andrei Bolkonsky (Ferrer), la doble naturaleza del argumento: ambos mantienen una estrecha relación con Natasha y se ven involucrados, cada uno a su manera, en los excepcionales acontecimientos que sacuden la vida de su país: Pierre es un hombre pacifista e ilustrado, que ve en Napoleón el libertador democrático de Europa antes de desengañarse cuando contempla la batalla de Borodino y el comportamiento de las tropas francesas en las zonas ocupadas; Andrei, que ha perdido a su esposa en el parto de su hijo, es un militar y diplomático que, salvado de morir por los médicos de Napoleón, lucha en una guerra militarmente perdida con la abnegación de un país capaz de arrasar sus propias ciudades y cultivos para no dejar nada valioso en manos del enemigo. El polo alrededor del que gira todo es, por supuesto, Natasha (Audrey Hepburn), la muchacha que descubre al mismo tiempo el amor y la guerra, que abre la película asistiendo a un desfile con la ilusión y la traviesa impaciencia de una niña, y la termina como la mujer de la casa, tomando las primeras decisiones para la reconstrucción en ella de su vida familiar.

El amor y la guerra marchan en paralelo. Los desengaños románticos, de Pierre hacia su mujer (Anita Ekberg), de Natasha hacia Kuragin (Gassman), de Andrei hacia Natasha..., tienen su paralelo en lo político, con Pierre renegando de su antigua admiración por Napoleón (como sucediera igualmente con figuras históricas de la talla de Beethoven, por ejemplo), e incluso en lo militar, con un país avergonzado de un ejército que huye ante el avance francés, que no entiende la estrategia emprendida por el viejo mariscal Kutuzov (Oskar Homolka), paciencia y tiempo, que es la que finalmente conducirá a las armas rusas a la victoria. La maestría desplegada por Vidor consiste, en la celebrada línea del cine de David Lean, en combinar adecuadamente ambos extremos, el de la sensibilidad del plano corto con la espectacularidad de la acción. Detallista y preciosista en la distancia corta, en la que brillan con luz propia los rostros de los actores, en especial las miradas (buena parte del contenido romántico de la interacción entre los personajes se produce sin hablar), Vidor se zambulle en referencias pictóricas para recrear la batalla de Borodino (que el espectador percibe por los ojos de Pierre, visitante civil del teatro de operaciones) y la huida francesa a través del puente del Beresina, derrotados por el "general invierno" y acosados por las vanguardias rusas, y con Napoleón (Herbert Lom) sepultado bajo las mantas en un carro-trineo que escapa cobardemente del enemigo. Las secuencias intimistas destacan por lo afinado del guión, romántico, sentimental sin llegar a lo cursi (excepto en las iniciales e infantiles percepciones del amor de la joven Natasha), y dotado por momentos de una vibrante emoción (por ejemplo, una doble secuencia que funciona como contrapunto: la huida de la familia de Moscú, cuando Natasha convence a su padre de que vacíen los carruajes de las cosas que quieren llevarse para dejar sitio a los heridos rusos en Borodino, y el regreso final al hogar, cuando Natasha cobra protagonismo en la reorganización de la vida doméstica), y también por una puesta en escena sencilla pero elegante, que, salvo en la secuencia del primer baile de gala de Natasha, no intenta apabullar con los interiores de lujo y ostentación, sino emplearlos con una finalidad puramente dramática, mostrándolos parcialmente, fragmentando los espacios, compartimentando en ellos a los personajes. Por el contrario, en los decorados exteriores de ambiente urbano (demasiado reducidos, tal vez, a apenas dos o tres emplazamientos) la película es excesivamente deudora de un cartón piedra demasiado llamativo y artificioso.

A pesar de estar, lógicamente, muy pasada de metraje, Vidor logra cierto dinamismo que le permite evitar la sensación de pesadez, combina con talento y acierto los momentos dramáticos con la acción, y capta la esencia de la obra de Tolstoi aunque le resulte imposible cerrar todos los flecos y atender por igual a todos los frentes. El final, con todo, adolece de cierta precipitación en su construcción y en la presentación del desenlace (quién lo diría en una película de más de tres horas...). La gran baza de la cinta, la gran virtud que la hace sobrevivir como una obra estimable y digna de su esforzado visionado son las interpretaciones: una Hepburn colosal, que se come todo fotograma en que aparece, que derrocha talento, naturalidad y sensibilidad; un Ferrer que nunca ha estado mejor; un Fonda sublime, que se reincorporaba al cine después de una temporada dedicado al teatro, por más que estuviera demasiado crecido para el papel; y toda una galería de excepcionales secundarios que dan verdadero cuerpo a una historia en la que el vestuario y la dirección artística son también sobresalientes. ¿Por qué, entonces, cosechó en su día tan notable fracaso?

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