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Richard Hannay

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Esta modesta comedia británica de temática policial constituye una de las anomalías más estimables de la filmografía del gran John Ford. También es uno de sus films menos conocidos, debido principalmente a los accidentados avatares de su distribución: estrenada en Inglaterra en 1958 aunque filmada un año antes, la Columbia, estudio a la que pertenecía la filial británica -Columbia British- que coprodujo la cinta junto a la John Ford Productions, impidió su estreno comercial en Estados Unidos, y sólo un año más tarde permitió un montaje recortado en un tercio de su duración final y en una versión en blanco y negro (retitulada Gideon of Scotland Yard) para programarla como título de relleno en las salas de programa doble. El hecho de que su versión íntegra y en color no se recuperara por un museo californiano hasta bien entrados los años noventa ha dificultado enormemente la difusión de esta pequeña y encantadora comedia de intriga.

Un crimen por hora (Gideon's day) es un divertimento fordiano concebido en clave privada, una forma de satisfacer su gusto personal por las novelas del inspector Gideon de Scotland Yard escritas por John Creasey bajo el pseudónimo de J.J. Marric. Protagonizada por el británico emigrado a Hollywood Jack Hawkins, acompañado por la gran amiga del director y miembro de la famosa "compañía estable John Ford", Anna Lee, recuperada para la gran pantalla tras su paso por las listas negras del maccarhysmo, la película refleja lo que el propio policía define, de manera un tanto zumbona, como "un mediocre día de mi vida". Durante esa jornada, Gideon y sus muchachos se enfrentan a una serie de casos que, por azar, van a coincidir o incluso a relacionarse entre sí durante esas veinticuatro horas: la muerte de un policía corrupto, la investigación de un caso con oscuras connotaciones sexuales, un robo de joyas en grado de tentativa y la no menos importante complicación que surge en relación a su propia hija (el debut en la pantalla de Anna Massey, la hija del actor Raymond Massey, célebre algunos años más tarde por formar parte del elenco de los frenesíes hitchcockianos -cuyo policía no queda muy lejos de la caótica vida familiar de Gideon- y convertirse en una actriz de culto del género policiaco-terrorífico), que va a enamorarse e iniciar una relación con el concienzudo y reglamentista nuevo guardia en prácticas que le pone una multa nada más salir de casa por la mañana y con el que tendrá algún que otro encuentro durante el día debido al buen hacer producido por los excesos de celo del joven. Este episodio familiar, además de alimentar algunos de los instantes de comedia y diálogos más gratos del film, sirve para plantear la historia desde otra perspectiva, la doméstica, para reflejar en un tono a veces amable y otras dramático lo que supone la vida de un policía para sus familiares, y que se ejemplifica en el compromiso de Gideon de asistir al concierto en el que su hija va a participar esa noche, promesa continuamente puesta en riesgo por las urgencias del trabajo, y, sobre todo, en el consejo que la madre da a su hija, "nunca te cases con un policía", advertencia que ella, de entrada, no piensa seguir...

Los distintos casos permiten acercarse a la labor de Gideon desde un triple punto de vista: el de la práctica del trabajo policial (inspección ocular del lugar de los hechos, indagaciones sobre los sospechosos, detenciones, interrogatorios, recopilación de pruebas...), el de la deducción detectivesca propiamente dicha, más cercana a la novela, y el de las relaciones entre Gideon y sus compañeros y subordinados, plagados de diálogos impagables en los que sale a la luz la típica socarronería británica, esa ironía y sarcasmo impagables propios de lo que se conoce como humor inglés, pasados esta vez por una retranca irlandesa desde la óptica fordiana de un adversario amable (Ford financió toda su vida al IRA) que se traduce en una mirada simpática y divertida, más de guiños cómplices levemente críticos que de animadversión (ejemplar en este aspecto es el personaje del sargento Gully, un pozo de sabiduría y lugar común de todo el catálogo de tradiciones británicas, observadas con divertida perplejidad por el americano Ford). Los aspectos cómicos se entemezclan así con otros más trágicos, conformando un conjunto heterogéneo que funciona no obstante gracias a su sencillez formal -magnífica fotografía de Freddie Young y Charles Lawton Jr. que en la versión cortada y en blanco y negro resultaba inapreciable- y a la falta de pretensiones.

La película cuenta con el protagonismo absoluto de Gideon, fenomenalmente interpretado por Hawkins, un policía algo caótico y desquiciado que afronta tanto las averiguaciones criminales como las cuestiones burocráticas, administrativas y de convivencia de su trabajo en comisaría con escasa flema británica y grandes dosis de impaciencia e irascibilidad, pero también desde la camaradería y el compañerismo que propician su afición a echar más de uno y de dos tragos y de fumar en pipa con algún que otro colega. Su adicción al trabajo, no obstante, le pasa factura en el hogar, ya que su vida conyugal y familiar se ve continuamente alterada por sus deberes familiares, o entremezclada con ellos (como el salmón que no debe olvidar comprar mientras hace una de sus rondas de investigación en un caso, y que termina adquiriendo uno de sus subordinados que, como es natural, se confunde de pescado...). Pero, como ocurre siempre en Ford, bajo la diversión y la risa subyace un elemento lírico y poético: detrás del sentido del humor y de la abnegación de la esposa, existe una amargura apenas encubierta a causa de su soledad, la cual amenaza con crecer si finalmente su hija termina casándose y saliendo del hogar... Esto permite a Ford introducir uno de sus elementos preferidos, el análisis del cumplimiento del deber a nivel de los costes personales que esta tarea puede conllevar, y el hecho de cómo esta carga no es soportada únicamente por quien forma parte del cuerpo militar o policial de que se trate, sino por todos los que pertenecen a su vida personal.

Así, John Ford elabora un producto típicamente británico, en el fondo y en la forma, que podría pasar perfectamente por una obra salida de la Ealing, pero con un acercamiento específicamente fordiano, en el que los tópicos, humorísticos o no, británicos sirven a sus temas y a sus intereses, y siempre sin perder la caricia cálida y amable de esa mirada poética y lírica que hace del cine de Ford toda una experiencia cinematográfica imprescindible.

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