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Richard Hannay

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Si el cómic americano tiene a Los 4 Fantásticos, el peplum mediterráneo (coproducciones entre Italia y Francia, Italia y España, o entre todas entre sí, como es el caso) tiene a Hércules (o Heracles, en terminología griega), Maciste, Ursus y Sansón. Y lo que tiene el director italiano Giorgio Capitani es el morro suficiente para juntar a los cuatro en esta abierta parodia del género. Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, 1964) se chotea de los lugares comunes de las películas "de romanos", esas cintas europeas de los años 60 que, al calor del éxito de las grandes superproducciones norteamericanas, se dedicaron a recrear con mayor o menor fidelidad, con más o menos gusto y nivel de calidad técnica y artística, algunos de los episodios, reales o míticos, más populares de la Antigüedad, sus mitos, sus leyendas, sus personajes y sus conflictos.

El carácter zumbón del filme queda ya patente en los créditos iniciales.

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Inmediatamente después, asistimos a la primera irreverencia. Zeus habla a Hércules (la película mezcla indistintamente denominaciones griegas y latinas; en otros momentos Zeus es Júpiter) en una encrucijada del camino: a la izquierda, le dice, se abre la ruta hacia la virtud; a la derecha, los reinos del placer. Por supuesto, Hércules (Sergio Ciani, de nombre artístico Alan Steel), harto ya de virtudes insípidas, elige el placer: el camino de la derecha conduce al reino de Lidia, famoso por la belleza de sus mujeres. Su padre divino se cabrea, pero a pesar de que sus advertencias en forma de rayo, Hércules pasa de él y se va de ligue. Allí salva de ahogarse a la princesa Ónfale (Elisa Montés), de la que se enamora y a la que pretende desposar. Pero Ónfale está enamorada a su vez de Inor (Luciano Marín), el hijo del rey de los belicosos hombres de la montaña, enemigos mortales de su madre, Nemea (Lia Zoppelli), reina de Lidia. Para terminar de liarla, Goliat (Arnaldo Fabrizio), el bufón, manipula el oráculo y establece que para que Hércules pueda desposar a Ónfale, debe vencer al hombre más fuerte de la Tierra: Sansón (Nadir Moretti, que firma la película como Nadir Baltimore). Sin embargo, Dalila (Moira Orfei), celosa de que su marido quiera irse de picos pardos a Lidia (también él se siente atraído por las mozas lidias), le corta el pelo. Sin fuerzas, el embajador de Lidia (Conrado San Martín), regresa acompañado del guiñapo de Sansón, del recto y valiente Maciste (Howard Ross) y el borracho y burdo Ursus (Yann Larvor, acreditado Yann L'Arvor). A partir de ahí, las triquiñuelas, los engaños, las conspiraciones, para hacer que Ónfale sea feliz junto a Inor, peleas, algún diálogo chocante (un primer ministro que reprende a la sacerdotisa de Zeus porque se muerde las uñas...), y una constante retahíla de chistes y dobles sentidos sobre el matrimonio.

La película solo tiene un interés: asistir a cómo el guion de Sandro Continenza, Roberto Gianviti y Sebastián Luca de Tena hace saltar por los aires las convenciones del género. Demasiado, a juzgar por la censura española, que a Sansón y Dalila, sobre quienes recae buena parte de la socarronería conyugal, les impone los nombres de Molos y Deyanira, presentes en el doblaje español (no se podía tolerar que dos célebres personajes bíblicos hablaran de adulterio, aunque Hércules en un momento dice "bastantes infidelidades hay ya en el Olimpo", frase que pasó inadvertida para los censores). En lo demás, la película es completamente infumable, incongruente (no se sabe muy bien para qué Ursus y Maciste son necesarios en la trama), excepto por pequeños guiños humorísticos, como cuando Hércules, mosqueado, empieza a hacer destrozos en el palacio de Nemea; pero, obviamente, su frustración y su enojo se vuelcan, en proporción a su fuerza, contra frisos, relieves y columnas de Praxíteles; o la música que acompaña las apariciones de Zeus, que no es otra que los primeros acordes de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Otro punto de guasa crítica hacia las cintas del género es el vestuario y la musculatura de sus protagonistas. Si en el primer caso el primer ministro llama la atención a la sacerdotisa por el modelito que luce, en el segundo, Maciste y Ursus presumen del movimiento de sus pectorales antes de enfrentarse en la pelea de la taberna. El uso absurdo de los oráculos y los desencuentros entre Zeus y su semidivino hijo, marcan otros instantes humorísticos que contravienen los tópicos del peplum.

El reparto es multinacional, predominantemente italiano, con aportaciones francesas y españolas (además de los mencionados, María Luisa Ponte aparece como la tabernera que sufre las iras de Ursus, que con cada borrachera o con cada cabreo se dedica a destruir el mobiliario y las paredes del local), aunque ninguna interpretación, especialmente las de los chicos de la testosterona desatada, supera la simple aparición en pantalla para hacer bulto. Las intérpretes femeninas tampoco brillan especialmente por su exuberancia ni por su belleza, elementos característicos de las actrices habituales en el género. Solo algunos diálogos puntuales entre Nemea y su asistente, y el continuo cachondeo sobre el matrimonio, elevan algo el guion por encima de la mediocridad humorística. El tono ligero y cáustico, la declarada intención irreverente, el desparpajo desenfadado, la acertada recreación estética del universo del peplum y la ausencia de cualquier otra pretensión que no sea el simple entretenimiento a costa de la parodia de un género popular, sin hacer ascos a alguna de sus señas de identidad (principalmente, la acostumbrada presencia de cuerpos incitantes y semidesnudos, tanto en estas películas como en el cine bíblico desde el principio, de la que se sacó buen partido, en lo profesional y en lo personal, Cecil B. DeMille), hacen de la película un producto sencillo y amable, probablemente más disfrutable que la gran mayoría de los títulos de la corriente cinematográfica de la que es sátira.

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