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24/05/2017

En un pasaje de mi primera novela "5-3, 2 Los últimos bohemios" un periodista pregunta a uno de los personajes protagonistas porqué bebe "Por la atmósfera de inconsciencia trascendente... "contesta él sin terminar la frase de una manera lógica o entendible. En realidad es uno de los mejores modos de expresar la características que definen a una de las cuotas existenciales del ser humano objeto del presente artículo, la cuota de idealidad o la proporción del alma humana que se desarrolla en parámetros menos perceptibles por nuestros sentidos comunes en contraposición a la cuota de realidad mucho más identificable con una explicación palpable al relacionarse con nuestro entorno más cotidiano y diáfano. Por no embrollarlo más la cuota de realidad se refiere a lo real, valga la redundancia, lo que percibimos de modo nítido e incontestable por nuestra capacidad sensorial, nuestro día a día, la oficina, las compras, la ropa de los niños, la calle con coches y la acera con peatones, los programas de la tele, en fin qué les voy a contar, todos sabemos lo que es la realidad. Es más complicado de explicar la cuota de idealidad, la idealidad misma. Por asimilaciones, lo que pensamos y sentimos básicamente, nuestros amores y odios, nuestros sueños y frustraciones, la imaginación y muchas cosas más. Estoy seguro de que todos sabemos también lo que es aunque podamos definirlo de modo mucho más dificultoso. En fin, lo que trato en estas líneas es de exponer la evidencia de la interacción de estas dos cuotas en la vida, existencia misma del ser humano. Todos, en mayor o menor medida nos valemos de ambas cuotas para manejarnos por el mundo. Unos tiran más de la cuota de realidad, los realistas o pragmáticos para entendernos y otros lo hacen con la cuota de idealidad, los soñadores, creativos o imaginativos vendrían a ser. Pues bien, no creo faltar a la verdad si digo que en nuestro entorno más cercano y aún en el mediano y lejano reconoceríamos a sujetos encuadrables en alguna de estas características, soñadores e imaginativos frente a realistas y pragmáticos. El común de los mortales y la mayoría de las personas gozan o padecen de una mezcla de cuotas y calzan personalidades mixtas, unos se orientan más a la realidad y otros a la idealidad pero más bien mezclados. La idealidad y la realidad coexisten en el alma humana y de ahí que el ejemplo mixto sea el mayoritario. No obstante lo anterior tampoco creo faltar a la verdad al señalar que en la historia del hombre ha prevalecido la cuota de realidad y por ende el tipo pragmático y realista. El que hace avanzar al género humano es el idealista pero el que se apropia de las aportaciones de éste y domina el mundo es el realista. En cada momento histórico las directrices son marcadas por el sujeto real y el otro, el soñador idealista creativo tiende a ocupar un espacio marginal al servicio del anterior en muchos de los casos. El personaje realista arrincona al idealista sin dejar de utlizarle por ello. Los valores característicos del idealista están peor vistos, más aún los medios empleados por el mismo, de ello se encarga el realista que siempre ha tenido un interés especial en estos apartamientos. Quién más quién menos tiene en su retina, memoria o conciencia la imagen del artista fracasado o aún exitoso sumido en una espiral de autodestrucción en un cinturón de soledad y rincones oscuros. Es verdad que es característica del idealista el impulso hacia el abismo cuando el fantasma del desencanto rebate sus ímpetus creativos pero no es menos cierto que el realista común apenas sí le ayuda en la caída. No deja de valorar las contribuciones del ideal, decisivas en la mayoría de las ocasiones y las incorpora a su cotidianeidad pero a menudo permanece sino impasible sí con indiferencia expectante ante el declive del soñador. El idealista, además, se vale de medios que le coadyuvan en su labor creativa y sobre todo en su autodestrucción defenestrante como son las drogas y cualquier elemento de ensoñación artificial con tendencia a la incompatibilidad biológica de supervivencia. Ello le supone ser apartado con mayor motivo o con mayor profusión si cabe.

Después de lo descrito no sé si lo que yo quiera o pueda concluir puede cambiar de algún modo el estado de las cosas, ha sido así desde el origen de los tiempos y sé que seguirá siendo así pero no puedo dejar de manifestarlo en leves términos de denuncia. En este devenir humano tan imperfecto sí que el paso de los siglos se han acompañado de avances éticos al menos si nos situamos en un plano teórico, uno de estos progresos ha sido el de situar el respeto y la tolerancia como uno de los pilares de la convivencia humana. Tolerar aquello que no nos identifica personalmente pero que sí es asumido por la colectividad en modo de aceptación. Respetar lo que no nos gusta en definitiva. Aquí incluyo el respeto por esta cuota de idealidad tan esencial en el hombre como su hermana cuota de realidad. Son estos malos tiempos para el idealista, nunca fueron especialmente buenos para él y en muchas ocasiones es el propio idealista el que se incompatibiliza con la bonanza vital pero este mundo que gastamos actualmente, al menos en el occidente que nos ocupa es especialmente desconsiderado con la cuota de idealidad y con el idealista mismo. Son tonterías de la mente, ensoñaciones estúpidas, hay que pisar suelo e ir a lo práctico que lo otro no conduce a nada, a nada bueno para entendernos. La imaginación, la creatividad, la idealidad en sí languidece en el alma de artistas descarriados o viste batas blancas investigadoras con la triste recompensa de que la industria y el hombre común y real se apropie de sus frutos. Detengamos esto, situemos al ideal en el lugar que se merece sino en la cúspide de nuestra existencia donde debería estar al menos como elemento integrador e ineludible del alma humana. Todos avanzaremos como personas si sabemos ver y resituar al idealista que sin duda llevamos dentro y también si damos al sujeto idealista el espacio que debe ocupar en nuestra sociedad y en nuestras vidas.

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