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Ruido de dinero alrededor del altar

06/09/2018 10:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Materialismo dentro de la religion

«Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» dijo Jesús a sus apóstoles, refiriéndose a todas las enseñanzas que él les impartía. «No toméis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas» (Lc. 9.3). Y remachaba: «Y el que tenga dos túnicas que reparta con el que no tiene» (Lc. 3.11). Al lado de él podríamos poner a muchos otros varones y mujeres que o fundaron órdenes religiosas en donde el desprecio por los lujos y riquezas era algo clave en sus Constituciones, o vivieron como pobres en órdenes religiosas ricas. Otros prefirieron ser auténticos mendigos independientes que, tal como decía Cristo, no tenían más que lo puesto y pedían cada día limosna por amor de Dios. Podría citar una o dos docenas de nombres de grandes enamorados de la pobreza, pero me conformaré con citar aquí al «santo mendigo», el francés Benito José de Labre, que habiendo renunciado a todo lo que había heredado de sus padres y abandonando su propia carrera, pasó buena parte de su vida viviendo entre las ruinas del Foro Romano, ayudando a otros menesterosos, asistiendo a los divinos oficios en diferentes iglesias y pidiendo limosna como un pordiosero más. Pero a esta imposibilidad ritual que la misma Iglesia se autoimpuso, traicionando con ello el espíritu del evangelio, hay que añadir el regusto con que muchísimos jerarcas vivieron en la opulencia, que de ninguna manera les molestaba. Para encontrar un ejemplo como el del obispo Claret, confesor de la reina Isabel II, que en medio de los banquetes palaciegos veía pasar plato tras plato sin probarlos, y a quien, en ocasiones, se le vio por debajo del descosido hábito episcopal, una tela de burdo saco encima de sus carnes, hay que contemplar cientos de prelados que, visten, comen y viven «como les manda el ritual»; que no es precisamente como les manda el evangelio. Y hay que encontrarse con bastantes «grandes señores eclesiásticos» que viven como auténticos ricos con los que les gusta codearse; y hay que encontrarse con ciertos vividores que, en nombre de Dios, viven como rajás gracias a las rentas de la fe que reciben del sencillo e ingenuo pueblo creyente. De éstos hemos tenido no pocos escandalosos ejemplos a lo largo de los siglos, allí donde menos deberíamos haberlos encontrado: en la Sede de Pedro. Y muchísimos ejemplos en donde tampoco deberíamos haberlos encontrado: en las sedes cardenalicias y episcopales. Como ya hemos tratado este tema en páginas anteriores, nos fijaremos ahora específicamente en la mezcla sacrílega de lo sagrado con el dinero que como cosa oficial durante siglos ha reinado en la Iglesia. Este pecado de querer comprar o vender lo que es espiritual e invendible, tiene un nombre que es exclusivamente eclesiástico: simonía. (La palabra simonía tiene su origen en Simón Mago, que al parecer, quiso pagarle a San Pedro para que le explicase cuál era el truco de los milagros que hacía). Contra esta simonía han batallado durante siglos concilio tras concilio, porque ha sido un mal endémico en la Iglesia. Pero muchas veces sucedió que los mismos obispos que fa combatían en el concilio, la practicaban en sus diócesis. Los puestos eclesiásticos se compraban y se vendían como cosa normal. Y si esto estaba mal, mucho peor era que el organizador de este sacrílego comercio fuese la propia Santa Sede, aunque, por supuesto, lo tapase con nombres pomposos y hasta les hiciese creer a los fieles y a los que recibían los nombramientos que era «una gracia» una «muestra de celo del Romano Pontífice». Investidura es otra palabra eclesiástica que está íntimamente emparentada con simonía. Investidura y en concreto investidura laica es una intrusión de los reyes y señores feudales en los asuntos eclesiásticos y específicamente en el nombramiento de obispos y sacerdotes para capellanías. Como el lector podrá suponer, al tener los reyes y grandes señores este poder en sus manos, lo convirtieron en un instrumento político, y los obispos y sacerdotes que nombraban no eran precisamente los mejores para tal cargo. No sólo eso, sino que en ocasiones eran el polo opuesto de lo que debería ser un obispo o sacerdote. Lo primero que miraban era que les fuesen fieles a ellos en las interminables luchas en que, de ordinario, estaban metidos. Pero, en otras ocasiones, cuando no estaban de por medio las influencias políticas, entraban las aspiraciones monetarias. Sencillamente le daban el episcopado o la capellanía al mejor postor. Y esto no sólo con obispados y capellanías sino también con los puestos de abad o prior de los grandes monasterios, que en aquellos tiempos llegaban a tener mil monjes o frailes. Algunas familias nobles se interesaban por que algún miembro de su clan fuese abad de determinado monasterio o abadía famosa y para ello compraban mediante métodos indirectos o descaradamente el puesto, a veces con sumas exorbitantes, sabiendo que el monasterio tenía medios para recuperar lo pagado. Y era tal la cantidad que se pagaba que en ocasiones los frailes, bajo santa obediencia impuesta por el abad, tenían que trabajar muy duramente para lograr pagar las mensualidades a que su corrompido abad simoníaco se había comprometido. Como dice el cronista Ruperto de Deutz, a propósito de uno de estos abades, «de carne et ossibus monachorum soluturus», es decir, que la deuda se la sacaba a los frailes, de los ijares. A veces, la persona escogida para el cargo eclesiástico —de ordinario de familia noble, sobre todo cuando el cargo era muy importante— no estaba ni ordenada de sacerdote ni tenía estudios eclesiásticos. Entonces lo que se hacía era darle un barniz de formación teológica y ordenarlo a toda prisa para que ocupase su puesto. Ni que decir tiene que en cuanto se encontraba con todos los poderes, comenzaba a tratar de recobrar el dinero que había "invertido» para conseguir su puesto, haciéndolo a base de imponer tributos no sólo a los sacerdotes que estaban bajo él, sino a los súbditos laicos, pues en aquellos tiempos muchos obispos eran, además de «pastores» espirituales, pastores económicos que ordeñaban y trasquilaban a sus rebaños lo mejor que podían. Lo repugnante de todo este sistema era la mezcla intolerable de lo material con lo espiritual. Los reyes entrometiéndose en funciones eclesiásticas que no les competían y los eclesiásticos cobrando dinero, por el mero hecho de ser «pastores» espirituales. Ésta era también la razón de por qué con tanta frecuencia nos encontramos en la historia de la Iglesia con obispos y, sobre todo, con cardenales niños, lo cual es un insulto a la institución cardenalicia, a los fieles y a la misma Iglesia. Hay innumerables casos, muchos de ellos olvidados entre legajos polvorientos, pero los que conocemos son para llenar de asombro a cualquier persona sensible. Sólo un ejemplo: Juan de Médicis era un niño, nacido en Florencia en 1478, de la ilustrísima y trapacerísima familia de los Médicis. Nada más cumplir siete años recibió la tonsura clerical y las órdenes menores, (!!) y el papa Sixto IV, a ruegos del padre del niño —que era nada menos que Lorenzo el Magnífico— y para pagarle ciertos favores políticos, lo nombró protonotario apostólico. ¡A los siete años! Su padre siguió intrigando para conseguirle más beneficios eclesiásticos y a fe que, dadas sus influencias y su dinero, lo consiguió: a los diez años ya había logrado los beneficios de las abadías de Montecasino y de Morimondo en Italia, además de otras dos en Francia. Su padre aprovechó la muerte del papa Sixto IV y le cobró al próximo pontífice, Inocencio VIII, el apoyo que le había dado para que llegase a la cátedra de Pedro. La paga no fue en metálico sino en cargos eclesiásticos: Juan de Médicis, con trece años de edad, fue elevado al cardenalato. Pero como el Papa sabía perfectamente que semejante nombramiento era una traición a su cargo y a la Iglesia, para mitigar sus remordimientos, le puso la condición de esperar tres años para recibir las insignias oficialmente. ¡Como si un muchacho de dieciséis años estuviese maduro para un cargo semejante! Y aquí tenemos al jovenzuelo Juan de Médicis consagrado Príncipe de la Iglesia. Graduado de intrigante en la universidad de su padre, veintiún años más tarde, a los 37 de su edad, es elevado al solio pontificio con el nombre de León X. Su gran pasión fue la caza (!), y si bien es verdad que no tuvo otros vicios, distó mucho de ser un hombre de Dios como le exigía su cargo. Según cuentan, su frase preferida era: «Gocemos del Papado, pues que Dios nos lo ha dado»... Si los papas nombraban para los cargos eclesiásticos con esta ligereza, ¿qué se podía esperar de los reyes y señores feudales? Por eso, por más que los apologistas nos acusen de fijarnos sólo en lo malo, no tenemos más remedio que hacerlo si queremos presentar aspectos de la Iglesia que consistente y premeditadamente nos han sido ocultados y que, por desconocerlos, tenemos una idea de ella tan irreal y falsa. La funesta simonía a lo largo de toda la historia de la Iglesia fue causa de muchos males. Hoy día no nos podemos imaginar hasta qué grado se practicó y en qué descarada medida, pero basta asomarse a las páginas de la historia para encontrarnos con ella frente a frente. Oiga el lector cómo el Padre G. Villoslada, excelente historiador aunque prejuiciado en favor de su Iglesia, nos narra este episodio del siglo XI, similar a muchos otros en todas las naciones cristianas: «Todos cuantos ambicionaban un episcopado prometían de antemano cosas indignas o injustas o bien lo compraban sencillamente a precio de oro. Esto era tan ordinario que solía hacerse notarialmente sin el menor escrúpulo. Así vemos que en el 1040, viviendo todavía el obispo Amiel de Albi un tal Guillermo aspira a la sede para cuando el obispo muera; el vizconde Bernardo accede a la petición y levanta acta notarial entregándole el obispado a cambio de 5.000 sueldos de oro "de tal forma que Guillermo lo posea durante su vida, ora reciba él la consagración episcopal, ora haga que se consagre otro en su lugar". De hecho sabemos que Guillermo llegó a ser obispo de Albi. De su sucesor, Frotard, consta que pagó por el mismo obispado "quince caballos de gran precio" (!!). El vizconde de Narbona recibió por el nombramiento arzobispal de Guifredo de Cerdeña (1079) 100.000 sólidos. En 1016 Adalgero, abad simoníaco de Conques, vendió los bienes de su monasterio para poder comprar la sede arzobispal de Narbona.., El obispo que así entraba en Ia diócesis se endeudaba y para pagar a su acreedor vendía curatos, diaconías, y demás beneficios al mejor postor y exigía cantidades injustas de dinero por conferirlas órdenes sagradas, administrar los sacramentos, etc. y aún se atrevía a vender cuadros, pinturas, cruces, relicarios, cálices, patenas y otros objetos del culto. El resultado era una cadena interminable de pecados de simonía». La Santa Sede, una vez establecida como un estado más —con lo cual traicionó por completo a Cristo, que había dicho clarísima-mente, «mi reino no es de este mundo»— necesariamente, comenzó a incurrir en una serie de gastos, si quería mantener su «status» de estado y codearse con los otros «príncipes» de este mundo. Tenía que tener una sede decente, una independencia de acción, unos representantes en los diversos países, etc., y todo eso requiere una gran cantidad de dinero. Las limosnas provenientes de la generosidad de los fíeles no son suficientes para mantener en buen funcionamiento el Estado Pontificio y ahí tenemos a los papas, desde hace siglos, pensando en la manera de acrecentar sus finanzas. En los tiempos modernos la economía vaticana parece que goza de muy buena salud. Los escándalos de la Banca Ambrosiana de hace unos años, pusieron de manifiesto dos cosas: 1) que el Estado Vaticano, aunque no estuviese tan boyante económicamente como quisieran sus jefes, tenía una cantidad de dinero totalmente desproporcionada al número de sus habitantes, — alrededor de mil— y que por lo tanto su «percápita» es muy superior al de cualquier estado del mundo; y 2) que los capitales de la Santa Sede están invertidos en negocios muy turbios, manejados por personajes muy sospechosos y que es un auténtico escándalo el que dineros que provienen de la buena fe de millones de fieles en todo el mundo, estén financiando causas de las que lo menos que se puede decir es que no tienen nada que ver con la evangelización de los pobres. ¿Por qué en el último siglo han mejorado tan notablemente las finanzas de la Santa Sede? Porque hasta hace sólo un siglo, la Santa Sede gastaba sumas ingentes en guerrear. Guerras no tanto ideológicas y espirituales, sino auténticas batallas por territorios y dominios, en las que había muchos muertos. Algunas de estas guerras fueron personalmente capitaneadas por los sumos pontífices. Asimismo gastaba mucho dinero en construir palacios y suntuosos templos. Letrán, San Pedro, Aviñón se llevaron ríos de oro provenientes de toda la cristiandad.


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