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22-05-2013
Pablogc
Publicada el 10-05-2012 17:57 0 3

Un lugar para quedarse: una búsqueda satisfactoria

Sean Penn logra con una interpretación asombrosa hacer creíble un difícl personaje: una ex-estrella de rock que sale de su depresión para resolver el conflicto de la vida de su padre

Cheyenne es una apagada estrella de rock que vive lujosamente en Dublín gracias a su glorioso pasado y a sus actuales inversiones en bolsa. Los excesos de su gloria le han pasado factura. Ahora, con su maquillaje entre lo glam y lo gótico, se arrastra junto a un carrito de la compra o una maleta por todas partes. Su vida, al borde de la depresión, no le impide ocuparse de la gente de su alrededor, pero esto, en gran medida, es debido a la mujer con la que lleva casado 35 años (Frances McDormand). Gracias a ella, no tiene la pose ni el cinismo del pasado de rosca. Tras un bello piropo de esta, responde: “No es verdad, pero gracias por decirlo”.

Sorrentino, con comentarios inteligentes, fina ironía y sentido del humor, retrata el callejón sin salida de la visión más nihilista del rock: pose, vacío, autodestrucción y muerte. Eso sí, sin bajadas escabrosas a los infiernos: en un ambiente limpio, lujoso y agradable también puede uno hundirse en la nada.

Tras estos prometedores comienzos, la muerte del padre de Cheyenne da un giro a la película y el personaje sale de sí mismo, embarcándose hacia los USA en la búsqueda del nazi –ya nonagenario- que torturó a su padre en Auschwitz. La galería de personajes, paisajes, y soledades compartidas del viaje muestran la influencia –no ocultada por el director- de Una historia verdadera de David Lynch.

Que la música no es la causa de la autodestrucción lo deja claro el director. En la sanación del personaje intervienen dos momentos musicales: una actuación brillante con vanguardista puesta en escena de la banda de David Byrne (fundador de Talking Heads y compositor de la canción que da título a la película) y una íntima interpretación acústica del propio protagonista.

El trabajo de Sean Penn es absolutamente magistral, así como el perfecto acompañamiento del resto de los actores: su buena esposa, la adolescente gótica tristona, interpretada por Eve Hewson, hija de Bono, o una simpática aparición de Harry Dean Stanton, relacionado con la maleta que arrastra Cheyenne.

El producto final es convincente: las interpretaciones, la sutileza de muchos diálogos, la cuidada fotografía… Y sobre todo, la complejidad de los personajes, que se enfrentan con la vida en estado puro: búsqueda de sentido, fidelidad, paternidad frustrada, necesidad de sobreponerse a la humillación, el perdón. Y la pirueta final, que obliga al espectador a recomponer el puzle.

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Autor: Pablogc (6 noticias)

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